Cinetlán
Una ciudad de ideas que se levanta sobre una laguna infinita de películas.

Historia de mis chacos

26-08-2018 21:00

Era un niño de unos 12 años cuando, junto a otros niños, salí del cine Juan Orol a echar karatazos y patadas voladoras al terminar de ver Contacto en China.

Bruce Lee - Operación Dragón (1973)
Bruce Lee - Operación Dragón (1973)

Serie: Cine y vida personal 2/100

Aprovecho que mañana se cumplen 45 años del estreno de Operación Dragón para compartirles mi segundo texto de la serie “Cine y vida personal”. Si ríe un poco se cumplió el objetivo.

Bruce Lee es uno de mis más admirados ídolos cinematográficos. Ya vivía en la colonia Guerrero. Tuve la oportunidad de ver Contacto en China (1972) de Lo Wei en el cine Juan Orol a fines de los años ochenta en una doble función. A la fecha la considero la mejor película de Bruce Lee forever.

Era un niño de unos 12 años y junto a otros niños salimos del Juan Orol a echar karatazos y patadas voladoras. Aquel día no pude dormir de la emoción de la película, se me metió en la cabeza como un balazo en el BarBar. Bruce Lee era tan poderoso, tan soberbio. Al final de la película, se lanza ferozmente con una patada voladora hacía la cámara, mientras suenan las detonaciones de la redada policial. El final queda medio abierto, y aunque la película hace obvia la muerte del héroe, nunca se ve a Bruce Lee caer, queda congelado en el aire, y en realidad uno prefiere suponer que eso termina en una paliza a los policías.   

Pero mi secuencia favorita era por supuesto aquella donde con un par de chacos le da tremenda tunda a una multitud de karatecas, con todo y sus maestros, en un odioso dojo japonés. Aquel par de barras de madera unidas por un lazo o cadena se trasformaban en una poderosa arma blanca capaz de proveer a un ser humano del poder de abatir a una multitud.   

Yo tenía que tener mis chacos. Así que sin decírselo a nadie, en el más absoluto secreto decidí construirme unos. No tenía con quién usarlos, en realidad no tenía ningún enemigo, ni nadie a quién yo quisiera descalabrar. Soy la persona más apacible y menos violenta que se puede encontrar, pero la magia de los chacos… la verdad quería verme frente al espejo, como Bruce Lee manejando los chacos. Aunque yo era un fideo, extremadamente delgado, mis brazos parecían palitos de bandera, y todo el tiempo trataba de ocultarlos con suéteres guangos y chamarras. En fin, nada de eso me detuvo de mi empeño, y lo primero que hice fue tomar el mango de la escoba de casa para cortar dos segmentos del mismo tamaño, cosa que hice con un cuchillo de cocina, y que sin ninguna pericia al respecto me tomó toda la tarde. 

En cuanto tuve mis dos palitos de madera, se hizo evidente que necesitaba ahora unirlos. ¿Pero unirlos con qué? Al día siguiente le dije a mi mamá que me habían pedido un pedacito de cadena en la escuela. ¿Dónde puedo conseguir eso? -En una Tlapalería- me contestó. Jamás había escuchado esa palabra en mi vida. No sabía que era eso. Sonaba a “palería” de palos. ¿Y dónde hay una? Le pregunte. -No sé. Me respondió. 

Me lance a las calles de la colonia Guerrero a conseguir una Tlapalería. Pero no fue nada difícil, al primer transeúnte al que le pregunte, me indicó de una que estaba a dos cuadras de la unidad habitacional en la que yo vivía. No recuerdo si sobre Lerdo. Yo vivía en una Unidad que tenía dos puertas una que daba al Eje de Mosqueta y otra que daba a Lerdo, mi unidad quedaba a contra esquina del Bombay, y a un cruce de Avenida de lo que conocemos como Tepito.  Y en fin. Dos cuadras después, sobre Lerdo me parece, llegue a un pequeño local lleno de cosas. Para un niño como el que era yo, cosas interesantísimas. Tubos, mangueras, herramienta variadas, costales, cosas que colgaban, y con aquel aroma tan peculiar, como de cemento húmedo. 

