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Economía, política, historia.

El ancla perdida y reencontrada contra la inflación

24-03-2021 08:41

Esta es una historia de dinero, inflación y anclas, así como de décadas de aprendizaje macroeconómico.

¿Cuándo inició la inflación?
¿Cuándo inició la inflación?

Esta es una historia de dinero, inflación y anclas, así como de décadas de aprendizaje macroeconómico que resultará muy útil en los tiempos actuales. Un ancla originalmente de oro, posteriormente mezclada con dólares y hecha en el noreste de los Estados Unidos (en Bretton Woods, New Hampshire, en plena Segunda Guerra Mundial) y perdida en parte por las investigaciones de un economista neozelandés aposentado en Londres, que dio un mapa equivocado sobre su paradero. Paradójicamente, se volvió a encontrar, tras un par de intentos fallidos, en Nueva Zelanda a fines de la década de 1980.

El temor de que la fuerte expansión fiscal en los Estados Unidos traerá un igualmente elevado aumento de la inflación es exagerado o incluso infundado, gracias a esas lecciones acumuladas por más de cinco décadas. Y en mucho ayudará esa ancla, que ya acumula más de 30 años de éxito.

 

Un fenómeno del siglo XX: la inflación

Contrario a lo que muchas personas puedan creer, la inflación no es un fenómeno prevaleciente en la historia de la humanidad. No existía en Mesopotamia o Egipto, tampoco en la Edad Media. Lo habitual eran subidas y bajadas de precios, ocasionados por elementos como malas o buenas cosechas. En plena explosión industrial, en el siglo XIX, lo habitual es que no hubiera dinero suficiente ante tal crecimiento, puesto que no había oro o plata suficiente. El resultado es que lo más común era la deflación, no la inflación.

¿Cuándo inició la inflación? Siguiendo la evolución mensual de los precios en Estados Unidos (disponibles desde 1913), el ciclo de subidas-bajadas concluyó en 1940. A partir de entonces inicia, con muy limitadas excepciones, un aumento sostenido y generalizado de los precios, como de hecho se define a la inflación. Esto es, hay personas actualmente vivas que vivieron antes de la era inflacionaria de la humanidad, que ronda los 80 años.

El problema fue cuando se desbocó la inflación, pasando de niveles de 1-3% anual (similares a los actuales), a incluso dos dígitos. Y esto en tiempos de paz y prosperidad económica (las inflaciones anteriores habían sido en guerras, como la Primera Guerra Mundial o la Revolución Mexicana).

 

La Curva de Phillips apoya una mayor inflación

En 1958, en un artículo académico, el economista neozelandés Alban William Phillips (comúnmente conocido como A.W. Phillips) argumentó, basado en evidencia histórica de Gran Bretaña entre 1861 y 1957, que se observaba una relación inversa entre el nivel de los salarios y el nivel del desempleo. Observó que cuando el desempleo era bajo, los salarios crecían con rapidez, y viceversa.

El fundamento del análisis eran datos duros y la conclusión igualmente sólida: permitir un mayor aumento en la inflación (como variable similar a los aumentos salariales) de unos puntos porcentuales podía traer una caída significativa en el desempleo.

(Fuente: Econlib)

 

Para banqueros centrales (como la Reserva Federal de Estados Unidos), y políticos de muchos países, que buscaban lograr el “pleno empleo”, parecía un sueño hecho realidad. Y se dejó despegar la inflación desde 1965 en adelante. Inició un periodo de 18 años que hoy es conocido como la “Gran Inflación”.

Dos economistas, Edmund Phelps (en 1967) y Milton Friedman (1968) cuestionaron la noción tras la Curva de Phillips. Establecieron que, ciertamente, esa relación inversa existía –pero sólo por un plazo corto de tiempo. Cuando las personas (incluyendo empresarios) se “adaptaban” (acostumbraban) a la nueva inflación, entonces ya sabían que la subida de precios era general, no de sus productos. Por ello, ya no ampliaban su producción ni contrataban más trabajadores. Al cabo del tiempo, se acababa con el mismo nivel de desempleo original, pero mayor inflación.

 

Puerta inflacionaria: ¿jalar o empujar?

