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¿El Gran Encierro o el Gran Zoom?

19-05-2021 10:26
La pandemia forzó el Gran Zoom, y en ese sentido fue pareja, sin respetar edades.
La pandemia forzó el Gran Zoom, y en ese sentido fue pareja, sin respetar edades.

El costo humano es terrorífico y todavía no puede cantarse victoria definitiva sobre el coronavirus, por más que el conjunto de vacunas crecientemente disponible muestre que el regreso a la normalidad es factible tras 14 meses de pandemia global. El trecho a recorrer es largo todavía, pero ya hay luz en algunas partes del mundo, y se asoma en muchas otras.

La transformación será impresionante, y en muchos aspectos apenas empieza. Porque el Covid-19 rompió la inercia que se resistía a las posibilidades tecnológicas ya existentes. No se trataba de desarrollar algo dramáticamente nuevo (como las vacunas) sino de utilizar lo ya disponible.

Un nombre negativo, y correcto, sería denominar a este tiempo como El Gran Encierro, pero uno menos duro, pero también cierto sería El Gran Acercamiento, o Gran Zoom. La forzada lejanía física tuvo un puente tecnológico ya listo para usarse. Imposible calcular las centenas de millones de personas que fueron arrojadas a esa alberca sin saber nadar, y que aprendieron los rudimentos de Zoom (o Webex, Teams, o varios otros) en pocas horas o días.

 

Creación-destrucción schumpeteriana

Fue el economista austriaco Joseph Schumpeter (1883-1950) quien desarrolló el concepto económico de “creación-destrucción”, la noción de que una economía capitalista es un constante cambio, en que formas de producción y consumo son creadas, y a su vez destruyen (la noción la desarrolló Schumpeter, curiosamente, a partir de ideas de Carlos Marx). Un crudo ejemplo sería que el telex fue destruido por la creación del fax, a su vez destruido por el correo electrónico, ahora parcialmente desplazado por WhatsApp, todo en poco más de tres décadas.

Zoom (y similares) han destruido en buena parte, y para siempre, el viaje de negocios. Sí, el conocimiento personal, íntimo, no puede ser reemplazado por una pantalla, pero muchas empresas ya no mandarán a un alto ejecutivo al otro lado del planeta para ciertas negociaciones o simplemente para un apretón de manos y firmar un convenio.

Cumbres de políticos y congresos académicos, entre otros, son igualmente inútiles, y quedaron evidenciadas como tales. Ya lo eran, pero seguían la inercia. Es fama que Henry Kissinger popularizó los encuentros en salas de aeropuerto para no perder tiempo tras la reunión correspondiente y seguir su viaje. Un Kissinger actual rehusaría subirse a un avión cuando basta conectarse a distancia, incluso desde la sala de su casa.

La creación está, por el momento, en el mejor uso del tiempo y dramática reducción de costos. El turismo real no sufrirá en el mundo posterior a la pandemia, pero definitivamente sí el de negocios (tan lucrativo para aerolíneas y hoteles) y el académico, entre varios otros. Algunos que hasta marzo 2020 daban por seguros a esa clase de viajeros enfrentarán una realidad muy diferente en el futuro tras la brutal sequía que está apenas concluyendo.

 

Una mayor competencia

En muchos sentidos la revolución apenas comienza, sobre todo en ámbitos como el educativo, particularmente en los niveles superiores. El campus universitario no va a desaparecer, pero la clase presencial ya tiene una competencia con las clases virtuales, telemáticas o en línea. Las universidades de mayor prestigio probablemente lanzarán más pronto que tarde programas que puedan cursarse en aulas o desde otro continente.

La barrera para muchos cursos no será la distancia, sino el idioma. Las instituciones de baja calidad, pero que ofrecían la ventaja de una cercanía física, muy pronto enfrentarán la competencia de universidades e institutos que ofertarán sus cursos, y profesores, a nivel nacional o incluso internacional. No todo es sustituible a la distancia, pero muchas materias y cursos sí lo serán.

No se trata necesariamente de clases en otro territorio y huso horario, el atractivo es enorme incluso en las grandes urbes con graves problemas de tráfico, como destacadamente es la Ciudad de México. Es evitar subirse al coche por una o dos horas para acudir a la universidad, al menos para todas las clases. Es de suponerse que clases de 1-2 horas que inician a las siete de la mañana o a las ocho de la noche serán particularmente atractivas para llevarse desde casa.

No solo serán las reuniones de negocios, serán las consultas médicas, el desarrollo de propuestas arquitectónicas… cualquier cuestión para la que sea suficiente hablar ante una cámara. Las salas de urgencias, como las salas de juntas, no estarán tan pobladas como antes de la pandemia.

 

El aplanamiento generacional

La pandemia forzó el Gran Zoom, y en ese sentido fue pareja, sin respetar edades. Forzó igual a los niños que a sus abuelos a aprender a conectarse. La reticencia tecnológica que caracteriza a los viejos (por difícil que sea definir un intervalo de edad para ello) tuvo que superarse para poder ver a los seres queridos, realizar toda clase de contactos… y resultó que no era tan complicado para muchos. En ese sentido, todos, incluyendo a los llamados boomers, se hicieron zoomers.

Millones perdieron el miedo a la tecnología por miedo a un virus. Una de los muchos elementos que ayudarán a que el Gran Encierro, o el Gran Zoom, tenga secuelas hoy inimaginables pero que impactarán en el futuro.

ACERCA DEL AUTOR
Sergio Negrete
Doctor en Economía por la Universidad de Essex, Reino Unido. Licenciado en Economía por el ITAM. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM. Profesor-Investigador en el ITESO. Fue funcionario en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y en el Gobierno de México.
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