México ante los Estados Unidos
El reciente despliegue de fuerza por parte de los Estados Unidos en Irán reafirma su inigualable poderío militar. Esta capacidad destructiva contrasta con su debilidad para conducir el comercio internacional en los términos que considera más favorables, a juzgar por la determinación de su Suprema Corte de desmantelar parte de la política arancelaria. En último término, el vecino del norte se encuentra tratando de revertir una pérdida de décadas de poder económico. Ante ello cabe preguntar: ¿qué lugar tiene México en estas tendencias?
México ha atestiguado hasta dónde está dispuesto a hacer uso de la fuerza militar el gobierno de Donald Trump, primero con la captura de Nicolás Maduro en Venezuela y ahora con la decapitación de la cúpula del régimen iraní. Una incursión armada para atacar al crimen organizado en territorio nacional sería notoriamente más sencilla de operar que lo visto en dichos casos. Es por ello que México ha optado por plegarse a los Estados Unidos en cuanto a la naturaleza del combate a las grandes organizaciones criminales.
La amenaza militar estadounidense para combatir el terrorismo que representan los grandes cárteles mexicanos es lo que mayor efectividad muestra. La permisiva política lopezobradorista de "abrazos, no balazos" ha desaparecido. Los nuevos términos de la lucha contra el crimen organizado los está definiendo Estados Unidos, y a México no le ha quedado más remedio que aceptarlos y ejecutarlos. En este cambio también han influido los desordenados amagues arancelarios del presidente Trump, aunque estos tienen cada vez menor peso.
El hecho de que la Suprema Corte de los Estados Unidos determinara que el presidente Trump excedió su autoridad al imponer "aranceles recíprocos" —que para el caso de México oscilaban entre el 25 % y 35 %— demuestra lo difícil que resulta para ese país reconducir los flujos comerciales. Esta dificultad va mucho más allá de lo legal, pues incluso durante la vigencia de los aranceles eliminados prácticamente no hubo reducción del déficit comercial estadounidense, manteniendo su tendencia al alza como proporción del PIB.
Para México es una buena noticia que se haya rechazado la permanencia de los elevados aranceles que lo afectaban y que estos hayan sido sustituidos por gravámenes generales transitorios de menor magnitud (15%), pues con ello su ventaja geográfica cobra más peso. Sin embargo, esto acentuará su dependencia comercial frente a los Estados Unidos y lo hará más propenso a ceder en las próximas negociaciones del T-MEC. El riesgo mayor es que la política comercial mexicana dificulte el intercambio fuera de la región, particularmente con Asia.
En última instancia, Estados Unidos observa cómo se reduce su poderío económico frente a China y otras naciones asiáticas. Por un lado, las nuevas tecnologías, particularmente las ligadas a la inteligencia artificial, están dejando de concentrarse en América y Europa. Por otro, la masa crítica de capital humano y recursos naturales necesarios para los nuevos componentes de cómputo está creciendo mucho más en China, India y países vecinos. Esto se traduce en una feroz competencia que debilita relativamente al vecino del norte.
Pese a su declive relativo, los Estados Unidos conservarán un poder absoluto enorme por mucho tiempo. Esto mantendrá a México en su órbita; sin embargo, nuestro país haría bien en buscar que este inevitable destino se cumpla abriendo oportunidades económicas con otras naciones. El objetivo debe ser diversificar las fuentes de conocimiento tecnológico para aumentar la productividad y fomentar relaciones comerciales más variadas. No hacerlo podría condenar a México a una dependencia más limitante: la de proveer los minerales necesarios para las futuras tecnologías en lugar de aprovecharlas.
Es temible tener un vecino inclinado a la amenaza y al uso de la fuerza, pero a la larga coarta más las oportunidades de progreso el limitar el comercio solo a este y no aprovechar lo que el mundo ofrece para ser menos dependiente de un poder en declive.