El peligroso silencio
México no tiene escasez de diagnósticos económicos. Lo que escasea son expertos dispuestos a discutirlos en público y asumir el costo de decir lo que piensan.
¿Dónde está el debate económico que México necesita? ¿Quién pone sobre la mesa los riesgos que se acumulan? ¿Quién explica qué implica la nueva arquitectura regulatoria y cuánto poder real tendrán los nuevos órganos encargados de vigilar mercados? ¿Quién discute, con argumentos y no con consignas, si la política monetaria es suficientemente restrictiva, demasiado cautelosa o atrapada entre una inflación persistente y una economía débil?
¿Quién dice con claridad que las finanzas públicas se han deteriorado y que corregirlas tendrá costos? ¿Quién plantea alternativas serias para contener el déficit sin asfixiar el crecimiento? ¿Quién se atreve a discutir qué hacer con Pemex más allá de seguir refinanciando, capitalizando y posponiendo una solución estructural? ¿Cuánto tiempo más puede el país cargar una empresa que absorbe recursos públicos mientras arrastra problemas operativos y financieros?
¿Quién mide cuánto pesan la incertidumbre jurídica, la concentración política y la debilidad institucional en las decisiones de largo plazo? ¿Quién pregunta por qué México incentiva, de facto, la informalidad? ¿Por qué seguimos celebrando cifras de empleo sin discutir la calidad, productividad y precariedad de buena parte de esos puestos? ¿Cuánto más puede crecer una economía que lleva décadas sin resolver su estancamiento productivo?
¿Dónde están los economistas de la mayoría de los grandes bancos? ¿Por qué instituciones con recursos, talento, información y acceso privilegiado producen análisis sofisticados para clientes, pero tan poco debate público? ¿Por qué tantos de sus especialistas hablan con franqueza en privado y con extrema prudencia en público? ¿Es autocensura, temor a incomodar al poder, cálculo comercial o comodidad?
¿Dónde están los economistas de los organismos empresariales? ¿Qué pasó con el CEESP, que hoy brilla por su ausencia en una discusión donde debería ser protagonista? ¿Por qué el sector privado reclama certidumbre en reuniones cerradas, pero rara vez sostiene una posición técnica y pública sobre las condiciones que necesita para invertir y crecer?
¿Y la academia? ¿Por qué buena parte de sus mejores economistas permanece concentrada en debates históricos, metodológicos o ideológicos mientras el país enfrenta problemas urgentes que exigen análisis inmediato?¿Quién está dispuesto a debatirlas fuera de seminarios y círculos especializados?
¿Y los medios? La gran mayoría están ocupados en sobrevivir financieramente. ¿Es esa fragilidad la que los ha llevado a abandonar una de sus funciones esenciales: explicar, contextualizar y ofrecer perspectivas? ¿Quién llena entonces el vacío?
¿Vamos a aceptar que los problemas económicos se empantanen mientras la discusión seria sucede tras bambalinas? ¿Vamos a permitir que los intereses políticos, la polarización y una coyuntura global adversa sustituyan el análisis por propaganda? ¿De verdad faltan respuestas? ¿Estamos ante desarticulación, miedo, conveniencia o una mezcla de todo?
¿Y cuánto cuesta ese silencio? ¿Cuántas malas decisiones prosperan porque nadie las confronta a tiempo? ¿Cuántas reformas se aplazan porque quienes saben lo que cuesta postergarlas no lo dicen? ¿Cuánto más caro termina siendo corregir tarde lo que pudo advertirse a tiempo?
El país no necesita economistas que tengan razón en privado cuando ya sea demasiado tarde. Necesita voces que señalen, se equivoquen, acierten, contradigan y provoquen ahora, a plena luz. Porque cuando quienes saben prefieren callar, también están tomando una posición.