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Economía, política, historia.

Es abatir la pobreza, no reducir la desigualdad

21-05-2020 10:19

Hay un imperativo mayor que debe llevar a aparcar, o descartar, los afanes igualitarios: buscar abatir la pobreza. Y eso sí se ha logrado en las últimas décadas.

El economista francés Tomás Piketty propuso reducir la desigualdad en su libro El Capital en el siglo XXI (Imagen: Asociación Cultural Jaime Lago)
El economista francés Tomás Piketty propuso reducir la desigualdad en su libro El Capital en el siglo XXI (Imagen: Asociación Cultural Jaime Lago)

De nuevo está de moda el proponer reducir la desigualdad entre ricos y pobres. El tema ha ido y venido desde que Tomás Piketty publicó su libro El Capital en el siglo XXI. El economista francés ha pasado mucho de moda porque sus propuestas de política redistributiva, en textos posteriores, resultaron demasiado extremas para ser vislumbrarse como realistas o siquiera populares, pero finalmente encumbró al tema en relevancia.

 

La inutilidad práctica

El primer problema, o la primera falsedad, de enfocarse en la desigualdad es el que descubrió Piketty: no es fácil lograrlo, y las propuestas para hacerlo con rapidez (suponiendo sean exitosas) son inaceptables o impracticables. No hay un solo país en el mundo que pueda presumir que redujo con rapidez la desigualdad entre sus habitantes, fuera quizá de regímenes que llegaron al poder vía una revolución socialista, y que procedieron a expropiar empresas y riquezas. Por supuesto, no suena como algo muy recomendable en los tiempos actuales.

Por ello el debate es eminentemente teórico, y generalmente cargado de ideología. Pero un punto central e ineludible es que no se puede reducir desigualdad con rapidez sin que ello implique empobrecer a los más ricos, independientemente de lo que ocurra con los más pobres.

A diferencia de tantos objetivos que pueden tenerse en política económica (elevar la tasa de crecimiento, mantener una inflación baja y estable, contar con finanzas públicas sanas), no existe una serie de recomendaciones coherentes y con resultados probados que lleve a una menor desigualdad.

Sí, se tienen países ricos con una desigualdad relativamente pequeña (por supuesto, los escandinavos brillan como ejemplos), pero sirven como apoyo para sustentar las posiciones más diversas, desde que se requiere de un Estado Benefactor grande (que lo tienen) hasta una elevada libertad económica (que también la tienen). Y, por supuesto, esa desigualdad que tantos envidian no la lograron en pocos años.

 

La demonización (y destrucción) de la riqueza

Otro problema es que redistribuir, en un sentido puro, es obviamente quitar a unos para dar a otros. Esta noción es atrayente para todos aquellos con una fuerte inclinación “justiciera”. Lo que es justo, sin embargo, muchas veces es subjetivo y depende de qué lado de la “justicia” se encuentre la persona… y aquella que la ejecuta. En ese sentido, en ocasiones el problema no es tanto la justicia, sino los justicieros que actúan en su nombre.

Evidentemente, aquellos que se consideran como objetivos para aportar en la redistribución generalmente no aprueban que se les quite parte de su riqueza. Difícilmente se encontrarán personas con ciertos recursos que estarían encantadas de que alguien se los quite (de cualquier forma, desde impuestos elevados hasta expropiaciones) buscando repartirlos.

Esto es, lo más probable es que aquellos que generan riqueza buscarán evitar ser contribuyentes en ese ejercicio de redistribuir. No es algo positivo para la economía de un país que se destruyan incentivos para la creación de riqueza. En una paradoja, ello perjudica incluso a los pobres. El tratar de repartir el pastel puede llevar a que se reduzca el tamaño del mismo con el tiempo.

Sin duda, ver a “los ricos” empobrecidos, con su riqueza transferida a “los pobres” puede ser muy satisfactorio para algunos de los espectadores, pero no es nada recomendable para lograr una economía rica y fuerte. Ningún país que haya seguido ese camino es hoy próspero. Ciertamente, se reduce la desigualdad, pero ni siquiera a los habitantes de esas naciones parece haberles gustado el resultado, dado que están igualados en una situación de relativa pobreza.

 

El imperativo de la pobreza

Pero hay otro imperativo mayor que debe llevar a aparcar, o descartar, los afanes igualitarios: buscar abatir la pobreza. Y eso sí se ha logrado en las últimas décadas. No es un país, es prácticamente el planeta entero que ha visto retroceder el hambre, la enfermedad y la ignorancia. Un triunfo extraordinario que muchas veces no se destaca como merece.

Hay menos pobres, pero todavía hay muchos. Los suficientes para que la prioridad que representan permanezca inalterada. Siempre habrá pobres, porque también es algo relativo (algunos pobres de hoy habrían sido clasemedieros hace unas décadas), pero se debe combatir lo que queda de hambre, enfermedad e ignorancia.

No, no se puede combatir la pobreza en tanto se busca redistribuir la riqueza. La mejor forma de reducir la primera es permitir la creación de la segunda. Porque la pobreza se ha erradicado a través del crecimiento económico, no con dádivas gubernamentales. Estas últimas pueden ayudar, pero lo primero es la llave segura a la prosperidad y un mayor bienestar.

 

Igualdad de oportunidades

Sí hay una búsqueda de igualdad que ayuda a combatir la pobreza, pero es muy diferente a la tradicional de redistribuir riqueza: crear, fomentar, la igualdad de oportunidades para todos en materia de educación, salud y justicia (incluyendo seguridad). Que el más pobre, por ejemplo, pueda ir a la mejor escuela, por cara que esta sea. Un piso parejo para que cada quién crezca tan alto como se pueda, no un techo parejo para evitar que algunos sobresalgan con respecto a otros.

¿Es una utopía? Sin duda alguna, pero mucho más realizable, y efectiva, que tratar de quitar a los ricos.

ACERCA DEL AUTOR
Sergio Negrete
Doctor en Economía por la Universidad de Essex, Reino Unido. Licenciado en Economía por el ITAM. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM. Profesor-Investigador en el ITESO. Fue funcionario en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y en el Gobierno de México.
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