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Economía, política, historia.

La destrucción de la “marca AMLO”

26-08-2020 18:09
El presidente Andrés Manuel López Obrador respondió sobre el presunto caso de corrupción en el que se involucra a uno de sus hermanos, en conferencia de prensa el 21 de agosto en Palacio Nacional (Imagen: lopezobrador.org.mx)
El presidente Andrés Manuel López Obrador respondió sobre el presunto caso de corrupción en el que se involucra a uno de sus hermanos, en conferencia de prensa el 21 de agosto en Palacio Nacional (Imagen: lopezobrador.org.mx)

Durante décadas Andrés Manuel López Obrador construyó una atrayente persona pública. Pocos elementos tan potentes para un pueblo cansado de la corrupción que un hombre honesto, puro, incorruptible, aparte de austero en su persona y en el manejo de los recursos ajenos. Era uno de los elementos centrales que ofrecía la “marca AMLO”, aparte de una preocupación prioritaria por los pobres y una extraordinaria afinidad con el pueblo. En el pantano de la política nacional, era un ave rara que lo atravesaba sin ensuciar su blanco plumaje.

 

Faro de la honestidad

El ahora Presidente no se cansaba, ni se cansa, de machacar sobre su honradez. No solo era una garantía que no tomaría ventaja de su cargo para enriquecerse, sino que ofrecía que nadie en su administración lo haría, y que literalmente barrería con aquellos corruptos que se topara. De Palacio Nacional irradiaría el faro de honestidad que iluminaría hasta los rincones más oscuros de la burocracia.

Porque AMLO no ofrecía que en su gobierno se aprobarían leyes para combatir la corrupción, tampoco que construiría o fortalecería las instituciones necesarias para lograrlo. No, el aval que presentaba a la consideración de los votantes era su persona. Porque el Presidente (fuese quien fuese) se enteraba de todo, y si había corruptelas es que entonces las había permitido. Eso no ocurriría, obvio, cuando estuviese al mando, porque se encargaría de atajar las raterías.

Frases dignas de un genio de la mercadotecnia política se repetían sin cesar: “No miente, no roba, no traiciona” era uno de los tantos mantras coreados por sus seguidores. Otra, además con ese toque de sabiduría popular que tanto gusta invocar al tabasqueño, era “las escaleras de barren de arriba para abajo”. La implicación era clara: si se le colocaba arriba del Gobierno Federal, se encargaría de limpiarlo hasta abajo.

 

Una personalidad redondeada

La cantaleta se redondeaba, al menos, con ciertas apariencias.  La vivienda particular de AMLO nunca se ubicó en zonas residenciales de clase alta, con el famoso departamento de Copilco destacando al ofrecer una imagen de sencillez, clasemediera, que por supuesto completaba el famoso Tsuru blanco en el que se transportaba.

A diferencia de tantos políticos, el tabasqueño no hacía un ofensivo despliegue de riqueza, sino que trataba mostrar, siguiendo el dicho juarista, que se consagraba “asiduamente al trabajo, resignándose a vivir en la honrosa medianía que proporciona la retribución que la ley haya señalado”.

La honestidad fue también el argumento obradorista para justificar el nombramiento de funcionarios en su gobierno carentes de conocimientos o experiencia relevantes para el cargo. El famoso “90% de honradez y 10% de capacidad” parecía incluso embonar con su propia persona: en un cargo se puede aprender, lo importante es ser honrado en el desempeño.

 

Las constantes rayaduras en el teflón

Por otra parte, la repetición verbal sobre su honradez era un imperativo constante dada la abundante evidencia circunstancial de que algo no cuadraba con esa persona impoluta que se obstinaba en proyectar. En 2004 destacaron, por supuesto, los videos de una de sus principales aliados políticos arreando con billetes y ligas, y de su titular de Finanzas en el gobierno capitalino apostando fortísimas cantidades en Las Vegas. Fue una tormenta feroz sobre el tabasqueño, que las redes sociales reviven continuamente hasta el día de hoy.

Además, desde 2005 AMLO no tenía “retribución” del tipo juarista como funcionario público, y tampoco era evidente si recibía ingresos por parte de su partido político (por años el Partido de la Revolución Democrática), dado que nunca volvió a tener un cargo formal en la estructura partidista (su liderazgo formal antecedió su llegada al gobierno capitalino). En 2005-06 fue por primera vez candidato presidencial, una nominación que ni siquiera se atrevió a disputarle Cuauhtémoc Cárdenas.

Fue derrotado, y fue candidato de nuevo en 2012. Perdió, y de nuevo se presentó en 2018, por fin cumpliendo su ambición. Trece años de peregrinar por el país, de hacer infinidad de mítines, discursos, entrevistas, en un periplo que quizá se le antojó interminable, tal vez un gozo (dado lo que disfruta del micrófono y reflectores), lo más probable una combinación de ambas.

Trece años sin ingresos aparentes, fuera, quizá, de los libros que publicaba bajo su nombre. Nunca fue claro el grado de su autoría, como tampoco el monto de las regalías, menos como las manejaba un hombre que presumía no contar con cuenta bancaria o tarjeta de crédito, al tiempo de cargar solo 200 pesos en la cartera. Esto mientras vivía sin estrecheces, y manteniendo una familia amplia. Siempre presumiendo que carecía de dinero, nunca pareciendo necesitarlo.

Un misterio al que se agregaba su manejo opaco de recursos. A meses de ser electo Presidente fue el manejo del fideicomiso instituido para ayudar a los damnificados del terremoto de septiembre de 2017. Uno de los tantos esquemas en que el dinero fluía al alcance del tabasqueño sin que fuera claro si algo o mucho lo manejaba en forma directa.

A pesar de ello, lograba mantener la mitología de la honradez. El estribillo de sus partidarios era, con sustento, que ninguna prueba incontrovertible se había presentado sobre corruptelas y eso que había sido, según se repetía, “el hombre más investigado en la historia de México”. Todas las acusaciones era rayaduras en el teflón político de AMLO, pero el teflón se mantuvo en buena parte.

 

“Marca AMLO” destruida

Esto hasta que se hizo público el video del hermano de AMLO recibiendo dinero en su nombre, a lo que siguió la admisión del propio Presidente al respecto. Una marca construida a lo largo de décadas evidenciada como una mentira en cuestión de horas.

No hay forma que el Presidente pueda reconstruirla. Vendió a un ser impoluto, y una mancha es suficiente para destruir la pureza. Alegar que eran “aportaciones” del pueblo (faltaba más) para el “movimiento” y no su bolsillo podrá funcionar para los fanáticos, pero no para el resto.

Lo más probable es que AMLO trate la gastada, y otrora exitosa, fórmula de volver a machacar que es honesto, que el video de su hermano será olvidado (al menos por algunos) como fueron aquellos de Bejarano y Ponce, o que de alguna forma mágica se le eximirá de ser lo que es y quedó por fin demostrado, y admitido por su persona: un corrupto.

ACERCA DEL AUTOR
Sergio Negrete
Doctor en Economía por la Universidad de Essex, Reino Unido. Licenciado en Economía por el ITAM. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM. Profesor-Investigador en el ITESO. Fue funcionario en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y en el Gobierno de México.
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