Fue demasiado tarde. Los banqueros centrales de la época se mostraron reticentes a aplicar la dura medicina monetaria (mayores tasas de interés) para regresar al genio inflacionario a la botella. Además, muchos creían que la inflación era causada por problemas de oferta que se manifestaban en aumentos en los “costos”, como mayores demandas salariales, que empujaban a los precios (cost-push inflation), no consecuencia de un impulso o jalón a la demanda por la mayor cantidad de dinero en la economía (demand-pull inflation).

De acuerdo a las minutas de la Reserva Federal, el Presidente (Chairman) de la misma, Arthur Burns, manifestaba a fines de 1970 (con la inflación en niveles de 5-6%) que:

… los prospectos eran poco prometedores para reducir la inflación de costos causada por las demandas (salariales) de los sindicatos. Sin embargo, la Reserva Federal no podía hacer nada acerca de esas presiones excepto imponer restricción monetaria, y no creía que el país estaría dispuesto a aceptar por un periodo largo de tiempo una tasa de desempleo de alrededor del 6%. Por ello, creía que la Reserva Federal no debería de tener la responsabilidad de tratar de lograr por sí misma, bajo sus poderes existentes, una reducción de la inflación a niveles de, digamos, 2%… no creía que debería esperarse que la Reserva Federal debería enfrentar la inflación por sí sola. La única respuesta efectiva, en su opinión, estaba en alguna forma de controles de precios y de salarios.

Efectivamente, el Chairman de la Reserva Federal (y economista extraordinariamente respetado) diciendo que la inflación era causada por costos, incluyendo aumentos salariales, y que una solución parcial eran controles de precios y salarios.

No solo no se redujo la inflación, sino que en agosto de 1971 el presidente Nixon cesó la convertibilidad entre el dólar y el oro (lo que permitía a otros países convertir sus dólares por el metal amarillo a 35 dólares por onza), rompiendo otra liga que ayudaba a frenar (relativamente) los precios. Pero lo que realmente impulsó con fuerza la inflación fue el boicot petrolero de países árabes a naciones de Occidente (por su apoyo a Israel) a fines de 1973.

No es que los gobiernos no quisieran reducir la inflación, es que no tenían un diagnóstico claro sobre el origen de la misma, y por otra parte temían que subir las tasas de interés en niveles muy elevados causase recesión y desempleo inaceptables en democracias (esto es, para los votantes en la siguiente elección). Y en parte por ello el problema habría de durar tantos años.

 

Inflación anual en Estados Unidos, 1960-2000

(acumulado en los 12 meses anteriores, “Gran Inflación” sombreada en rojo)

Fuente: Elaborada con datos de US Inflation Calculator.

 

El monetarismo funciona… a medias

En octubre de 1979 el presidente Jimmy Carter designa a Paul Volcker a cargo de la Reserva Federal. Casi de inmediato este emprendió un determinado ajuste siguiendo la escuela monetarista, esto es, aumentando dramáticamente, y por largo tiempo, las tasas de interés. Fue un largo tiempo porque así se requirió para reducir las expectativas inflacionarias, pero además por la agresiva política fiscal expansionista de la administración Reagan a partir de 1981. Esto es, una fuerte reducción de impuestos que aumentó el déficit fiscal.

Por un tiempo pareció que el monitorear cuidadosamente y controlar el crecimiento de cierto agregado monetario (M) era la forma de reducir y mantener la inflación bajo control. Esto siguiendo la ecuación base del monetarismo:

 

M X V = P x Y, en que:

M = Cantidad de dinero en la economía.

V = Velocidad del dinero (veces en que un mismo billete cambia en promedio de manos durante un año).

P = Nivel general de los precios.

Y = Producción de la economía (el PIB).

 

Siguiendo esta ecuación, asumiendo V e Y como constantes, todo cambio en la cantidad de dinero trae un cambio en la misma magnitud y dirección de los precios.

Pero no resultó como se esperaba. No solo la producción no era constante (obviamente), sino que la velocidad del dinero (contra lo que se creía) tampoco lo era. El monetarismo, en un sentido estricto, no funcionó (aunque sin disminuir la relevancia del crecimiento de la oferta monetaria sobre el movimiento en el nivel general de precios).

 

Buscando el ancla perdida

Pero lo que necesitaban banqueros centrales y otros practicantes de la política económica era lo que se denominaba el “ancla nominal”, ese “algo” que ayudara a “anclar” el crecimiento de los precios nominales, así como las expectativas de crecimiento de los mismos, y por ende la inflación.

