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Economía, política, historia.

El austero autodestructivo

09-07-2020 08:41

El Presidente saquea a su propio gobierno en aras de encontrar dinero para sus proyectos favoritos. La acción destructiva más reciente es el brutal recorte de 75% en el gasto de operación de las dependencias federales.

El presidente Andrés Manuel López Obrador en una imagen de archivo.
El presidente Andrés Manuel López Obrador en una imagen de archivo.

Andrés Manuel López Obrador tiene un enemigo muy efectivo dentro de su gobierno, en el más alto nivel. No se da cuenta, porque es de su máxima confianza, pero está minando a su administración, llevándola al desastre, a la inmovilidad e inutilidad.

Está dirigiendo, de hecho, la destrucción de la capacidad operativa y memoria institucional del Gobierno Federal, causando profundo rencor entre el funcionariado de medio y alto nivel. Un sabotaje que soñaría el peor enemigo de la 4T. Ese enemigo habita en Palacio Nacional, y se llama Andrés Manuel López Obrador.

 

Hipocresía de la austeridad como credo

AMLO es un hombre de apariencias, un cínico que ha hecho de la hipocresía constante un modo de vida. Su constante perorata de su honradez personal y de su gobierno ya ha sido evidenciada como una gran mentira; un honrado no suele tener familiares y subordinados con riquezas inexplicables, pero el tabasqueño al parecer cree que una mentira que se repite mil veces puede ser tomada como verdad (el detalle es que ahora las redes sociales muestran la mentira, también mil veces).

Pero el Presidente no lo entiende, y sigue con la actuación. Y como parte del cuento está la “austeridad republicana”. López Obrador ha mostrado una extraordinaria frialdad y aplomo para recortar el gasto público.

El titular del Ejecutivo, como en tantas ocasiones, es una estrella de la improvisación. Eso de los análisis y estudios es para los tecnócratas neoporfiristas; él está convencido que hay mucha tela para cortar, que abunda la corrupción y el desperdicio en el sector público.

Y corta con machete, no con bisturí, al parecer sin importarle el costo humano. Niños sin quimioterapias, madres sin estancias infantiles, mujeres sin albergues, son al parecer costos que vale la pena pagar en aras de una mal entendida austeridad fiscal.

 

De casta dorada a parias

Hay muchas más víctimas colaterales. El alto funcionariado federal ha pasado en cuestión de 19 meses de ser una casta dorada a intocables o parias. Los que han sobrevivido, claro, porque los despidos han sido masivos. Un Presidente poderoso que se ha permitido correr a miles, muchas veces sin ofrecer la indemnización correspondiente. Es la prepotencia que otorga la omnipotencia.

A los que quedan, menores salarios y prestaciones. No solo fue el recorte inicial, sino que AMLO sigue al acecho con las tijeras, como lo demostró forzando por parte de muchos la entrega de los futuros aguinaldos en un año tan aciago como 2020. Esto aparte, claro, de aprobar una legislación que penaliza por largo tiempo la posibilidad de trabajar en el sector privado tras dejar el gobierno.

Ciertamente, puede argumentarse que los salarios y condiciones de la alta jerarquía burocrática eran excesivos en un país con tantos pobres. Pero las buenas condiciones laborales en el sector público eran un imán para atraer talento y un escudo contra las tentaciones de la corrupción.

Pocos economistas mexicanos, por ejemplo, tenían como ambición trabajar en un organismo internacional como el Fondo Monetario Internacional cuando era más atractiva una carrera en la Secretaría de Hacienda o el Banco de México. Hoy lo que causa López Obrador entre aquellos que le sirven como funcionarios es rencor, aparte de la tentación de robar.

 

Brutal destrucción administrativa

El Presidente saquea a su propio gobierno en aras de encontrar dinero para sus proyectos favoritos. La acción destructiva más reciente es el brutal recorte de 75% en el gasto de operación de las dependencias federales. No es dejar a una administración pública en los huesos, es exigir que se ampute un brazo y una pierna pero que siga su marcha como si nada. Es dejar a funcionarios sin computadoras y esperar que hagan su trabajo con papel y lápiz, o bien compartiendo equipos (o, claro, llevando los suyos desde casa). Parece que AMLO ya ni recuerda el costoso hackeo a Pemex.

Es evidencia del hombre que admira el caballo que da vueltas al trapiche para extraer jugo de caña, el que inicialmente buscó que la burocracia volviera a trabajar medio día los sábados como fue hasta los tiempos de Luis Echeverría.

El inquilino de Palacio cree en el tiempo sentado en las juntas tempraneras, las horas ante el micrófono en las mañaneras, el tiempo con “el pueblo” en la calle y la plaza. No importa si la intensa actividad es como una ardilla en una jaula giratoria, sin llegar a ninguna parte. López Obrador es el burócrata a la antigua: el que aparenta que trabaja.

La improductividad del hombre que cree en construir caminos pavimentados a mano, en el trapiche con el caballo, en el petróleo como palanca de desarrollo, contagia hoy a todo el Gobierno Federal. El remate final es que lo hace en aras de una pretendida austeridad. El daño es ya mayúsculo, y acabará siendo inmenso.

ACERCA DEL AUTOR
Sergio Negrete
Doctor en Economía (Essex, Reino Unido), Licenciado en Economía (ITAM) y Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UNAM). Profesor-Investigador en el ITESO.Fue funcionario en el Fondo Monetario Internacional y en el gobierno de México.
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