La política monetaria y el salario mínimo

Banxico encontró en la tasa de 6.50% un equilibrio entre inflación y tipo de cambio, ayudado por la Fed. Sostenerlo en 2027 dependerá de contener la inflación, incluso con un alza del salario mínimo más moderado.
7 Octubre, 2026
Política monetaria y salario mínimo
Política monetaria y salario mínimo

Según la encuesta de expectativas de Citi publicada el martes 6 de octubre, 25 de los 37 participantes no esperan ningún ajuste de la tasa de política monetaria del Banco de México, actualmente en 6.50%, antes de finales de 2027 (26 sí se consideran sus pronósticos de tasa al cierre de ese año) y la totalidad espera que la tasa cierre 2026 en ese nivel.

El consenso en torno a mantener la tasa sin cambios en lo que resta de 2026 y durante 2027 se mantiene. Evidentemente, la última decisión del banco central y sus argumentos – principalmente el de no seguir “mecánicamente” a la Fed – contribuyeron a ello. Como se argumenta más adelante, el aumento del salario mínimo para 2027, que se define a finales de este año, será una pieza clave para que este equilibrio se sostenga.

Este consenso se da en un momento en que las posiciones podrían estar más polarizadas. Por una parte, la inflación general se encuentra cerca del objetivo de Banxico de 3% (3.26% anual en agosto) y la brecha del producto según la propia institución se ubica en -1.4%, lo cual justificaría una baja en la tasa de política monetaria (5 participantes de la encuesta del 6 de octubre esperan un recorte en el transcurso de 2027).

Por otro lado, el aumento de tasas en Estados Unidos anunciado a mediados de septiembre, una inflación subyacente que se mantiene cerca de 3.8% en México, y la aceleración de los precios derivada de la reversión del efecto favorable del componente agropecuario fundamentarían la decisión de aumentar la tasa ante la posibilidad de contaminación de las expectativas (6 participantes esperan un alza en 2027). En este sentido, cabe notar que la proyección mediana de la inflación anual al cierre de 2026 es de 3.9%, lo que supone una fuerte aceleración de los precios en el último trimestre.

A menos que los analistas encuestados sean muy salomónicos, ¿qué explica este sólido consenso en torno al punto medio de la discusión? Un elemento que venía afectando el crecimiento de la economía mexicana ha sido la fuerte apreciación del peso en los últimos tiempos. Utilizando el tipo de cambio real como medida del poder adquisitivo de la moneda mexicana, el tipo de cambio nominal se encontraba aproximadamente dos pesos por debajo de lo que podría asociarse a un nivel neutral real. Ello era resultado en buena medida del persistente diferencial entre las tasas en pesos y en dólares, que alimenta lo que comúnmente se conoce como el carry-trade. Esto es, los inversionistas globales se apalancaban en dólares para invertir en activos en pesos, apreciando así la moneda mexicana.

El peso fuerte ha tenido dos efectos negativos principales. En primer lugar, resta competitividad a las exportaciones mexicanas, pues éstas se encarecen en términos de dólares y aumentan, medidos en dólares, los costos en pesos de las empresas que producen en México. En segundo lugar, erosiona el poder adquisitivo de las remesas, pilar importante del consumo de los hogares en México y una de las principales fuentes de divisas del país. Entonces, la pregunta es: ¿debió bajar la tasa el Banxico para depreciar el peso y comenzar a paliar los problemas de un peso fuerte?

La decisión no era fácil, pues si bien una baja podría haber tenido efectos positivos, Banxico había anunciado apenas en mayo de 2026 que ya no haría reducciones adicionales a la de ese mes. Una baja no anticipada por el propio Banco podría percibirse como un movimiento contradictorio que afectara la credibilidad de la institución, por lo que resultaba difícil que la Junta de Gobierno se pronunciara en ese sentido en septiembre. Sin embargo, la decisión de la Reserva Federal de Estados Unidos anunciada el 16 de septiembre facilitó las cosas.

Al subir la tasa de fondos federales al rango 3.75-4.00%, la Fed redujo el diferencial con la tasa de México (medido contra el límite superior del rango) de 2.75 a 2.50 puntos porcentuales, disminuyendo así el carry-trade que impulsaba al peso. Esto indujo una depreciación del peso en las semanas siguientes: el tipo de cambio pasó de 17.2 a 18.2 pesos por dólar al cierre del viernes 2 de octubre. Hasta hace poco se esperaba que este proceso de reducción del diferencial continuara, debido a la persistencia de presiones inflacionarias en Estados Unidos y a un mercado laboral que mantenía su resiliencia.

