Davos 2026 ante el nuevo (des)orden global
La 56.ª Reunión Anual del Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, se celebra en un contexto geopolítico convulso. “A Spirit of Dialogue”, su lema oficial, parece bastante apropiado para un mundo donde la fragmentación va en aumento y las normas que antes regían el orden internacional pierden fuerza.
Con más de 60 jefes de Estado y casi tres mil participantes de cerca de 130 países, el evento ha dado voz a varias intervenciones que coinciden en advertir la erosión del orden internacional fundado tras la Guerra Fría. El discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, el día de ayer, fue especialmente contundente, al calificar la situación geopolítica actual como de “ruptura, no transición”, cuando las reglas compartidas ya no garantizan contención ni respeto por parte de las grandes potencias.
Durante décadas, el orden internacional funcionó mediante convenciones tácitamente aceptadas que encubrían relaciones asimétricas de poder: el libre comercio operaba con reciprocidades desiguales, y el derecho internacional se invocaba o, ignoraba, según conveniencia hegemónica. Estas ficciones jurídico-normativas resultaban funcionales precisamente porque todos los actores reconocían la primacía estadounidense subyacente. Lo que presenciamos ahora es el colapso de ese velo institucional: la potencia dominante ya no considera necesario mantener la apariencia de que normas universales, mecanismos multilaterales o principios abstractos condicionen su actuación. El sistema ha revertido a su fundamento material desnudo: las capacidades de poder determinan directamente los resultados, sin mediación de los marcos normativos que, anteriormente, servían para legitimar y estabilizar esa misma estructura de dominación. La hegemonía ya no se ejerce mediante el consentimiento institucionalizado, sino que se afirma sin ambigüedades como imposición unilateral.
Canadá, como muchos otros países del mundo, observa con incertidumbre la actuación de Estados Unidos como potencia hegemónica que amenaza, vulnera, decide e impone valores por su cuenta. Tienen el tamaño del mercado, la capacidad militar y la influencia para imponer condiciones. Las potencias intermedias, no, expuso Carney en su discurso, mientras proponía un “realismo con valores” cooperativo para las potencias medianas: en vez de acomodarse a la ley del más fuerte, los países no hegemónicos deben unir fuerzas y afirmar sus valores conjuntamente.
Invocar este “realismo con valores” no es nuevo y nos recuerda al Movimiento de los No Alineados, como espacio político y diplomático integrado principalmente por países del llamado Sur Global y, que buscaba defender la soberanía nacional, promover la cooperación entre Estados en desarrollo y resistir la dominación o subordinación a grandes potencias.
En este escenario de realineamientos, Donald Trump reivindica abiertamente una política de poder sin complejos. Su discurso evidencia una aplicación descarnada de realpolitik, subordinando consideraciones diplomáticas o legales a los imperativos geoestratégicos estadounidenses. El caso de Groenlandia ilustra esta lógica: Trump articula abiertamente el cálculo de poder subyacente a las relaciones internacionales. Su declaración sobre el uso de la fuerza opera como clásica disuasión coercitiva: advierte la asimetría de poder absoluta (la capacidad militar estadounidense para tomar Groenlandia sin oposición efectiva), precisamente para hacer innecesario su despliegue.
Esta es la esencia de la realpolitik moderna: exhibir la capacidad para alterar unilateralmente el status quo mediante la fuerza, convirtiendo así esa amenaza latente en palanca de negociación. Al declarar su preferencia por medios no militares después de establecer su supremacía bélica incontestable, Trump aplica el principio realista de que los Estados actúan según sus capacidades materiales, no según normas abstractas de soberanía o derecho internacional. Groenlandia no es considerada como cuestión de derecho o autodeterminación, sino como activo estratégico que Estados Unidos, en tanto potencia preponderante, considera dentro de su esfera legítima de interés y control potencial.
Trump encarna en Davos la vuelta de la realpolitik unilateral: la ley del más fuerte sobre la mesa global, y la inteligencia artificial (IA) no escapa a las reglas de este nuevo tablero del poder como eje estratégico de las relaciones internacionales actuales, que redefine el concepto mismo del poder global.
La IA ya no se concibe solo como una herramienta productiva, sino como un campo estratégico de competencia entre Estados. De hecho, en una sesión del foro, titulada “AI Power Play, No Referees” se subraya que la IA se ha convertido en “la competencia definitoria de nuestra era – una carrera sin reglas ni árbitros”, reordenando la competencia global y planteando retos de gobernanza sin precedentes. Los líderes reunidos en Davos reconocen que dominar la IA y sus insumos (datos, algoritmos, semiconductores, talento digital), puede traducirse en nuevas formas de poder equivalentes a la superioridad militar o económica del siglo XX.
Hoy existe una carrera tecnológica de alcance geopolítico: Estados Unidos, China y la Unión Europea, en menor medida, persiguen la soberanía tecnológica, es decir, no depender de otros en materia de plataformas digitales, computación en la nube o sistemas de IA avanzados. Un artículo del Fondo Económico Mundial, en vísperas del foro, lo describió claramente: “una nueva ‘carrera armamentística’ geoeconómica por asegurar el dominio en datos, capacidad de cómputo e innovación ya está en marcha, dado que la soberanía tecnológica puede traducirse en valor económico y social duradero”. En otras palabras, quien controle los datos masivos, la infraestructura de computación y los algoritmos más potentes tendrá ventajas inmensas en términos económicos, y en influencia política y militar (por ejemplo, a través de la superioridad en inteligencia, ciberguerra o manipulación informativa vía redes).
Este nuevo tablero plantea desafíos inéditos de gobernanza algorítmica. ¿Quién establece las reglas éticas y de seguridad para la IA? ¿Cómo evitar que la falta de regulación genere brechas de poder aún mayores o riesgos globales (por ejemplo, algoritmos descontrolados o monopolios digitales)? En Davos se habla de la necesidad de marcos globales para la IA, pero lograrlos no será fácil en un entorno de desconfianza.
Lo que es incuestionable es que la IA está redistribuyendo el poder global. Tener los mejores algoritmos o el control sobre grandes flujos de datos confiere una forma de poder blando y duro a la vez: blando, porque influye en culturas y opiniones; duro, porque puede traducirse en ventajas militares (IA en armamento, ciberseguridad) o económicas (acceso privilegiado a mercados vía plataformas digitales). Incluso, se habla ya de una incipiente “guerra fría tecnológica” entre Estados Unidos y China por la supremacía en semiconductores avanzados y computación cuántica.
El lema “A Spirit of Dialogue” de Davos, intenta llegar a consensos internacionales. Sin duda, la IA está redefiniendo el poder global y urge un diálogo, pero ¿cómo lograr que su potencial beneficie a muchos y no solo afiance la ventaja de unos pocos? Cuando el viejo orden se desvanece y uno nuevo está por construirse, ¿cómo lograr nuevos pactos y coaliciones para afrontar los retos de un nuevo orden internacional?