Estados Unidos: su fuerza y su debilidad
Estados Unidos es la potencia militar más poderosa del planeta y lo ha sido, de manera consistente, al menos desde la Segunda Guerra Mundial. Ese poderío, sin embargo, no se corresponde con la evolución de su relevancia económica global -ya sea productiva, comercial o de inversión-, la cual ha declinado continuamente desde finales del siglo pasado. La pérdida de peso económico frente a sus rivales, en contraste con el mantenimiento de una vasta capacidad de uso de la fuerza, explica en buena medida las actuales medidas desesperadas por recuperar el terreno perdido en el ámbito económico.
El gasto militar de los Estados Unidos a principios del siglo XX era exiguo, representando un 1% o menos del total mundial, pero creció notablemente tras las dos guerras mundiales hasta alcanzar casi el 70%. Desde ese máximo, decreció hasta situarse alrededor del 40%, nivel en el que se ha mantenido con algunas fluctuaciones. Si bien este país no posee un ejército tan numeroso como el de China o la India, su capacidad de movilización de fuerza letal, su vanguardia tecnológica y su logística no tienen paralelo. Esto no es garantía de infalibilidad, pero sí representa un enorme poder disuasorio ante cualquier rival.
En contraste con su poderío militar relativamente estable, los Estados Unidos han visto disminuir notablemente su importancia económica global. Mientras que su participación en el PIB mundial pasó de cerca del 20% a principios del siglo XX al 40% en los años sesenta, dicha proporción ha decrecido hasta poco más del 25% en la actualidad. El mayor declive ocurrió a principios del presente siglo ante el ascenso de China como una de las potencias económicas dominantes. El apogeo económico norteamericano parece haber quedado atrás.
Un segundo indicador del declive económico relativo de los Estados Unidos es el comercio internacional. A principios del siglo XX, la suma de las exportaciones e importaciones estadounidenses representaba cerca del 10% del total mundial. El país alcanzó un máximo del 30% tras la Segunda Guerra Mundial, pero desde entonces la cifra ha descendido hasta rondar el 15% en los últimos años. Aunque el volumen comercial estadounidense sigue siendo clave, en una guerra comercial su importancia ya no es la de antaño.
Finalmente, la inversión extranjera directa (IED) originada en los Estados Unidos, como proporción de la mundial, ha disminuido desde hace décadas. Tras haber concentrado cerca de la mitad de la IED global en los años sesenta, esta ha caído hasta representar menos del 25% hoy en día. La mayor contracción relativa de la inversión estadounidense ocurrió con el resurgimiento de Europa y Japón, pero se ha producido otra caída decisiva en lo que va del siglo XXI debido a la expansión de la economía china.
Los Estados Unidos han mantenido un poder bélico desproporcionado respecto a la importancia económica que representan. Esto explica la insistencia del presidente Trump en que otros países asuman un mayor gasto en defensa, pero, sobre todo, que la política exterior estadounidense se incline cada vez más hacia la amenaza en lugar de hacia la persuasión diplomática basada en acuerdos de complementación económica. Estados Unidos desearía recuperar la magnitud de su antigua dominancia, pero la vía de los acuerdos multilaterales no parece estar funcionando para tal fin.
Intervenciones o presiones militares, como las ocurridas en el contexto de Venezuela, pueden dar la impresión de un renovado poderío estadounidense, pero en realidad son síntomas de cierta desesperación ante la creciente debilidad de otras vías de influencia global. Esta capacidad de influencia se ve aún más limitada cuando el país restringe la migración, debilita la confianza en el libre comercio y prefiere coartar la inversión de sus rivales en lugar de competir con ella. Sin duda, la actitud amenazadora de los Estados Unidos está acelerando su propio declive.