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Economía, política, historia.

Nunca hay que meterse con la elección del vecino

04-11-2020 22:12
Los presidentes Andrés Manuel López Obrador y Donald Trump en la Casa Blanca el 8 de julio pasado.
Los presidentes Andrés Manuel López Obrador y Donald Trump en la Casa Blanca el 8 de julio pasado.

La relación bilateral con Estados Unidos es demasiado importante para jugar a las apuestas, mostrar un abierto favoritismo o apoyo por cierto candidato.

Van al menos tres intentos de hacerlo, y los tres han sido estrepitosos fracasos. Lo importante es establecer puentes (de no existir estos previamente) con el nuevo Presidente, que al cabo toma dos meses y medio en jurar el cargo.

Ciertamente, la demanda del tiempo del entonces Presidente electo es gigantesca, México uno de los muchos en la cola, pero el país es vecino (importante por buenas y malas razones), sin duda equiparable con Canadá, China y Reino Unido. México no es potencia, pero sí está pared con pared (literalmente).

 

La mala apuesta de Salinas

Pero mostrar apoyo durante la campaña es la tentación en la que han caído tres Presidentes mexicanos (quizá más, aunque con mayor discreción). Pero al menos Carlos Salinas de Gortari apostó a lo que parecía ser una carta segura. Había establecido una buena relación con George H.W. Bush desde que ambos eran Presidentes electos (esa favorable conjunción que se da cada 12 años), y además estaba una asociación marcada por un paso histórico: la negociación de un Tratado de Libre Comercio.

El campeón de la guerra de Iraq, superando el trauma de Vietnam, parecía imbatible para ser reelecto en 1992. Bill Clinton parecía un gobernador provinciano de una entidad marginal (Arkansas) incapaz de repetir el truco de Jimmy Carter de llegar a la Casa Blanca desde un estado sureño (Georgia).

Pero el gobernador resultó carismático (ese carisma que se haría tan famoso mundialmente con el paso del tiempo), capaz de ver a los ojos a los trabajadores de a pie. Bush parecía un aristócrata distante y cansado, y tras doce años de Partido Republicano (ocho con Reagan), Clinton logró catalizar la ansiedad de cambio, además enfocándose en la economía, que se había desacelerado considerablemente.

Costó caro para México, de entrada, un importante retraso en la aprobación del TLCAN, y tener que negociar acuerdos adicionales en materia ambiental y laboral. Salinas de Gortari era muy inteligente, y Clinton aún más brillante e igualmente pragmático. Un pragmatismo que ayudó para que finalmente Clinton cabildeara por el TLCAN entre los demócratas (con éxito) e incluso se “brincara” al Congreso para aprobar un préstamo a México en 1995 (ya con Zedillo). Pero pudo no ser un Presidente brillante y pragmático, sino un resentido. No valía la pena correr el riesgo.

 

El tropezón de Peña Nieto

Al menos Bush padre era (o fue por largo tiempo) el claro favorito en la elección de 1992. Nunca fue el caso de Trump en 2016, a quien pocos tomaron en serio. Pero, contra todo lo esperado, el neoyorkino aplastó a sus rivales con relativa facilidad y se convirtió en el candidato republicano.

La abierta invitación del Presidente de México a un candidato para ir a Los Pinos no tenía precedente. Puede decirse, incluso hoy, que la apuesta de Enrique Peña Nieto era impresionantemente audaz. Arriesgada también, porque corría el riesgo de dañar la relación con la saliente administración Obama y más con la futura de Clinton (que finalmente no fue).

Dada la derrota de Hillary, pareciera incluso a la distancia que fue una jugada maestra. No lo fue porque se estaba invitando a casa al enemigo, al que había construido su exitosa campaña denostando a México y los mexicanos. En el modelo trumpiano, Peña no mostraba educación o interés en construir un canal de comunicación, sino debilidad.

Lo poco que puede argumentarse es que nada se perdió en intentarlo. Cierto, pero solo considerando que Trump ganó contra todos los pronósticos. Y nada se ganó, como habría de comprobarse con su trato a la administración Peña, que además cerró dando el Águila Azteca a Jared Kushner pocos días antes del cambio de gobierno. Una forma quizá excesiva de pagar por una supuesta moderación que nunca fue aparente.

 

La abyección de López Obrador

Lo de Salinas resultó un cálculo equivocado, lo de Peña una apuesta arriesgada. Lo incomprensible es la actitud de Andrés Manuel López Obrador. Como Peña, apostó al candidato que se perfilaba como perdedor, pero con la diferencia de que es el inquilino de la Casa Blanca.

La diferencia con Peña es que no buscó presentar la relación bilateral como una alianza ventajosa para ambas partes, sino como una asociación en que Trump podía exigir y ver cumplidas sus demandas. Difícilmente Peña Nieto podía tratar de adoptar el papel de rudo tipo Putin o el norcoreano Kim, pero sí de vender a Trump una óptica de gana-gana empresarial.

Por el contrario, el tabasqueño ha entregado todo sin pedir nada a cambio. Ha logrado neutralizar la agresividad de Trump, al menos en buena parte, aceptando sus deseos. Ha sido una especie de “abrazos, evitemos los sombrerazos”.

Como con las mafias criminales, desplegó la bandera blanca de rendición como oferta inicial de negociación. El habitante de Palacio Nacional al parecer tiene una premisa: paz y amor con los que no puedo o sería costoso enfrentarme. Burlón con el débil, rijoso y burlón con sus críticos, es en cambio abyecto ante el que percibe como poderoso.

La entrega de AMLO no solo es dañina para el país, como fue desviar la Guardia Nacional para de facto hacer un Muro Sur en la frontera con Guatemala, sino que ha caído en la desproporción sin mostrar pudor alguno.

El exceso más evidente fue viajar a Estados Unidos para visitar a Trump en su casa y, de nuevo sin ningún logro aparente, externarle públicamente un profundo agradecimiento por el trato recibido. De paso, claro, con AMLO dando un espaldarazo electoral a Trump. Puede suponerse que habría sido tan agradecido con el gesto como lo fue con Peña Nieto (esto es, nada).

 

La incógnita Biden

Nada se logró con Trump, fuera de un espectáculo profundamente indigno. Y en los próximos meses, incluso años, tocará el precio más caro a pagar: recomponer el desastre ante el nuevo Presidente de Estados Unidos. De mantenerse el resultado que ahora se espera, Joseph Biden ganó por la mínima diferencia, pero finalmente ganó.

ACERCA DEL AUTOR
Sergio Negrete
Doctor en Economía por la Universidad de Essex, Reino Unido. Licenciado en Economía por el ITAM. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM. Profesor-Investigador en el ITESO. Fue funcionario en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y en el Gobierno de México.
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