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Economía, política, historia.

El quijote de la electricidad

11-10-2021 08:02

Lo que habrá de pagar el gobierno por el capricho presidencial se cifra en decenas de miles de millones de dólares. López Obrador tendrá tiempo para ver su sueño convertido en pesadilla, con el país entero pagando el precio.

El Presidente de México tiene posiciones ideológicas muy distintas dependiendo del tema. Es un acérrimo conservador fiscal y adverso al endeudamiento público, quizá producto de haber vivido las crisis de deuda de 1982-90 y de 1995. En su mitología personal, el rescate de la banca en 1995-97 fue un expolio a la nación, y por ello rechaza los apoyos gubernamentales al sector privado. Esto tuvo consecuencias profundamente negativas en 2020-21, pues llevó a que no hubiera una respuesta de gasto público, expansión fiscal, ante la pandemia. Los recursos que pudieron salvar muchos empleos y a cientos de miles de caer en pobreza nunca llegaron.

Al conservadurismo fiscal se agrega el monetario. López Obrador entiende las graves consecuencias de la inflación, quizá porque como tantos sufrió ese fenómeno por casi un cuarto de siglo a partir de 1973. Quien no ha tenido empacho en criticar y buscar destruir instituciones, destacadamente el Instituto Nacional Electoral o el Instituto Nacional de Acceso a la Información, ha sido respetuoso de la autonomía del Banco de México (aunque algunos ataques en sus mañaneras no han faltado, aparte de no ratificar a quien ha sido un excelente Gobernador del banco central).

Política fiscal (a cargo formal de SHCP, aunque más bien del Presidente) y monetaria, incluyendo la cambiaria (Banxico) han sido, por ello, muy alejadas del estereotipo de líder latinoamericano populista de izquierda. AMLO no ha sido un Néstor Kirchner, menos todavía un Hugo Chávez. Quizá más cercano a un Rafael Correa de Ecuador (restringido por una economía dolarizada) o un Evo Morales de Bolivia.

Quijote de la energía

El estatista económico que es AMLO aflora, en cambio, en el sector energético. Ahí también es hijo de su tiempo, producto de la educación en que la nacionalización del petróleo es presentada como un momento histórico y Lázaro Cárdenas como el patriota que arrebató a empresas extranjeras ese pedazo del alma de México que se habían apropiado. De la misma forma, fruto del Tabasco setentero, cuando el entonces Director del Instituto Nacional Indigenista estatal vio llegar un diluvio de dinero gracias al masivo yacimiento de Cantarell. Quizá el boom petrolero (1978-81) reforzó la noción obradorista de que la riqueza de una economía tiene su raíz en los recursos naturales, y que el petróleo podía ser (entonces y ahora) una palanca del desarrollo nacional.

A ello se agrega una noción quijotesca de la empresa pública y sus trabajadores. Una visión de que las paraestatales son, como propiedad del gobierno, del y para el pueblo. No buscan algo tan despreciable como el lucro financiero, sino servir a la gente. Los trabajadores de esas empresas comparten esa mística: son entregados, eficaces y honestos. Ese rechazo a la ganancia permite maximizar el beneficio social. Las empresas estatales son motivo de orgullo y reflejo de un gobierno que se entrega a las mayorías. Ahí están la Comisión Federal de Electricidad y Petróleos Mexicanos. Las dos, además, creadas por el presidente Cárdenas (en 1937 y 1938, respectivamente).

CFE a la (imaginaria) gloria

La ambición presidencial es regresar a ambas empresas a su (imaginaria) antigua gloria. En su mitología, ambas dañadas y minimizadas por el neoliberalismo que, afanoso de entregar los recursos de la nación a las rapaces manos privadas (nacionales y extranjeras), buscó desmantelarlas paulatinamente.

En el caso de Pemex, fue más sencillo, pues la explotación privada del petróleo apenas inició a mediados de la década pasada. Solo fue cuestión de cancelar nuevas concesiones (rondas petroleras) e invertir de nuevo masivamente en Pemex, al tiempo que se modernizaban refinerías y se construía Dos Bocas. Que la producción de crudo no haya aumentado, y la refinación tampoco haya cumplido con las expectativas, no importa, ni tampoco el costo y brutal carga para las finanzas públicas. Si se trata de petróleo, el conservador fiscal no duda en gastar como marinero borracho.

Con la electricidad era más complicado, pues implicaba regresar al reloj a antes de 1992, cuando se abrieron (un poco) las puertas al sector privado. López Obrador expresó en varias ocasiones que ése era su ideal. Manuel Bartlett tuvo la habilidad de comprender la narrativa de su jefe y fortalecerla: CFE era una gran empresa, eficiente y capaz de ganar mucho dinero, pero desangrada por las empresas privadas, que le habían arrebatado mercado (a la mala, por medio de favoritismos de los gobiernos neoliberales entreguistas) y que recibían incontables subsidios (por ejemplo, en la transmisión de electricidad y la venta de Certificados de Energías Limpias, CELs). CFE era maltratada por su propio dueño (el gobierno), dando prioridad de despacho a generadores privados, como los eólicos.

Montado en la Silla Presidencial como su rocinante, AMLO emprendió la batalla contra esos generadores, tan parecidos a los molinos de viento, entre otros. Manuel Bartlett es el fiel Sancho Panza, solo que alimentando eficazmente las fantasías de su jefe. Con su iniciativa de reforma constitucional, el tabasqueño se equipara con Lázaro Cárdenas y Adolfo López Mateos, quien en 1960 nacionalizó la industria eléctrica.

54% es apenas el comienzo

La propuesta de reforma constitucional pondría a CFE a cargo absoluto de la industria, con el poder arbitrario de asignar qué generador sí y cuál no, crea y le vende fluido eléctrico. ¿Por qué se le asigna como mínimo el 54% de la generación? Porque es, se supone, su capacidad máxima posible en estos momentos, incluyendo lo más viejo, ineficiente o ambientalmente sucio imaginable, como es la generación de energía utilizando combustóleo. No es que se deje a privados el 46% de la generación, sino que por el momento se les necesita en ese nivel. A medida que CFE produzca más, podrá ir descartándolos.

La empresa regresaría a ser un monopolio en toda regla. Porque un generador podría producir electricidad, pero no transmitirla o venderla a nadie sin la aprobación de la paraestatal. El poder monopólico residiría en la compra exclusiva de la energía, no en su generación.

El día siguiente

La quijotesca aventura no puede tener final feliz. Desde el día siguiente de su entrada en vigor, al estilo obradorista, la destrucción tendrá lugar sin una alternativa lista, como ocurrió al acabar con el Seguro Popular y poner en su lugar algo mucho más limitado como fue el INSABI. No hay forma que CFE pueda reconstruir un mercado eliminado de golpe hasta sus cimientos.

Lo que seguirá será igual de problemático y costoso: las demandas nacionales e internacionales, particularmente las últimas. Lo que habrá de pagar el gobierno por el capricho presidencial se cifra en decenas de miles de millones de dólares. Con tres años por delante en Palacio, López Obrador tendrá tiempo para ver su sueño convertido en pesadilla, con el país entero pagando el precio. El impacto total de la improvisación es imposible de calcular, pero hará que la cancelación del aeropuerto de Texcoco parezca un juego de niños. Los tribunales despertarán al Quijote de la Electricidad de su locura.

ACERCA DEL AUTOR
Sergio Negrete
Doctor en Economía por la Universidad de Essex, Reino Unido. Licenciado en Economía por el ITAM. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM. Profesor-Investigador en el ITESO. Fue funcionario en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y en el Gobierno de México.
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