Lo que Davos revela sobre la nueva economía política global

La limitada presencia de México en Davos adquiere una lectura menos diplomática y más económica: no sentarse a la mesa equivale a aceptar reglas definidas por otros. Carney tenía razón.
26 Enero, 2026
Foro Económico Mundial.
Foro Económico Mundial.

Cada enero, Davos se convierte en un recordatorio útil de cómo funciona realmente el poder global. No se firman tratados ni se anuncian grandes acuerdos. Pero Davos sigue importando porque ahí se mide quién tiene voz, quién la está perdiendo y hacia dónde empiezan a moverse las reglas -formales e informales- que después terminan influyendo en mercados, flujos de capital y decisiones de política pública. Davos no decide, pero señala hacia dónde se decidirá.

En 2026, dos discursos concentraron buena parte de la atención. Mark Carney habló desde la inquietud. Insistió en que un sistema económico cada vez más fragmentado necesita más coordinación, no menos, y advirtió que la irrelevancia suele empezar por la ausencia. Donald Trump, en cambio, fue coherente con su estilo. Su mensaje reafirmó una visión abiertamente transaccional y nacionalista del orden internacional, donde territorio, energía y recursos estratégicos se entienden como fichas de negociación, no como bienes compartidos.

La frase de Carney: “si no te sientas a la mesa, serás parte del menú” fue menos una metáfora ingeniosa que una descripción funcional del momento actual. En el nuevo orden económico internacional, no estar presente ya no equivale a neutralidad, sino a pérdida de influencia.

México, sin embargo, volvió a optar por una presencia limitada. La representación oficial se concentró en la agenda ambiental, sin una delegación económica de peso ni un mensaje claro frente a los debates que dominaron el foro. Comercio, relocalización productiva, energía, finanzas y riesgos macroeconómicos -los temas centrales de Davos este año- quedaron prácticamente sin voz mexicana. La ausencia fue evidente. El contraste con el pasado es claro. Hace una década, México acudía a Davos con una delegación amplia, encabezada por el jefe del Ejecutivo y acompañada por secretarios económicos y líderes empresariales, con un discurso explícito de integración y atracción de inversión. En 2026, el país apareció de forma fragmentada y sectorial, justo cuando el propio WEF advertía que los riesgos globales son cada vez más sistémicos.

Ese diagnóstico quedó plasmado en el Global Risks Report 2026. El informe no describe una crisis puntual, sino algo más incómodo: un mundo expuesto a demasiados riesgos al mismo tiempo, mal combinados y gestionados. En el corto plazo predominan amenazas políticas y sociales; en el largo, restricciones estructurales vinculadas al clima, la tecnología y la cohesión institucional. El mensaje es conocido, pero no por ello menos inquietante: los riesgos más relevantes ya no se resuelven solo con soluciones técnicas, sino con capacidad política y coordinación internacional.

No sorprende, entonces, que el principal riesgo a dos años sea la confrontación geoeconómica. La economía se ha convertido en una herramienta de presión política: aranceles selectivos, sanciones, controles a exportaciones estratégicas y subsidios industriales que distorsionan la competencia ya no son excepciones, sino parte del repertorio habitual. El tono político importa. El discurso reciente de Trump sobre Groenlandia volvió a colocar territorio, recursos naturales y seguridad energética dentro de una lógica explícita de poder. Para los mercados, la consecuencia es predecible: mayores primas de riesgo y menor previsibilidad.

El segundo riesgo más relevante es la desinformación. Dejó de ser un problema cultural para convertirse en un riesgo económico. Redes sociales e inteligencia artificial han reducido drásticamente el costo de producir narrativas falsas capaces de alterar expectativas, provocar episodios de pánico financiero o erosionar la confianza en instituciones clave. Que este riesgo aparezca también alto en el horizonte de diez años sugiere que el problema no es coyuntural, sino persistente.

La polarización social completa el trío de riesgos inmediatos. Los episodios registrados en Minnesota en las últimas semanas ofrecieron una versión concentrada de esta dinámica: protestas, choques con autoridades y tensiones entre distintos niveles de gobierno. En sociedades fragmentadas, la autoridad se divide y gobernar se encarece. Para la economía, el efecto es claro: reformas bloqueadas, política pública errática e inversión más cautelosa.

Aunque los riesgos ambientales dominan el horizonte de largo plazo, en 2026 ya se hicieron sentir en el corto. La ola de frío en Norteamérica presionó los mercados de gas, elevó la volatilidad de precios y reavivó el debate sobre seguridad energética. Los eventos climáticos extremos han dejado de ser anomalías. Hoy operan como choques recurrentes de oferta, con efectos directos sobre inflación y crecimiento.

La diferencia entre los riesgos de corto y largo plazo no es su gravedad, sino su velocidad. Los primeros exigen respuestas inmediatas; los segundos avanzan lentamente, pero cuando se materializan dejan poco margen de maniobra.

En ese contexto, la limitada presencia de México en Davos adquiere una lectura menos diplomática y más económica. No es un asunto protocolario. En un mundo donde muchas decisiones se gestan en espacios informales de coordinación, no sentarse a la mesa equivale a aceptar reglas definidas por otros. Carney tenía razón: Davos no escribe las leyes, pero da pistas bastante claras sobre quién terminará escribiéndolas.

Delia Paredes Mier Delia Paredes Mier Delia Paredes apoya la toma de decisiones a inversionistas internacionales, líderes empresariales y gestores de activos a través del análisis económico desde hace casi 20 años. Es consultora independiente y docente en la Universidad Anáhuac y en el Tec de Monterrey. Miembro del Comité de Estudios Económicos en el Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas (IMEF) y del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI). Delia Paredes es Maestra en Economía por la London School of Economics (LSE).

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