Sin Maniqueísmos
Sin Maniqueísmos es un blog dedicado a la actualidad mexicana, considerada en los contextos histórico e internacional. Los temas incluyen las élites empresariales, los medios masivos, las relaciones entre México y otros países, especialmente Estados Unidos, junto con libros y películas de importancia política y cultural.

Iguala, clase y raza

18-11-2014 12:07

Los de Ayotzinapa y los prejuicios arraigados.

Hace cuatro meses causó escándalo y risa la noticia de que un funcionario del DF había hecho público su racismo al postear en Facebook lo siguiente: “… todos los que opinan sin saber en este foro seguramente son perredistas, más prietos de piel que nada, jodidos, rojillos y sin varo. Arriba los mexicanos de raza blanca y clase alta …”.

Causó escándalo porque el sujeto, Pedro Torreblanca Engell, era hermano del secretario general adjunto del PAN-DF, Santiago Torreblanca Engell, y colaborador del ya controvertido jefe delegacional en Benito Juárez, Jorge Romero Herrera. Causó risa porque dentro de poco tiempo el Sr. Torreblanca—quien llevó cuatro años allí en tareas de comunicación (sic)—tuvo que renunciar a su cargo.

En estos tiempos de medios sociales ubicuos e instantáneos, los prejuicios que por largo tiempo se vocalizaban sólo en casa o entre cuates se han vuelto una parte lamentable pero reveladora de la conversación nacional. Indican cuán lejos es México de ser una democracia racial, aún noventa años después de que José Vasconcelos exaltara “la raza cósmica”.

Un racismo y clasismo manifiesto se ha escuchado de nuevo entre las reacciones a la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Cito algunos, observados en Facebook: “Pinches nacos, se lo merecen”; “Estuvo feo lo que les hicieron, pero los putos no dejaron pasar una ambulancia”; “Que putos, ya que estudien pinches huevones”.

En YouTube y Twitter, donde suelen muchos opinar bajo la cobardía del anonimato, las frases se ponen aún más feas: “Tanto pedo x unos pinches indios prietos mugrosos! Son 100% reemplazables con otros 30 millones de lacras iguales!!”; “Ayotzinapa no somos todos, no generalicen. No podemos ser iguales a esos pinches indios”; etcétera.

Existe la tentación de descartar tales frases como los exabruptos de unos cuantos jóvenes ignorantes. Pero el caso de Torreblanca Engell demuestra que el racismo entre mexicanos prospera hasta en los círculos del poder. No sé si el procurador general Jesús Murillo Karam sea racista, pero dudo mucho que habría terminado su conferencia de prensa del 7 de noviembre con la frase “ya me cansé” si el caso tratara de 43 desaparecidos de una prepa privada en Polanco.

Sobre todo, hay que pensar en la dinámica socio-racial en Iguala, una ciudad como muchas en México donde el alcalde y su mujer son blancos, e igual lo son la narco-élite local; donde los policías y narco-soldados son típicamente mestizos; y donde la mayoría de la población es de raza o semblanza autóctona. Es más fácil decir “mátenlos en caliente” (o algún eufemismo equivalente), y de obedecer tal orden, cuando el blanco es un grupo de personas que uno ni siquiera considera plenamente humano.

Las rostros de los parecidos más varios de sus apellidos (Tlatempa, Tizapa, Patolzin) son un emblema de está triste división. Sin embargo no quiero implicar que los 43 son ángeles. Reducir un ser humano a una mera víctima inocente es un error no tan grave como la denigración racial, pero igual de simplista. La incómoda verdad es que existen prejuicios que impulsaron el conducto de todos los actores en esta tragedia.

En Ayotzinapa, la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos ha funcionado desde hace décadas como una cuna de lucha social. Allí estudió Lucio Cabañas, el rebelde mexicano más famoso de los 60 y 70, que en un momento logró secuestrar al gobernador de Guerrero. Es una lucha francamente basada en una visión maniquea del mundo: pobres honrados contra élites nefastas. Creyendo esto, secuestrar autobuses y hasta quemar gasolineras, como han hecho algunos alumnos, no parecen delitos muy serios.

Como se ve en el reportaje “Crónicas Rurales Normales” del canal TeleSUR, todavía hoy se notan los muchos murales marxistas de la escuela, listos para facilitar el adoctrinamiento estridente de cada generación. Allí están todos los símbolos usuales y sospechosos comunes: el puño apretado, las insignias comunistas, Subcomandante Marcos, Vladimir Lenin, y por supuesto Che Guevara.

No hay duda de quienes son los que sufren y faltan y quienes son los que dominan y lucran en los pueblos y ciudades del montañoso y empobrecido estado de Guerrero. Pero persistan ideologías corrosivas en ambos lados, ideologías que hacen más fácil odiar al otro.

ACERCA DEL AUTOR
Andrew Paxman
Profesor de historia y periodismo del CIDE. De origen inglés, es coautor de El Tigre(2000; reeditado en 2013), biografía de Emilio Azcárraga Milmo. Fue reportero radicado en México durante los años 90. Luego obtuvo una maestría de Berkeley y un doctorado de la Universidad de Texas. Su biografía más reciente, En busca del señor Jenkins: Dinero, poder y gringofobia en México, trata del empresario norteamericano radicado en Puebla, William Jenkins (1878-1963). Ahora está investigando la biografía de Carlos Slim.
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