La gloria de la ineficacia

02-12-2020 06:32

La gran popularidad del presidente Andrés Manuel López Obrador es innegable. Así lo muestran las recientes encuestas de los diarios El Financiero y Reforma.

También lo es que quienes lo aprueban consideran que su gobierno va por mal camino en asuntos clave como la salud, la seguridad pública o el manejo de la economía. A decir de los sondeos, tenemos un presidente preocupado honestamente por el país, pero incapaz de dar resultados. El saldo neto de esta situación es una paradoja: la gloria de la ineficacia.

Entender esta aparente contradicción requiere matizarla y situarla en contexto. López Obrador llega a su tercer año de gobierno con más de 60% de aprobación en medio de las crisis de salud y económica más grandes de los tiempos recientes. Sin embargo, es superado por el desempeño de Carlos Salinas y Felipe Calderón en periodos similares, el primero enfrentando una gran crisis de deuda externa y el segundo en el despegue de la guerra contra el narco. Puesto de otra forma, la gran popularidad presidencial no es tan extraña en gobiernos que inician y terminan severamente cuestionados.

Pero ¿Cómo es posible que con más de cien mil muertes por COVID19 reconocidas oficialmente, más de 60 mil homicidios dolosos acumulados en su gobierno, y aumentos en la pobreza de cerca de 11 millones de personas AMLO sea tan aceptado?

Las respuestas comunes, que este gobierno ha repartido dinero en sus programas sociales ‘comprando’ popularidad y que no tiene una oposición sólida que capitalice los errores de política pública, no son explicaciones suficientes, aunque comienzan a dar una idea de las razones de fondo.

Por una parte, si bien este gobierno ha expandido las transferencias de efectivo como sello distintivo de su política social, hasta rebasar más de 1% del PIB, estos recursos palidecen ante las necesidades de la población pobre, y más en el contexto de la crisis derivada de la pandemia. Además, el repartir efectivo, en sí mismo, no garantiza fidelidad política, pues subestima la capacidad de las personas para distinguir motivos y preservar su autonomía.

Por otra parte, aunque la oposición a López Obrador ha pasado un buen tiempo tiempo reorganizándose y con escasos liderazgos, ha señalado contínuamente fallas de política pública, desde el ineficiente manejo de la pandemia, hasta la incertidumbre generada en la inversión privada necesaria para el crecimiento.

En muchos temas, como el debilitamiento de instituciones autónomas o la extinción de fideicomisos, los argumentos de la oposición han sido robustos, pero lejanos a las preocupaciones diarias de las personas.

La popularidad del presidente López Obrador hay que buscarla en décadas de desigualdad y pobreza, aderezadas por una gran corrupción, que fueron permitidas por gobiernos de la hoy oposición que poca importancia le dieron a estos agravios históricos. La insensibilidad de las administraciones pasadas a las legítimas aspiraciones de quienes más adversidades han enfrentado convirtió a los excluídos en apoyo a quién hoy parece escucharlos y atenderlos.

En el corto plazo, no importa mucho que la política social sea ineficaz, prevalezca la violencia o las penurias económicas. Quienes han tenido pocas oportunidades de bienestar no notarán mucha diferencia en sus condiciones de vida respecto a otros gobiernos, pero sí en la atención que le presta el discurso presidencial a su marginación y sus demandas. Eso les genera esperanza y paciencia.

Lo anterior tiene dos implicaciones. El presidente tiene una popularidad que tardará en ser agotada por sus equivocaciones. No será eterna, pero será duradera.

La segunda es que, mientras la oposición no incorpore seriamente en sus programas las demandas redistributivas y de desarrollo social que hoy abandera López Obrador, siempre será la opción probadamente indeseable.