A los agregados monetarios siguió, como candidato a ser esa “ancla”, el tipo de cambio. Era lógico que así fuese, pues ya lo había sido, en la era conocida como Bretton Woods (1945-1971) de tipos de cambio fijos. Sin embargo, un tipo de cambio fijo o semifijo resultó incompatible con la libertad en el movimiento de capitales (que había iniciado en la década de 1960), y repetidamente los intentos por sostenerlos también fracasaron durante las décadas de 1980 y 1990, incluyendo un régimen cambiario híbrido popular en esos años conocido como “banda cambiaria” (la de México se desplomó en diciembre de 1994). Se constató que se requería un “ancla” que fuese compatible con un tipo de cambio flotante.

Una nueva “ancla” ya se había encontrado a fines de la década de 1980, aunque por ser algo novedoso tardó algunos años en cobrar popularidad, que alcanzaría definitivamente en los inicios del siglo XXI. Resultó lo más obvio: para anclar la inflación, había que concentrar el seguimiento de las acciones de política monetaria no en cierto agregado monetario “M”, tampoco en el tipo de cambio, sino tener en la mira, como objetivo, a la propia inflación. De ahí el nombre de inflation targeting (objetivos de inflación).

Esto es, un banco central autónomo (para que no haya “estorbos” políticos) dando seguimiento cuidadoso a los precios, y moviendo las tasas de interés como sea necesario, para reducir y mantener la inflación en niveles bajos. Resultó un éxito, desde Nueva Zelanda en 1989 hasta la fecha.

 

Objetivos de Inflación por países y año de adopción

País

Adopción

Objetivo*

 

 

 

Nueva Zelanda

1990

1.0– 3.0

Canadá

1991

2.0 (1.0 – 3.0)

Reino Unido

1992

2.0

Australia

1993

2.0 – 3.0

Finlandia

1993

2.0**

Suecia

1993

2.0

España

1994

< 3.0**

Rep. Checa

1997

3.0 (+/- 1.0)

Israel

1997

2.0 (1.0 – 3.0)

Polonia

1998

2.5 (+/- 1.0)

Brasil

1999

4.5 (+/- 2.0)

Chile

1999

3.0 (+/- 1.0)

Colombia

1999

2.0 – 4.0

Sudáfrica

2000

3.0 – 6.0

Tailandia

2000

0.5 – 3.0

Hungría

2001

3.0 (+/- 1.0)

México

2001

3.0 (+/- 1.0)

Islandia

2001

2.5 (+/- 1.5)

Corea del Sur

2001

3.0 (+/- 1.0)

Noruega

2001

2.5 (+/- 1.0)

Perú

2002

2.0 (+/- 1.0)

Filipinas

2002

4.0 (+/- 1.0)

Guatemala

2005

5.0 (+/- 1.0)

Indonesia

2005

5.0 (+/- 1.0)

Rumania

2005

3.0 (+/- 1.0)

Serbia

2009

4.0 – 8.0

Turquía

2006

5.5 (+/- 2.0)

Armenia

2006

4.5 (+/- 1.5)

Ghana

2002

8.5 (+/- 2.0)

Uruguay

2007

3.0 – 7.0

Albania

2009

3.0 (+/- 1.0)

Georgia

2009

3.0

Paraguay

2011

4.5

Uganda

2011

5.0

Rep. Dominicana

2012

3.0 – 5.0

Japón

2013

2.0

Moldavia

2013

3.5 – 6.5

India

2015

2.0 – 6.0

Kazakstán

2015

4.0

Rusia

2015

4.0

 

 

 

Banco Central Europeo (euro)

1998

< 2.0

Estados Unidos***

2012

2.0

* Objetivo al adoptarse el esquema. Un paréntesis indica un margen oficial de fluctuación permitido.

** Meta abandonada al adoptar el euro como moneda nacional.

*** No es propiamente un objetivo de inflación pues por ley hay otras metas (empleo y tasas de interés).

Fuente: FMI.

 

Es esa estrategia la que permitirá anclar de nuevo la inflación en caso de que haya un repunte en los próximos meses. No se trata de buscar un ancla, sino de lanzarla con fuerza para de nuevo frenar un aumento excesivo de los precios.

 

ACERCA DEL AUTOR
Sergio Negrete
Doctor en Economía por la Universidad de Essex, Reino Unido. Licenciado en Economía por el ITAM. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM. Profesor-Investigador en el ITESO. Fue funcionario en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y en el Gobierno de México.
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