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Economía, política, historia.

El optimismo en las finanzas públicas suele acabar mal

13-09-2020 16:55

El optimismo hacendario lo que busca es estimar mayores ingresos para 2021, lo que por supuesto entonces permite gastar más.

El secretario de Hacienda, Arturo Herrera, en la entrega del Paquete Económico 2021 a la Cámara de Diputados el pasado martes 8 de septiembre.
El secretario de Hacienda, Arturo Herrera, en la entrega del Paquete Económico 2021 a la Cámara de Diputados el pasado martes 8 de septiembre.

El optimismo no es un elemento que deba tener cabida en la conducción de las finanzas de un país, como tampoco debe estar en las finanzas personales o empresariales. Pero, finalmente un problema personal, familiar o de negocios causado por un entusiasmo sin cimiento tiene consecuencias dolorosas, pero limitadas. En el caso de una economía, se puede golpear a millones.

Un crecimiento que nadie espera

Las cifras oficiales de crecimiento para 2020 y el año entrante son lo que mayor sorpresa despertó en los Criterios Generales de Política Económica para el año 2021 y entregados al Congreso el 8 de septiembre junto con las iniciativas de ingreso y presupuesto.

Quizá la Secretaría de Hacienda y Crédito Público sabe algo que nadie más conoce, pero ello es improbable. Los expertos del sector privado consultados cada mes por el Banco de México pronosticaron en el ejercicio más reciente (publicado a principios de septiembre) que la economía se contraerá 9.9% (ese número representa el promedio de los diversos pronósticos). Hacienda dijo que será 8.0%.

Para 2021 la diferencia es todavía mayor: el promedio de los encuestados por Banxico espera 3.0%, mientras que la expectativa oficial es de 4.6%. El secretario Arturo Herrera tiene un punto al aducir que un rebote es esperable dada la enorme contracción, pero parece no tomar en cuenta la enorme destrucción de capacidad productiva que está ocurriendo, así como la incertidumbre futura sobre la pandemia.

 

 

A esos elementos el titular nominal de las finanzas (el real es el inquilino principal de Palacio Nacional) debe agregar otro que conoce perfectamente: el negativo ambiente de inversión que fomenta su jefe con sus dichos y acciones.

Porque la contracción económica no inició este año, sino desde 2019 (la primera recesión en una década). Las bajas expectativas sobre el futuro crecimiento tienen por ello un sólido sustento: una pandemia combinada con un gobierno que, en los hechos, espanta el ingrediente esencial para crecer: la inversión

¿Por qué la obsesión con el crecimiento?

La obsesión por un crecimiento no tan malo en 2020 y un rebote significativo al año siguiente puede parecer extraña cuando el Presidente ha manifestado una y otra vez que el crecimiento no importa, sino que lo relevante es el bienestar. De hecho, se supone que antes de que concluya el año se presentará una medición alternativa que habrá de contener elementos como felicidad, paz y el bienestar.

Pero el crecimiento implica que hay mayor actividad económica, esto es, más producción y empleo, lo que trae pagos de impuestos más elevados. El optimismo hacendario lo que busca es estimar mayores ingresos para 2021, lo que por supuesto entonces permite gastar más.

Exactamente por la misma razón se estimó un importante aumento en la producción petrolera, y que no tiene justificación alguna dada la evolución de esta variable desde 2019. Al parecer el objetivo fue inflar el ingreso y así poder, oficialmente, gastar más.

Una bomba de tiempo

El problema vendrá cuando ese crecimiento no llegue y los ingresos esperados no se materialicen. Herrera sabe perfectamente, mejor que nadie, que López Obrador no aceptará una política fiscal contracíclica, sino que demandará mantener una restrictiva para tener el déficit y el endeudamiento bajo cierto control (uno de los elementos que, de hecho, frenó el crecimiento en 2019 y este año).

La afición de AMLO para recortar el gasto público ya ha sido fehacientemente demostrada, así como su inusual capacidad para saquear el presupuesto de su propio gobierno, como está ocurriendo con diversos Fideicomisos.

La más reciente pirueta presidencial en ese sentido ha sido extraordinaria incluso para esos estándares: la Fiscalía General de la República entregó al Gobierno Federal un total de 500 millones de pesos. Recursos provenientes de decomisos no especificados, y que formalmente se entregaron del Instituto para Devolver al Pueblo lo Robado.

De alguna forma el Presidente se apropió de ese dinero y dictó que se compraría un millón de cachitos para la rifa de dinero en efectivo, aunque oficialmente lo que se rifa y no se entregará es el avión presidencial. Esos cachitos se repartirán a hospitales, y si alguno tiene la suerte de ganar entonces recibirán ese efectivo para lo que determinen. El dinero que se recaude de la rifa se supone que irá para… el sistema de salud. En singular maniobra el Presidente infló la venta de su rifa para que el dinero, oficialmente, termine en el mismo lugar.

Esos malabarismos son relativamente inofensivos (fuera de demostrar que el Presidente hace lo que quiere con el presupuesto, lo que es profundamente preocupante). La bomba de tiempo es que Hacienda ha hecho gala de un optimismo que puede costar caro en 2021, más considerando que prácticamente ha agotado los “guardaditos” que servían de colchón ante una emergencia. El optimismo sin sustento suele terminar mal.

ACERCA DEL AUTOR
Sergio Negrete
Doctor en Economía por la Universidad de Essex, Reino Unido. Licenciado en Economía por el ITAM. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM. Profesor-Investigador en el ITESO. Fue funcionario en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y en el Gobierno de México.
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