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El peligroso cierre sexenal: López Obrador y López Portillo

27-09-2021 08:05

El peligro obradorista no reside en el endeudamiento, ni en despedir funcionarios experimentados y capaces, sino en su estatismo y alergia al sector privado.

En el ocaso de su sexenio, Andrés Manuel López Obrador se asoma al abismo. Por más que viva en un mundo paralelo de otros datos y otros hechos, lo que logra penetrar es suficiente para mostrar que su nave hace agua y progresivamente se hunde. Su reacción es y será de radicalización y furia. Como todo mesiánico, considera que la respuesta no es corregir el rumbo, sino profundizarlo. Como si, advertido que enfila a estrellarse contra las rocas, el capitán del barco ordena ir a toda máquina, pensando que con mayor velocidad podrá destruir los obstáculos a su paso.

Un mesías gobernando

Es peculiar hablar del cierre sexenal de AMLO cuando no va siquiera a la mitad de su casi sexenio de 70 meses (recortado en dos meses por un cambio introducido por Peña Nieto, terminará el 1 de octubre de 2024). Pero esto se explica porque así lo diseñó el propio López Obrador, quien peculiarmente cree que las grandes obras de infraestructura deben iniciarse y concluirse en el propio sexenio. Mientras tanto, los principales programas sociales deben arrancarse tan pronto sea posible, para expandirse a lo largo de los años.

Porque AMLO tiene la certeza del mesiánico, el que sabe dónde poner una refinería, que un sistema aeroportuario funcionará con tres terminales a pesar de una rugosa orografía y que traza personalmente una ruta para un tren turístico a lo largo de cientos de kilómetros. Tiene la absoluta seguridad de que podrá construir un sistema de salud como en Dinamarca en cuestión de meses, y que los programas sociales que diseñó en su mente funcionarán de maravilla.

De la misma manera, tiene la certeza que presidirá un gobierno eficaz. Porque los neoliberales son tan corruptos que solo tienen como objetivo robar al pueblo y por ello solo destrozan lo que tocan. Basta poner a personas honradas, o en todo caso cercanas, para que la administración pública funcione como reloj suizo. No importan que carezcan de conocimientos o experiencia, eso se suple con lealtad y el hecho de servir en un gobierno que será la Cuarta Transformación del país. El dinero sobrará porque ya nadie robará, y todo se hará bien y rápido.

Por eso no importaba, destacadamente, nombrar a un agrónomo y ganadero el frente de Pemex. Con algo de inversión, se encontraría mucho petróleo, y eventualmente la empresa sería una fuente de riqueza para la tesorería nacional y una palanca de desarrollo para la economía, todo coronado con haber alcanzado la soberanía energética que esos malvados neoliberales habían vendido por un plato de lentejas a oscuros intereses nacionales y extranjeros.

Con esas certezas en su mente, AMLO esperaba un brillante sexenio… o más de uno. Con el país pacificado con rapidez gracias al ofrecimiento de abrazos en lugar de balazos, sin robadero, los empresarios invertirían encantados de la mano del gobierno. El crecimiento económico no haría sino aumentar la popularidad del Presidente, y en la elección intermedia lograría una aplastante mayoría. Quizá, incluso, ante el clamor popular (a su pesar, claro) aceptaría ser reelecto y quedarse otros seis años en Palacio Nacional. Posiblemente hasta otros seis, al cabo que el pueblo da y el pueblo quita, todo es cuestión de someterse a referéndums revocatorios (ratificatorios) cada cierto tiempo.

Realidad diferente a la esperada

La realidad ha sido diferente, y no solo por la pandemia. Santa Lucía se perfila como un aeropuerto improvisado que ninguna aerolínea quiere tocar, y Dos Bocas en un elefante blanco cuyos costos se disparan al tiempo que se inunda con frecuencia, mientras que el Tren Maya demanda también mucho más dinero y cambios en la ruta. Las pérdidas financieras de Pemex son astronómicas y se necesitará muchísimo dinero para rescatar a la empresa, que se ha convertido en un lastre para el desarrollo.


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La improvisación resultó, igualmente, un problema al diseñar programas sociales. Sembrando Vida fue un incentivo para destruir vegetación y Jóvenes Sembrando el Futuro un semillero de corruptelas. Las pensiones universales han beneficiado mucho más a aquellos que menos lo necesitan, a un costo que no tiene freno. Todo esto mientras las mafias criminales amplían su poder y el número de homicidios sigue trepando. Quizá nunca en un siglo, desde Venustiano Carranza, se había observado entre los funcionarios públicos con tanta fuerza la noción de que un cargo en el gobierno es un permiso para robar. El propio Presidente es el primero en alimentar el cinismo, proclamándose honrado mientras que afloran las robaderas pasadas y presentes de su parentela.

¿Cómo reaccionará AMLO ante una realidad tan diferente a los espejismos que se planteó? Lo más probable, como de hecho ya inició, con furia y radicalización, como José López Portillo en su igualmente desastroso cierre.

El final sexenal de los López

A diferencia de AMLO, mucho favoreció a José López Portillo en los primeros tres cuartos de su administración, hasta mediados de 1981. Se encontró petróleo en abundancia mientras que este se vendía cada vez más caro. El crecimiento económico fue impresionante. Pero JLP se obsesionó con el peso, y una respuesta inepta ante una ligera baja en los precios internacionales del crudo desató una impresionante fuga de capitales.

En el año y medio restante de su sexenio, las respuestas que emanaron de Los Pinos fueron despedir a personas capaces (como los Directores Generales de Pemex y del Banco de México y al Secretario de Hacienda) y endeudar al país como nunca, tratando de evitar una devaluación. Ante la devaluación que eventualmente llegó y el estallido inflacionario, optó por culpar a los banqueros del “saqueo” y expropiar los bancos privados, aparte de decretar un control cambiario. Hombre impresionantemente culto y amante de la historia, apasionado nacionalista, acabó como uno de los peores Presidentes del México moderno.

El peligro obradorista no reside en el endeudamiento (que detesta), ni en despedir funcionarios experimentados y capaces (de los que carece), sino en su estatismo y alergia al sector privado; radica en el mesiánico que sigue creyendo que la realidad se doblega ante sus deseos, en el rencor y hasta odio que se desborda cuando enfrenta el rechazo y la burla popular, tan poderosamente proyectados (y que él magnifica) en las redes sociales. Se encuentra en la convicción de que las leyes están para ser ignoradas cuando (cree) se está sirviendo a la justicia.

El Presidente ya anunció que en unos días mandará una iniciativa de reforma constitucional para re-estatizar el sector eléctrico lo más posible, con la vista puesta en Adolfo López Mateos y la fecha de su nacionalización, el 27 de septiembre de 1960, una acción que la actual administración enaltece en su página de internet. La nueva estatización que busca AMLO quizá incluya además la intervención estatal en la explotación del litio.

López Portillo se radicalizó en su último año de gobierno; a López Obrador le quedan poco más de tres. Hombre que se presume como impresionantemente culto y amante de la historia, apasionado nacionalista, acabará de la misma forma como uno de los peores Presidentes del México moderno.

ACERCA DEL AUTOR
Sergio Negrete
Doctor en Economía por la Universidad de Essex, Reino Unido. Licenciado en Economía por el ITAM. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM. Profesor-Investigador en el ITESO. Fue funcionario en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y en el Gobierno de México.
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