La Tlapalería la manejaba una señora hombruna, de trato ríspido (lo que ocultaba a la verdadera mujer muy paciente y tierna que era aquella señora). Espere a que se fuera la gente y a que estuviera vacío.  Solo iba a preguntar el costo y ver si era accesible para mi mamá. Creía que una cadena podía costar miles de pesos.  Volví armado de todo el valor que pude encontrar. La señora debió oler el terror que yo sentía de aquel trato comercial, porque fue linda. -Cuanto cuesta la cadena. -Pregunté. 

-De qué tamaño. - Silencio. -Chica. -¿Cómo está?- me preguntó. Me mostró una cadena mediana.  -No, más chica. Más chica. Y por fin me mostró una adecuada. -Esa esta bien, cuánto cuesta.  -Ocho pesos el metro. Yo traía diez pesos así que estaba bien, pero un metro era demasiado. -¿Y me la puede cortar más chica?

-¿Para qué la quieres?- me preguntó entonces directamente. Nadie me había sorprendido con una pregunta tan directa. Titubeé -Es que… imagine que quiero unir dos palos de escoba por la punta. 

-Vas a hacer unos chacos- concluyó, haciendo pedazos mi proyecto ultrasecreto. ¿Cómo lo supo? Pensé. – Sí – tuve que aceptar humillado. -Entonces cuanto necesitas, así esta bien.- Me dijo señalando unos veinte centímetros. -Un poco menos le dije. Corto la mitad y me lo dio. 

-¿Cuánto es?- pregunté. -No, nada, llevátelo. Me dijo. Quizá me puse color tomate, y le di las gracias excesivamente. Casi le beso la mano.  Volví feliz con mi cadena. Fue un problema mayúsculo ponerle la cadena a los chacos. La cadena o lazo debe partir exactamente de la punta, porque si queda con cierta desviación se pierde la aerodinámica de los chacos. Eso entendí, al colocarla mal una vez. Al final, atornille exactamente en la punta el último eslabón de la cadena. ¡¡¡Y voilá!!! Tenía mi par de chacos. La verdad, quedaron increíbles. No me cansaba de admirarlos. 

Bueno, pues manos a la obra. Era el momento de usarlos. Me quité la camisa, me puse frente al espejo del cuarto de mis papas, tome con firmeza uno de los lados y girando el chaco lo lance hacía mi espalda con firmeza…  el dolor me paralizo un par de minutos. Me había dado tremendo madrazo. Inicié con una aguerrida mueca típica de Bruce Lee, que después del trancazo dio paso a una involuntaria mueca de dolor. Pero… ¡Somos hombres y no pedazos! Hinché mi pecho infantil. Tome aire, jale con fuerza el palo que había quedado mi espalda para que volviera al frente, y efectivamente, giro sobre la cadena en hipérbole y golpeo brutalmente mis testículos. En ese momento la posición de Bruce Lee dio paso a una posición fetal más tradicional de alguien que sufre un golpe en el origen de la vida. Tarde bastante tiempo en recuperarme de este segundo golpe, bastante brutal. 

Cuando por fin me pude recomponer, tuve que aceptar que mi plan tenía un error táctico: no sabía usar los chacos. El dolor es un duro maestro. Así que guarde mis chacos y no los volví a usar jamás. No obstante los presumía cada que podía, los sacaba de su tumba para lucirlos frente a amigos y parientes, que intentaban las mismas cosas que yo y terminaban con diversas contusiones, la más grave una descalabrada que requirió cuatro puntos. En realidad eso demostraba lo eficaces que eran mis chacos. Aquel día mi mamá los tiro a la basura sin hacer caso a mis objeciones.

Aprendí en carne propia la sabiduría de aquella leyenda que dice: no intenten hacer esto en casa. La vida no es como el cine. Y también aprendí que Bruce Lee era cien por ciento chingón.        

ACERCA DEL AUTOR
Luis F. Gallardo
Nació en la Ciudad de México, en medio de los cohetones que echaban los suavos y zacapoaxtlas para conmemorar la batalla de Puebla, un 5 de mayo de 1975. Pertenece a la generación 1996 del CUEC, donde estudió Cinematografía, también estudio Letras Hispánica en la UNAM. Se especializa en guiones de programas de televisión cultural y educativa, de esos que pasan de madrugada. 18 años de experiencia en docencia, capacitación e investigación cinematográfica. Ha visto un par de películas. Baila salsa.
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