Ante estos sucesos externos favorables, Banxico no subió su tasa y subrayó que no seguiría mecánicamente a la Fed, adoptando una postura cómoda para la política monetaria en México. Sin embargo, esto podría cambiar, pues el índice de precios subyacente del Gasto en Consumo Personal (core PCE, considerado la medida de inflación más relevante para la Fed) creció menos de lo esperado en agosto, y la nómina no agrícola (non-farm payrolls) de septiembre se ubicó por debajo de los pronósticos. Ello podría provocar que la Reserva Federal suba más despacio y que el diferencial de tasas se reduzca menos.

No obstante, el proceso de ajuste del tipo de cambio a niveles menos apreciados sigue en marcha y se anticipa que continúe. En suma, la Fed hizo buena parte del trabajo de depreciar el peso sin que Banxico tuviera que mover su tasa, lo que explica que el consenso se haya anclado en 6.50%. Si la inflación al consumidor en México no se dispara, orillando así a Banxico a aumentar su tasa de interés objetivo, las cosas pueden seguir un curso favorable. Esto sin duda podría tener un impacto positivo sobre el crecimiento del PIB en 2027.

¿Cómo puede contribuir la política económica en México a que esta situación favorable se mantenga? Un elemento muy importante sería moderar el aumento del salario mínimo. Del cierre de 2018 a la fecha, el salario mínimo general ha tenido un aumento de 152% en términos reales, lo cual ha tenido un efecto muy positivo sobre el ingreso laboral, el poder adquisitivo de los hogares y la reducción de la pobreza. Esto se debe a que el salario mínimo era extremadamente bajo, pues fue usado por muchos años como un ancla nominal de la economía para contener las presiones inflacionarias. No obstante, conforme el salario mínimo ha subido, ha crecido el número de trabajadores que lo perciben o ganan cerca de él, y con ello la presión sobre los costos laborales de las empresas.

Lo anterior provoca que el impacto sobre la inflación o su efecto traspaso haya aumentado con el tiempo. A su vez, estos efectos reducen paulatinamente el crecimiento real del salario mínimo, toda vez que una mayor inflación se come los aumentos sucesivos. En otras palabras, los beneficios de subir el salario mínimo disminuyen conforme éste aumenta.

En este contexto de beneficios decrecientes y presiones inflacionarias crecientes, sería prudente que el salario mínimo para 2027 aumente menos que en el pasado reciente (el último incremento entró en vigor el 1º de enero de 2026 y fue de 13%). Ello ayudaría a contener las presiones inflacionarias que pudieran inducir un aumento en las tasas de interés en México y en su diferencial con Estados Unidos, manteniendo así el proceso de ajuste del tipo de cambio hacia niveles más competitivos.

Es indudable que el salario mínimo sigue siendo bajo, pues el nivel diario actual de 315 pesos está por debajo de los 342 pesos diarios que representa la línea de pobreza alimentaria para un hogar de cuatro integrantes que depende de un solo ingreso. Por ello, los aumentos siguen siendo beneficiosos; sin embargo, un aumento de un dígito, de alrededor de 7-8%, podría ser recomendable. Con una inflación esperada de 3.8% al cierre de 2027, ello implicaría un crecimiento real de entre 3 y 4%. Así se contribuiría al crecimiento económico en 2027 sin menoscabo de la recuperación del poder adquisitivo de las familias mexicanas.

Alexis Milo Caraza Alexis Milo Caraza Alexis Milo Caraza es actualmente socio fundador de Miranda Telekonomics, firma de análisis y consultoría especializada en economía, finanzas y telecomunicaciones. Previamente, Alexis fue Economista en Jefe y Director de Análisis en HSBC México. Antes de unirse al Banco, Alexis fue Comisionado en la Comisión Federal de Telecomunicaciones, puesto para el que fue designado por el Presidente de la República en 2011. Posiciones previas en el Sector Público incluyen: Coordinador de Asesores del Presidente de la República, Director General de Deuda Pública y Director de Política Fiscal (las dos últimas en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público). Anteriormente fue Investigador Económico en el Banco de México. Alexis Milo obtuvo la Licenciatura en Economía (con mención honorífica) por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) así como la Maestría y Doctorado en la misma disciplina por la Universidad de Yale. Ha impartido cátedra de Economía, Finanzas Internacionales y Regulación de las Telecomunicaciones en el ITAM, el CIDE y el Colegio de México.