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Economía, política, historia.

Jeff Bezos o la furia ante la riqueza

26-07-2021 08:15

Bastó un viaje al borde del espacio por uno de los hombres más ricos del planeta, para desatar, como tantas veces, los ataques y cuestionamientos.

Jeff Bezos viajó al espacio el martes 20 de julio, de la mano de su compañía Blue Origin.
Jeff Bezos viajó al espacio el martes 20 de julio, de la mano de su compañía Blue Origin.

Los justicieros de la riqueza siempre tienen a los extremadamente adinerados en la mira. Son el símbolo del exceso, de aquello que desean corregir, del dinero que desean repartir.

Lo actual es reducir la desigualdad, tema dominante desde que Tomás Piketty publicó El Capital en el siglo XXI (2013). El economista francés ya pasó de moda por sus extremas propuestas redistributivas, pero sus ideas encontraron terreno fértil en los años siguientes a la Crisis Financiera Global, en parte producto de una desregulación que llevó a locuras financieras que ciertamente acabaron por pagar muchos, y no necesariamente los perpetradores.

 

Adam Smith se equivocó

La pandemia ha sido otro momento propicio para los redistribuidores, en que el empobrecimiento ha sido global y disparejo. Muchos privilegiados conservaron su empleo, algunos negocios de hecho florecieron, pero para cientos de millones el Covid trajo desempleo, gastos, empobrecimiento y por supuesto muerte. Una pandemia que evidenció el abismo entre ricos y pobres, como fue en la adquisición (acaparamiento, dirían muchos) de las vacunas. Uno de esos momentos en que despotricar contra la riqueza, en todo caso lo que se percibe como riqueza excesiva, recibe más aplausos de los habituales.

En su “Teoría de los sentimientos morales” (1759), Adam Smith manifestó su preocupación de que las personas tuvieran la “disposición de admirar a los ricos y grandes, y de despreciar o hacer a un lado a personas de condición pobre o media” llevando a “la corrupción de nuestros sentimientos morales”. Es probable que el también autor de “La riqueza de las naciones” (1776) se quedaría anonadado de la exaltación de la pobreza y condena de la riqueza por tantas personas en la tercera década del siglo XXI. No es que la admiración por la riqueza no exista, pero no es, ni mucho menos, algo generalizado.

Bastó un viaje al borde del espacio por uno de los hombres más ricos del planeta, para desatar, como tantas veces, los ataques y cuestionamientos. El brevísimo viaje (11 minutos) de Jeff Bezos desencadenó esa condena tan habitual. Porque ese dinero podía ser mejor usado en… tantas otras cosas (la lista es infinita). Si bien eso es absolutamente cierto, también muestra el rechazo a que una persona pueda utilizar el dinero que es suyo como mejor le parezca.

Si Bezos hubiese dejado su dinero en el banco, o paseara por el oceáno en un yate espectacular (pero muy lejos de los reflectores), la historia hubiera sido otra. Pero se trata de explotar el momento mediático y apelar a los sentimientos sin realmente ofrecer nada más que una expresión justiciera que a nada lleva.

 

El afán justiciero

Hay mucho de subjetivo y atractivo en ese llamado a la “justicia”: esa ambición de tantos por lo “justo”. Es la fuente, el origen, de propuestas para limitar la acumulación de riqueza, quitar a unos para entregar a otros. El llamado a lo “justo” es una de las armas preferidas de los “luchadores sociales”, el argumento estrella para atacar a “los ricos” y, muchos de ellos, alegar que éstos lo son por explotar a “los pobres”. Por ello, el problema no es solo la subjetiva noción de la justicia, sino los autonombrados justicieros que actúan en su nombre.

Lo grave es que ello implica aplastar a los mejores, limitar a los emprendedores y castigar el éxito. Eso no importa a los justicieros, quienes al parecer consideran que es un costo que vale la pena, sobre todo porque ellos no lo van a pagar. Impuestos excesivos, restricciones a ganancias, controles de precios o expropiaciones están entre los numerosos instrumentos que se utilizan para, en nombre de la “justicia”, limitar la libertad económica.

 

La imposibilidad en la realidad

Un discurso cómodo, atractivo (para muchos), pero finalmente inútil. El primer problema de enfocarse en la desigualdad es el que ya descubrió Piketty con sus ideas radicales: no es fácil lograrlo, y las propuestas para hacerlo con rapidez (suponiendo sean exitosas) son inaceptables o llanamente impracticables.

No hay un solo país en el mundo que pueda presumir que redujo con rapidez la desigualdad entre sus habitantes, fuera de regímenes que llegaron al poder vía una lucha armada, y que procedieron a expropiar empresas y fortunas. Por supuesto, hacer algo semejante no es algo atractivo en los tiempos actuales. Un punto central e ineludible es que no se puede reducir la desigualdad con rapidez sin que ello implique empobrecer a los más ricos, independientemente de lo que ocurra con los más pobres. A diferencia de tantos objetivos que pueden tenerse en política económica (elevar la tasa de crecimiento, mantener una inflación baja y estable), no existe una serie de recomendaciones coherentes y con resultados probados que lleve a una menor desigualdad de ingreso o riqueza.

Sí, se tienen países ricos con una desigualdad relativamente pequeña (por supuesto, los escandinavos brillan como ejemplos), pero sirven como apoyo para sustentar las posiciones más diversas, desde que se requiere de un Estado Benefactor importante (que lo tienen) hasta una elevada libertad económica (que también tienen). Y, por supuesto, esa desigualdad que tantos envidian no la lograron en pocos años.

Lo indudable es que no es algo positivo para la economía de un país que se destruyan incentivos para la creación de riqueza. En una paradoja, ello perjudica incluso a los pobres. El tratar de repartir el pastel puede llevar a que se reduzca el tamaño del mismo. No se puede combatir la pobreza en tanto se busca redistribuir la riqueza. La mejor forma de reducir la primera es permitir la creación de la segunda. Porque la pobreza se ha erradicado a través del crecimiento económico, no con dádivas gubernamentales. Estas últimas pueden ayudar, pero lo primero es la llave segura a la prosperidad y un mayor bienestar.

Pero al fin y al cabo lo fácil es lanzar perorata justiciera contra el blanco del momento. Fue el turno de Jeff Bezos, y no hizo nada más que mostrar la furia de muchos justicieros ante la riqueza.

ACERCA DEL AUTOR
Sergio Negrete
Doctor en Economía por la Universidad de Essex, Reino Unido. Licenciado en Economía por el ITAM. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM. Profesor-Investigador en el ITESO. Fue funcionario en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y en el Gobierno de México.
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