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Economía, política, historia.

La paradójica corrupción Obradorista

17-06-2020 19:24
El director general de CFE, Manuel Bartlett, y el presidente López Obrador en una conferencia de prensa en Palacio Nacional.
El director general de CFE, Manuel Bartlett, y el presidente López Obrador en una conferencia de prensa en Palacio Nacional.

El Presidente de México tiene muchas obsesiones. Una es verse como un líder histórico, transformacional, a la par de los héroes nacionales. Otra es presentarse como honesto, impoluto, una persona que nunca ha acumulado un peso mal habido en su larga vida en la política.

La narrativa en sus campañas fue invariable: esa honestidad (a la que muchas veces agregaba un “valiente”) era una garantía de buen gobierno. En todo momento era el ofrecimiento de la persona que se transformaría en política pública. Porque si el Presidente era honesto, entonces el resto de los funcionarios federales lo serían también. Si había transa, era porque el que despachaba en Palacio Nacional lo permitía. Claro, eso ya no ocurriría cuando llegara al poder, puesto que se encargaría de barrer las escaleras públicas de arriba para abajo. No se necesitaban instituciones para ello, bastaba con su persona.

No dejaba de ser curioso que esto lo prometiera un hombre con finanzas opacas, alguien que no mostraba estrechez alguna en su vida, y que parecía dar a su familia amplio apoyo mientras que presumía incluso carecer de una cuenta bancaria. Siempre estaba la sombra de la sospecha porque la realidad no checaba con las palabras de conducta impoluta, la peculiar vida holgada que llevaba quien decía traer 200 pesos en la cartera.

 

La cantaleta de honestidad se mantiene

Lo curioso es que Andrés Manuel López Obrador mantiene la cantaleta a los 18 meses de gobierno, cuando se supone que ya la administración debería brillar por su honestidad. Que siga reiterando que luchará contra las raterías en el gobierno no deja de ser llamativo, al tratarse de su gobierno. Y además están los escándalos de corrupción que han estallado a su alrededor.

El Presidente ha demostrado una singular bipolaridad, conviviendo sin problema alguno con aquellos que no parecen ser precisamente escrupulosos en el manejo de presupuestos o contratos. La súbita prosperidad de miembros de su familia, otrora dependientes suyos, tampoco parece causarle extrañeza o sorpresa alguna.

Con respecto a la percepción de corrupción, las cosas no han cambiado cuando se compara con el podrido sexenio de Peña Nieto. Si AMLO es honrado, ciertamente no lo parece. Lo que sí es aparente es que piensa que se le creerá la cantaleta de la honradez solo porque no se cansa de entonarla, en la ocasión más reciente apenas esta semana:

Van a seguir diciendo que no estoy cuerdo, que estoy loco. Van a seguir diciendo que soy un viejo chocho, que ya estoy chocheando. Todo eso. Pero nunca van a poder decir que soy corrupto.

Quizá en proclamarse honrado, como en tantos otros ámbitos, AMLO cae en su realidad paralela de los “otros datos”. Lo cierto es que el estribillo de la honradez personal es recibido cada vez con mayor escepticismo, si no incredulidad, o hasta burla.

 

La mayor corrupción es la ineptitud

La paradoja es que el problema más grave de la administración obradorista no es la corrupción como se le entiende en forma habitual: el robo del dinero público por los medios más diversos, sino la costosa ineptitud del gobierno. Una ineptitud consecuencia, muchas veces, de una pretendida lucha contra la corrupción.

Es el hombre que, apostando al petróleo, ha llevado a que Pemex pierda 31 mil pesos por segundo.

Es el mandatario que, alegando prácticas corruptas en las compras de medicamentos, dejó a enfermos sin medicinas, con los casos de niños privados de quimioterapias siendo el caso más sonado. El mismo que pretendiendo crear por decreto un sistema de salud escandinavo, destruyó el Seguro Popular.

Es el titular del Ejecutivo que, negando un legado a su antecesor, destruyó el proyecto de infraestructura más grande de América Latina, en cambio iniciando otro aeropuerto que no servirá (al menos para aumentar la capacidad aeroportuaria en torno a la Ciudad de México). Por supuesto, alegó que había corrupción en torno a los contratos del proyecto de Texcoco.

Es la persona que, con sus afanes de soberanía energética, está obstaculizando a las energías verdes (solar y eólica), en cambio impulsando carbón y combustóleo. En el proceso, creando conflictos con empresas nacionales y de Estados Unidos y Canadá, al tiempo de destruir un ambiente favorable a la inversión extranjera. Por supuesto, empresas que ha acusado de haber hecho acuerdos corruptos con las autoridades del gobierno anterior.

El mismo que, al negarse a seguir una política fiscal contra-cíclica, ha condenado a cientos de miles, quizá millones, al desempleo y pobreza. Esto diciendo que ayudar a empresarios es algo corrupto.

 

La paradoja del Obradorismo

La gran paradoja del Obradorismo será la corrupción con todas sus consecuencias, con la más grave siendo el daño a millones bajo el pretexto de combatirla. Esto aparte de lo poco o mucho que se roben los funcionarios del régimen bajo las narices del que no se cansa de proclamarse, incansablemente, como el Presidente impoluto que barre las escaleras de arriba para abajo.

ACERCA DEL AUTOR
Sergio Negrete
Doctor en Economía (Essex, Reino Unido), Licenciado en Economía (ITAM) y Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UNAM). Profesor-Investigador en el ITESO.Fue funcionario en el Fondo Monetario Internacional y en el gobierno de México.
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