Revisión del T-MEC: entre estabilidad económica e incertidumbre política

La integración manufacturera de Norteamérica sigue siendo una ventaja estratégica por lo que las principales fricciones no están en el comercio de bienes, sino en la política energética mexicana y los asuntos de seguridad.
9 Marzo, 2026
Donald Trump.
Donald Trump.

Esta semana comenzaron formalmente las conversaciones para revisar el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Conviene recordar que, en principio, no se trata de una renegociación. El propio tratado prevé un mecanismo de revisión periódica: cada seis años los tres países deben evaluar su funcionamiento y decidir si desean extender su vigencia.

El acuerdo tiene una duración de 16 años. Si la revisión es positiva, el reloj vuelve a empezar. En teoría, el proceso permite actualizar el tratado sin necesidad de desmontarlo cada década. Pero el problema nunca ha sido el mecanismo. El problema es la política.

La cláusula de revisión nació durante la negociación del T-MEC en 2018. La administración Trump presionaba entonces por una sunset clause que obligara a renovar el acuerdo regularmente o dejarlo morir. México y Canadá se resistieron. El resultado fue un compromiso intermedio: el tratado no caduca automáticamente, pero tampoco queda blindado. Cada seis años aparece una pregunta incómoda: ¿seguimos o no?

El mejor escenario sería sencillo. Los tres países revisan el tratado, concluyen que funciona razonablemente bien y acuerdan extenderlo hasta 2042. Para una región cuya integración productiva depende de inversiones de largo plazo, esa señal de certidumbre sería bienvenida.

Norteamérica no comercia simplemente entre sí; produce en conjunto. Un automóvil ensamblado en México puede incorporar acero estadounidense y componentes electrónicos canadienses antes de llegar al consumidor final. Las cadenas de valor cruzan la frontera varias veces. La estabilidad del marco comercial es, para muchas empresas, tan importante como el costo de producir.

Pero suponer que la revisión seguirá un curso técnico sería ingenuo. El tratado vuelve a la mesa en un momento en que la política comercial estadounidense se ha vuelto profundamente transaccional. Donald Trump es el principal exponente de ese estilo. Su estrategia de negociación consiste en elevar la tensión, amenazar con romper el acuerdo y volver a la mesa cuando cree que puede obtener más concesiones. La renegociación del TLCAN en 2017 y 2018 ofreció varios ejemplos: amenazas de abandonar el acuerdo, aranceles utilizados como palanca de presión y episodios en los que Washington parecía dispuesto a levantarse de la negociación para regresar después con nuevas exigencias. Nada indica que esa lógica haya desaparecido. Para Trump, la incertidumbre es una herramienta de negociación. Mantener una espada de Damocles sobre el tratado puede resultar más útil que cerrarlo definitivamente.

El tono de la revisión dependerá, además, del clima político doméstico en Estados Unidos. Los acuerdos comerciales suelen convertirse con facilidad en instrumentos de política interna. Cuando la presión política aumenta —ya sea por razones electorales o económicas— los tratados ofrecen una plataforma conveniente para demostrar firmeza frente a socios comerciales. México suele ocupar un lugar destacado en ese discurso.

Si la presión interna en Estados Unidos aumenta, el T-MEC podría volver a convertirse en un escenario de política doméstica. En ese contexto, las negociaciones comerciales dejan de ser únicamente técnicas.

Sin embargo, hay un contraste interesante. Las consultas realizadas en Estados Unidos entre empresas, sindicatos y cámaras industriales muestran una evaluación en general positiva del tratado. Para buena parte del sector productivo estadounidense, el T-MEC funciona. La integración manufacturera de Norteamérica sigue siendo una ventaja estratégica frente a otras regiones del mundo. Las principales fricciones tampoco están en el comercio de bienes. Los puntos de tensión se concentran en dos ámbitos: la política energética mexicana y los temas de seguridad.

En energía, Washington ha expresado reiteradamente su preocupación por las políticas que favorecen a las empresas estatales mexicanas y que podrían limitar el acceso de inversionistas extranjeros. En seguridad, el debate gira en torno al tráfico de fentanilo, la migración y la estabilidad en la frontera.

Eso cambia el eje de la discusión. El comercio, estrictamente hablando, no parece ser el principal problema del tratado. Las tensiones se encuentran más bien en la intersección entre política energética, seguridad y política doméstica. Para México, la incógnita es evidente: hasta qué punto estará dispuesto a moverse en esos frentes.

Si el gobierno mexicano decide reducir las fricciones —particularmente en energía— la revisión podría convertirse en una oportunidad para reforzar la credibilidad del país como socio comercial. En un momento en que muchas empresas están reconsiderando sus cadenas de suministro globales, una señal de estabilidad regional tendría un peso considerable. Si, por el contrario, las posiciones permanecen rígidas, la revisión podría transformarse en una negociación más larga y áspera.

En cualquier caso, el proceso que comienza esta semana difícilmente será una revisión rutinaria. En la economía internacional actual, los acuerdos comerciales rara vez permanecen aislados de la política. En el caso del T-MEC, la política ya está sentada en la mesa.

Delia Paredes Mier Delia Paredes Mier Delia Paredes apoya la toma de decisiones a inversionistas internacionales, líderes empresariales y gestores de activos a través del análisis económico desde hace casi 20 años. Es consultora independiente y docente en la Universidad Anáhuac y en el Tec de Monterrey. Miembro del Comité de Estudios Económicos en el Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas (IMEF) y del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI). Delia Paredes es Maestra en Economía por la London School of Economics (LSE).