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Economía, política, historia.

Dos Presidentes apostadores (y perdedores) al petróleo

13-09-2021 08:28

De acuerdo con la Secretaría de Hacienda, en 2022 la producción de crudo será 500 mil barriles por día inferior a la proyectada en el Plan de Negocios de Pemex de julio de 2019.

El presidente López Obrador (izquierda) y el expresidente José López Portillo (derecha).
El presidente López Obrador (izquierda) y el expresidente José López Portillo (derecha).

Dos apostadores al petróleo en circunstancias diametralmente distintas, pero ambos perdedores y arrastrando a México por su error. José López Portillo (1976-82) y Andrés Manuel López Obrador (2018-24). En el primer caso hace mucho que la historia entregó su veredicto, en el segundo el costo total está todavía por determinarse, pero el balance ya es negativo y con todas las señales indicando que lo será todavía más.

La ironía es que la apuesta lopezportillista fue la semilla de la lopezobradorista. La extraordinaria prosperidad que trajo el petróleo a México pudo ser breve, estrictamente hablando alrededor de cinco años, pero causó profundo impacto en el director del Instituto Nacional Indigenista de Tabasco (1977-82), uno de los estados en que el dinero petrolero llegó a raudales. Una prosperidad que además empataba con la noción de la riqueza que hasta hoy tiene AMLO: que esta se origina en los recursos naturales. De ahí su profunda convicción de que México es un país rico con gente pobre y la deducción de que así es por haber tenido gobiernos neoliberales corruptos.

 

López Portillo: la apuesta sustentada

La apuesta de López Portillo fue correcta y ejecutada con solidez, al menos en el ámbito petrolero. Luis Echeverría al parecer fue engañado sobre el potencial de México al respecto, por temor a que hiciera locuras adicionales en materia de política económica. Su sucesor y amigo de juventud en cambio tenía a Jorge Díaz Serrano, un ingeniero que había trabajado como contratista petrolero por mucho tiempo. Este había escuchado que, en el Golfo de Campeche, no tan lejos de la costa, el petróleo literalmente brotaba a borbotones en el mar. Los pescadores locales lo llamaban “la chapopotera”. Fue precisamente un pescador el que había descubierto esa fuente de crudo: Rudesindo Cantarell (1914-1997).

El conocimiento técnico y contactos de Díaz Serrano fueron decisivos. Con rapidez convenció a banqueros escépticos de la súbita riqueza petrolera mexicana cuando la certificó con el aval de la consultora petrolera más respetada del mundo: la texana DeGolyer y MacNaughton. Los bancos internacionales, que habían cerrado sus bóvedas a México tras la devaluación y traumático cierre de sexenio de Echeverría, las reabrieron. El “ábrete sésamo” fue la palabra petróleo. Y de ahí fue, como dijo Díaz Serrano, usar ese dinero para “irse al mar” a perforar. En un par de años transformó al país en potencia petrolera.

En el mejor momento: el precio del crudo había aumentado considerablemente a partir de 1973, y seguiría aumentando (destacadamente por la guerra entre Irán e Iraq que estalló en 1979). México fue el nuevo jugador que entró como proveedor para un planeta insaciable de petróleo, trayendo una lluvia de dólares para el país.

El error de López Portillo fue creer que el precio del petróleo permanecería alto y al alza. Bastó una pequeña baja a mediados de 1981 para descolocarlo y llevarlo a una cadena de errores: destacadamente endeudar enloquecidamente al país buscando evitar una devaluación del peso. Defendió la moneda, efectivamente, como un perro, con la misma irracionalidad de un mastín rabioso. Fue un desastre, en sus palabras, administrando la abundancia que le fue conferida.

 

López Obrador: la apuesta irracional

Nada ni nadie redime, en cambio, la apuesta obradorista. El precio internacional del petróleo no era particularmente bajo cuando tomó posesión, pero lejos de los niveles observados hasta 2014. No había nada para indicar que aumentarían, y mucho (la transición que deja atrás las energías fósiles) para señalar lo contrario.

Recibió, en cambio, una empresa petrolera quebrada y además la más endeudada del mundo. Y para revivirla designó a una persona ignorante del petróleo y las finanzas, pero cercano colaborador suyo. Como en tantas ocasiones, la lealtad ganó al requerimiento de conocimiento o experiencia. La creencia (no hay otra palabra) era que, con la empresa libre de corrupción, los técnicos de Pemex encontrarían petróleo con rapidez y lo explotarían con ganancia. La producción estancada retomaría el ascenso, las refinerías serían reparadas con rapidez y una nueva construida en tiempo récord. Ahí donde otros gobiernos habían fracasado espectacularmente, Dos Bocas triunfaría. En diciembre de 2018, ya Presidente, AMLO proclamó que ojalá se pudiese recuperar la producción del (ya agotado) yacimiento de Cantarell, con toda la fe de quien declara que un muerto puede resucitar.

Con la producción creciendo, regresaría el Pemex proveedor del presupuesto federal. Al cabo de pocos años, las ganancias serían suficientes para rescatar la empresa (y de paso la “soberanía energética”), pagar deuda e incluso entregar recursos al gobierno para gasto social. Esos dineros que López Obrador vio derramarse por Tabasco en 1981 estarían de regreso en 2021.


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La realidad, sin embargo, resultó refractaria al mesianismo. Los pasivos netos de Pemex rondan los tres billones de pesos al acumularse pérdidas astronómicas, la corrupción campea con impunidad, la deuda no disminuye y las nuevas inversiones públicas no trajeron el ansiado repunte de la producción. De acuerdo con el pronóstico más reciente de la Secretaría de Hacienda, en 2022 la producción de crudo será 500 mil barriles por día (mbd) inferior a la proyectada en el Plan de Negocios de Pemex publicado en julio de 2019. Para 2024 la diferencia sería de casi 700 mil mbd.

Dos Bocas muestra vocación como un futuro parque acuático mientras que el costo de construcción se dispara. El precio del crudo no está mal, pero dista de ser espectacular. López Obrador no se ha cansado de proclamar, incluso cuando esos precios llegaron a niveles negativos al estallar la pandemia globalmente, que su estrategia es correcta: se trata de dejar de exportar crudo y de dejar de importar gasolinas. Ante la imposibilidad de ampliar con rapidez la capacidad de refinación, optó por comprar una planta (Deer Park) que ya era mitad propiedad de Pemex, pero que está ubicada en Texas.

De lo que hoy habla el nuevo titular de la Secretaría de Hacienda es de cómo rescatar a Pemex, mientras que el amigo presidencial sigue al mando de la paraestatal, y la deuda ha sido degradada a la categoría de basura.

Lo que eventualmente se descubrirá es lo que habrá de pagar el país por la segunda apuesta presidencial errada en el petróleo, en esta ocasión sin siquiera el consuelo de que había elementos para considerar que era una jugada arriesgada pero sólida. En esta ocasión la fuente de la apuesta fue una nostalgia por un pasado dorado que nunca tuvo lugar aderezada con una buena dosis de patrioterismo ramplón.

ACERCA DEL AUTOR
Sergio Negrete
Doctor en Economía por la Universidad de Essex, Reino Unido. Licenciado en Economía por el ITAM. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM. Profesor-Investigador en el ITESO. Fue funcionario en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y en el Gobierno de México.
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