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Economía, política, historia.

Un subsidio a la gasolina diferente

09-08-2022 13:03

Esta semana los automovilistas mexicanos pagarán un impuesto a la gasolina si optan por llenar sus tanques con gasolina premium. No será mucho, sin duda, pero representará el primer ingreso para el Gobierno Federal por este concepto en varios meses. Esto porque además no habrá el llamado “estímulo complementario” para dicho combustible. Algunos no han dudado en presentarlo como un preludio a un nuevo “gasolinazo”. No es tal, puesto que el subsidio siempre ha sido muy diferente a otros del pasado.

 

Cambiando la promesa

Ciertamente, Andrés Manuel López Obrador ha violado sus promesas electorales en la materia. Ofreció en repetidas ocasiones que reduciría el precio de las gasolinas, diesel, gas y electricidad. Incluso ofreció lo mismo en tu toma de posesión como Presidente: se reduciría el precio de la gasolina a partir de la segunda mitad del sexenio, cuando se concluyera la refinería de Dos Bocas y esta produjera gasolina. Hace unos meses que fue “inaugurada”, y se sabe que no producirá nada semejante a gasolina este año ni tampoco el entrante, y probablemente tampoco en el último año del sexenio. Y aunque la produjera, no será tan eficiente como para que este combustible pueda venderse más barato (sin pérdidas financieras, claro, como ocurre con el resto de las refinerías en territorio nacional).

La promesa se fue modificando a lo largo del tiempo, ya en el gobierno, y repentinamente se transformó en que el precio de la gasolina “no aumentaría en términos reales”, esto es, subiría más o menos al mismo ritmo que la inflación. Los precios internacionales del petróleo permitieron sostener dicho compromiso, más o menos, en la primera mitad del sexenio. Que las gasolinas fuesen mucho más caras que en Estados Unidos no era algo ya relevante para el Presidente.

 

El subsidio políticamente inevitable…

El conflicto Rusia-Ucrania trajo un abrupto y fuerte aumento en la cotización internacional de los hidrocarburos. El “gasolinazo” era inevitable, porque así ocurrió en muchos países del mundo. Aunque la causa fuese claramente internacional, no era algo aceptable para quien por tres sexenios (Fox, Calderón y Peña) sacó raja política de criticar los “gasolinazos”, aunque los aumentos fuesen de centavos por litro.

No había más remedio que subsidiar, y la fórmula fue relativamente sencilla: lo que se ganaba adicional por exportar crudo se perdería al vender gasolina. Un uso ciertamente cuestionable (se podría argumentar que sería mejor para gasto en salud, educación o seguridad, aparte de ahorrar al menos una parte) pero claramente financiable. Un subsidio antiecológico y que favorecía enormemente a las familias con mayores recursos (aquellas que utilizan más gasolina), pero eso tampoco era algo que fuese a modificar la decisión. En este caso, sería un “primero los ricos”.

Lo que si quedó discretamente hecho a un lado fue la estrategia anunciada a fines de 2021 de que el país dejaría paulatinamente de exportar crudo para reducir también la importación de gasolinas. Por una parte, la capacidad de refinación no ha aumentado como se esperaba. Pero además se gana dinero con el crudo y se pierde (al menos en México) refinándolo. El planteamiento podía sonar muy nacionalista, pero sin duda era un pésimo negocio.

No solo se dejó de cobrar el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS), sino que se tuvo que poner extra, el llamado “estímulo complementario”. Al Presidente le encantaba presumir que en México la gasolina era mucho más barata que en Estados Unidos, hasta que cayó en la cuenta de los recursos que estaba regalando a los automovilistas estadounidenses.

 
… pero al menos temporal

El consuelo que queda, y no es menor, es que cuando baje el precio del crudo, como ha sido en días recientes, el subsidio empieza a desaparecer. No es como con tantos Presidentes (sobre todo con López Portillo) en que no se movía el precio, independientemente de la cotización internacional del crudo y de la inflación nacional.

La ironía es que la inflación global y en el país (actualmente 8.1% anual en México, y sería mucho mayor si no fuese precisamente por el control del precio de la gasolina) permite al Gobierno Federal aumentar el precio de los combustibles entre 1.60 y 2.00 pesos por litro, sin violar la (última) promesa presidencial de no aumentar el precio “en términos reales”.

El subsidio a la gasolina en meses recientes es al menos significativamente diferente al que se registró durante varios gobiernos, destacadamente el financiamiento de este y su temporalidad (a menos que el precio del petróleo permanezca muy elevado hasta el fin del sexenio, lo que es improbable que ocurra). Un subsidio a la gasolina nunca es ideal, pero los ha habido peores.

 

ACERCA DEL AUTOR
Sergio Negrete
Doctor en Economía por la Universidad de Essex, Reino Unido. Licenciado en Economía por el ITAM. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM. Profesor-Investigador en el ITESO. Fue funcionario en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y en el Gobierno de México.
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