Entre alitas y anuncios: qué nos dice el Super Bowl sobre la economía

Hace tiempo que el Super Bowl dejó de ser “solo” un partido de fútbol americano evidenciando dinámicas de consumo y comercio que pueden ser un anticipo de lo que vendrá este verano con el Mundial de la FIFA.
9 Febrero, 2026
Fútbol americano.
Fútbol americano.

Cada febrero, el Super Bowl produce una rareza económica: millones de personas gastando al mismo tiempo, en lo mismo y por razones muy parecidas. En pocas horas se concentran patrones de consumo que normalmente se repartirían a lo largo de semanas o incluso meses. Visto así, el evento dice menos sobre fútbol americano y mucho más sobre cómo consumimos hoy.

Hace tiempo que el Super Bowl dejó de ser “solo” un partido. En esta edición, por momentos, pareció más un gran espectáculo musical con un partido intercalado. No mueve el PIB de Estados Unidos ni altera el rumbo del ciclo económico, pero sí exagera —hasta volverlas evidentes— varias dinámicas centrales de la economía contemporánea: consumo coordinado, monetización de la atención y comercio internacional impulsado más por hábitos culturales que por decisiones económicas formales. Su interés no está en cuánto impacto genera, sino en cómo lo genera.

Los números ayudan a dimensionar la magnitud del fenómeno. Un estudio del Bank of America[1] muestra que, en los códigos postales donde se ubican estadios de la NFL, el gasto con tarjetas de crédito y débito aumenta en promedio 77% durante los días de partido frente a días normales. La mayor parte del incremento va a lo obvio: comida, bebidas, estacionamiento y hospedaje. Cuando el evento es el Super Bowl, ese pico suele ser todavía mayor.

Para las ciudades sede, el efecto es inmediato. El Super Bowl funciona como una bocanada de gasto: intensa, visible y breve. Restaurantes llenos, hoteles al tope, comercios a toda máquina. Pero pasada la fiesta, la economía local vuelve a su ritmo habitual. Más que crear actividad nueva, el evento adelanta y concentra consumo.

La verdadera escala del Super Bowl, sin embargo, no está en el estadio. Está fuera de él. La mayoría de los aficionados no asiste al partido: lo ve desde casa, en bares o en reuniones privadas. Ahí se activa el segundo gran canal económico del evento: el consumo masivo fuera del estadio. En pocas horas convergen comida preparada, alcohol, botanas, plataformas de streaming y conectividad. No es sofisticado, pero sí extraordinariamente sincronizado.

Esa coincidencia en el tiempo vale dinero. En un mundo donde casi todo se consume bajo demanda, el Super Bowl sigue siendo una rareza rentable: millones de personas prestando atención al mismo tiempo. De ahí los precios récord de la publicidad. No se paga por segundos en pantalla, sino por una audiencia simultánea, cautiva y difícilmente replicable. En un mercado saturado de mensajes, la escasez no es de contenido, sino de atención.

México también participa desde el sofá. El Super Bowl es uno de los eventos deportivos más vistos del año en el país y se ha convertido en una ocasión social que activa consumo interno: pedidos a domicilio, reuniones en bares, promociones en restaurantes y picos de audiencia televisiva y digital. No es turismo ni exportación, pero sí gasto coordinado dentro del país, concentrado en una sola noche. Para comercios y plataformas, es uno de esos pocos momentos en que millones de personas hacen lo mismo de forma simultánea.

México juega este partido en dos frentes: como consumidor frente a la pantalla y como proveedor en la cadena de suministro. Cada Super Bowl dispara la demanda de aguacate en Estados Unidos, convertido ya en símbolo culinario del evento. Buena parte proviene de México y su exportación responde a un calendario deportivo, no agrícola. El valor no está solo en el volumen, sino en el timing: una logística afinada para un solo fin de semana.

Ese comercio genera ingresos relevantes para productores, empacadores y transportistas en un periodo muy corto, pero también deja al descubierto vulnerabilidades. La concentración en un solo producto y en un solo momento amplifica riesgos logísticos, regulatorios y de seguridad. Son costos reales, aunque rara vez aparezcan en el relato festivo del guacamole y la “derrama” económica.

El Super Bowl también mueve dinero por otras vías. La expansión de las apuestas deportivas legales ha añadido otra capa de monetización al espectáculo. Se apuesta al resultado, a jugadas específicas y hasta a detalles narrativos del evento. Para los estados, esto implica ingresos fiscales; para muchos hogares, una normalización del riesgo financiero asociado al entretenimiento. El deporte y las finanzas personales se cruzan aquí de forma cada vez más directa.

No obstante, conviene matizar este entusiasmo. Estudios sobre estos fenómenos deportivos masivos llevan años mostrando que dichos eventos tienden a prometer más de lo que entregan. Parte del gasto observado habría ocurrido de cualquier modo, simplemente desplazado desde otras actividades. Además, muchos de los costos —infraestructura, seguridad, servicios públicos— recaen en gobiernos locales, diluyendo el impacto neto. El Super Bowl produce ganadores claros, pero no beneficios generalizados.

Visto así, el Super Bowl funciona como un anticipo. Un experimento concentrado de lo que vendrá este verano con el Mundial de la FIFA. Si el primero muestra qué ocurre cuando consumo y atención se sincronizan durante horas, el segundo pondrá a prueba qué pasa cuando ese fenómeno se extiende durante semanas y se vive en el espacio urbano.

Para México, la diferencia es clara: en el Super Bowl participa como audiencia, consumidor y proveedor; en el Mundial será además anfitrión parcial. No será un motor significativo de crecimiento, pero sí una prueba exigente de capacidad, costos y expectativas. Como suele ocurrir con los grandes eventos, el entusiasmo llega primero. La evaluación económica, después.


[1] On the ball: How football fuels local spending, Febrero 3 2026

Delia Paredes Mier Delia Paredes Mier Delia Paredes apoya la toma de decisiones a inversionistas internacionales, líderes empresariales y gestores de activos a través del análisis económico desde hace casi 20 años. Es consultora independiente y docente en la Universidad Anáhuac y en el Tec de Monterrey. Miembro del Comité de Estudios Económicos en el Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas (IMEF) y del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI). Delia Paredes es Maestra en Economía por la London School of Economics (LSE).

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