2022

29-12-2021 07:10

El 29 de diciembre de 2020 escribía en este espacio sobre lo que se avecinaría para el año nuevo:

“En 2021, la economía trastabillante y la política social anodina darán paso a una penosa y lenta recuperación, con dividendos políticos de corto plazo, pero pérdidas de bienestar duraderas que afectarán a las siguientes generaciones. El nuevo año será una lucha continua por alcanzar los niveles de ingreso y bienestar de 2019, con pocas esperanzas de lograrlo, mientras las transferencias en efectivo y la campaña de vacunación darán un último empujón político al presente régimen… La posible excepción a este sombrío futuro es la realización de una reforma fiscal, que ahora no sólo luce como necesaria, sino urgente, pero cuyo costo político ha subido notoriamente al no haberse concretado en tiempos de vacas no tan flacas…”

Los datos disponibles al cierre del año confirman lo anticipado y agregan nuevas preocupaciones. El Indicador Global de la Actividad Económica muestra que la recuperación no sólo se ha detenido, sino que se está presentado una nueva contracción en los últimos meses de 2021. El Índice Global de Personal Ocupado y Remuneraciones de los Sectores Económicos apunta a un estancamiento del empleo en niveles similares a los existentes en 2017 y a una reducción en las remuneraciones medias mensuales.

Por otra parte, las cifras oficiales de pobreza permitieron conocer que en 2020 cayeron en 21.4% las transferencias monetarias de los más pobres y aumentaron 183.4% las de quienes más alejados se encuentran de la pobreza. Para 2021 la política social no presentó cambios sustanciales, por lo que es de esperar que el papel regresivo de la intervención pública se haya mantenido durante el año.

Del primer trimestre de 2020 al tercer trimestre de 2021 el PIB per cápita se ha contraído 3.7% y ha aumentado en alrededor de seis millones de personas la pobreza laboral, es decir, la de aquellos que no pueden comprar con su ingreso por trabajo la canasta mínima de alimentos.

Pese al severo deterioro de las condiciones de bienestar de la población, desde agosto la popularidad presidencial ha vuelto a ser la mayor respecto a la de los presidentes recientes en periodos comparables, fundamentalmente debido a la vacunación y en menor medida a las opiniones encontradas respecto a si las acciones económicas de la administración van por el rumbo adecuado para rendir frutos en el futuro.

En 2022, con expectativas prácticamente nulas de que se realice una reforma fiscal, es de esperar se retorne gradualmente al mediocre desempeño que la economía presentó antes de la pandemia. El comportamiento de la inversión muestra la continuación de su suave declive, que data de 2016, en esta dirección.

Ante una economía que tiende a estancarse en los niveles de 2019, las ganancias de mercado o de recursos públicos de algún grupo provendrán fundamentalmente de las pérdidas de algún otro. La competencia económica y por recursos gubernamentales se recrudecerá.

Son de anticipar deterioros del bienestar adicionales, aunque más lentos, debido a que difícilmente las ganancias en ingresos, principalmente laborales, superarán el crecimiento de la población.

En este ambiente, la actual administración comenzará a inaugurar sus grandes inversiones, comenzando por el aeropuerto Felipe Ángeles, siguiendo por la refinería de Dos Bocas y concluyendo en el año con el tren del Istmo. El último gran empujón a la popularidad del presidente vendrá aparejado de lo decepcionante que pueden ser los resultados de estos proyectos, con la posible excepción del ferrocarril transístmico.

La falta de crecimiento y la pobreza no han sido obstáculos para que el presente gobierno organice grandes celebraciones. Las habrá en los cortes de listón, así no sean mas que simbólicos, pero cada vez resultará más claro que la transformación ambicionada, al menos en lo económico y lo social, no sólo ha sido una oportunidad perdida, sino contraproducente.