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Economía, política, historia.

Dios da el agua, no la entuba

11-12-2020 08:55

Un bien esencial para la vida repentinamente quedó visualizado como un bien material, sujeto a la demanda y oferta en un mercado y, por supuesto, con potencial de ganancia o pérdida para algunos.

Los derechos de propiedad permiten acciones esenciales para que el agua llegue a todos los que la necesitan, y que pueden y están dispuestos a pagar por ella.
Los derechos de propiedad permiten acciones esenciales para que el agua llegue a todos los que la necesitan, y que pueden y están dispuestos a pagar por ella.

Una nota financiera que debió ser de mínimo interés causó revuelo y levantó ámpulas: el agua se unió a otros commodities, como el oro y el petróleo, y podría ser intercambiada por medio de contratos a futuro en ciertos mercados estadounidenses (con las operaciones teniendo lugar en ciertos condados de California).

Un bien esencial para la vida repentinamente quedó visualizado como un bien material, sujeto a la demanda y oferta en un mercado, y por supuesto con potencial de ganancia para algunos (y también de pérdida para otros).

Horror a la propiedad de un bien común

La reacción es entendible, y no limitada a aquellos entusiastas del socialismo u otras formas anticapitalistas. No suena bien, no parece correcto, que una persona, familia, empresa o (peor todavía) una multinacional pueda ser propietaria de un bien esencial para la vida y que en apariencia se encuentra disponible y al alcance de todos.

Propiedad directa o derecho de uso pueden horrorizar por lo que implican, pero son fundamentales para que ese recurso quede al alcance de muchos, incluso la gran mayoría de los potenciales usuarios, y de una explotación (por desagradable que sea esa palabra a los oídos de algunos) racional y cuidadosa. Porque de lo contrario se cumple un dicho popular: lo que es de todos no es de nadie.

Esto tiene un nombre cuando se estudia teoría económica: “la tragedia de los bienes comunes”. Un bosque, tierras de pastoreo, un lago o un riachuelo, que pertenecen a un pueblo, ciudad, conjunto de familias, representan un bien común, pero la clave es que también es escaso.

El uso por parte de uno reduce el uso por parte del resto (como no es el caso del aire), y entonces viene la “tragedia”: el incentivo es usar lo más que se pueda del recurso en beneficio propio, así y ello (como se sabe perfectamente) dañe a los demás. El bosque bien puede acabar sin árboles, las tierras de pastoreo en un erial… y el lago sin agua o contaminado.

La alternativa de propiedad, precio y mercado

La alternativa es una propiedad clara y con todos los derechos. Los derechos de propiedad no solo eliminan la “tragedia de los comunes”, sino que permiten otras acciones esenciales para que esa agua llegue a todos los que la necesitan, y que pueden y están dispuestos a pagar por ella.

Porque muchas veces no es tan sencillo obtenerla, sino que hay que encontrarla y extraerla, y a continuación purificarla y transportarla, en muchas ocasiones a distancias considerables. Quizá pueda argumentarse que Dios da el agua, pero no la entuba y la entrega purificada bajo demanda en casa con el simple acto de abrir una llave. Tampoco, necesariamente, para riego o en un proceso industrial.

En ese sentido, un contrato a futuro (o en el momento, que es el mercado spot) es una aplicación de lo que permiten los derechos de propiedad o de uso. No solo eso: el mercado que se establece empata la oferta y la demanda, en este caso de agua, y por ende se llega a un precio, que indudablemente fluctuará reflejando esa disponibilidad, necesidad y expectativas sobre las mismas.

Adquirirá esa agua quien mejor uso pueda darle, incluyendo gobiernos que quieran proveerla (cobrando el precio íntegro o subsidiando) a cierta población. Un futuro simplemente da certeza de cantidad y precio en cierta fecha.

El buenismo mexicano

En 2012 se agregó el siguiente texto a la Constitución mexicana, como parte del Artículo 4º:

"Toda persona tiene derecho al acceso, disposición y saneamiento de agua para consumo personal y doméstico en forma suficiente, salubre, aceptable y asequible. El Estado garantizará este derecho y la ley definirá las bases, apoyos y modalidades para el acceso y uso equitativo y sustentable de los recursos hídricos, estableciendo la participación de la Federación, las entidades federativas y los municipios, así como la participación de la ciudadanía para la consecución de dichos fines".

El conjunto de buenas intenciones puede ser encomiable, el problema es el habitual existente con tanta legislación: las aspiraciones o necesidades presentadas como un derecho, que en la realidad no es exigible por la población que así lo requiera.

Puede argumentarse que el texto constitucional ciertamente muestra lo deseable, aunque quizá no lo posible, y ciertamente sin considerar lo que puede hacerse a partir de lo disponible. Lo que indudablemente refleja es esa sensación que despierta el agua entre tantos, y que lleva a furias injustificadas por un simple contrato.

ACERCA DEL AUTOR
Sergio Negrete
Doctor en Economía por la Universidad de Essex, Reino Unido. Licenciado en Economía por el ITAM. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM. Profesor-Investigador en el ITESO. Fue funcionario en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y en el Gobierno de México.
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