Bitcoin y el viejo dilema del dinero
Hace más de un siglo, el economista estadounidense Irving Fisher puso en orden una idea que los comerciantes conocían desde siempre: el valor del dinero depende de cuánto hay en circulación. Su teoría cuantitativa del dinero dice algo muy sencillo. Lo que una economía gasta en un año es igual a la cantidad de dinero que existe multiplicada por las veces que cada peso cambia de manos, lo que los economistas llaman velocidad. Ese mismo gasto es igual a todo lo que se produce multiplicado por sus precios. Si la gente usa el dinero con un ritmo más o menos estable y la producción depende de cosas reales, como el trabajo, las máquinas y la tecnología, entonces imprimir más dinero termina, tarde o temprano, en precios más altos.
Milton Friedman llevó la idea a su máxima expresión con una frase célebre: la inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario. Su receta era quitarles discrecionalidad a los bancos centrales y obligarlos a aumentar la cantidad de dinero a un ritmo fijo y modesto cada año.
Bitcoin parece la realización de ese sueño. Nadie puede imprimir más bitcoins a voluntad. Su programa establece un máximo de 21 millones de monedas, de las que hoy circulan alrededor de 20 millones, y las nuevas se crean a un ritmo cada vez menor, que ya es inferior a 1% al año. Es una regla monetaria más estricta que cualquiera que Friedman haya propuesto.
Si la teoría fuera suficiente, una moneda con oferta fija debería tener un valor estable. Ha ocurrido exactamente lo contrario. En octubre de 2025 el bitcoin superó los 126 mil dólares; hoy se cotiza en torno a 64 mil. El valor total de todos los bitcoins pasó de cerca de 2.5 billones de dólares a menos de 1.3 billones, aunque la cantidad de monedas prácticamente no cambió. La mitad del valor se esfumó sin que nadie tocara la oferta.
La explicación está en el supuesto que suele olvidarse. Friedman recomendaba una oferta fija porque daba por hecho que el deseo de la gente de tener dinero era estable. En bitcoin ese deseo es caprichoso. Casi nadie lo compra para pagar un café; se compra como inversión, como refugio o como apuesta. Cuando cambia el ánimo de los inversionistas, la oferta no puede responder y todo el golpe lo absorbe el precio. Un banco central moderno hace lo contrario: se fija una meta de inflación y deja que la cantidad de dinero se ajuste a lo que la economía pide. Bitcoin fija la cantidad y deja que el precio vuele. Su volatilidad no es un accidente; es consecuencia directa de su diseño.
Hay un segundo problema, que ya conocieron los países bajo el patrón oro. Si una moneda tiende a valer más con el tiempo, nadie quiere gastarla: conviene guardarla. Por eso bitcoin se usa poco para hacer pagos. Para justificar su valor actual sólo por su uso en compras reales, tendría que mover cada año varios billones de dólares en transacciones de bienes y servicios, una cifra muy lejana de la realidad. Su valor descansa en la expectativa de que otros quieran tenerlo mañana, no en su utilidad como medio de pago.
¿Con qué se paga entonces en el mundo cripto? Con las llamadas monedas estables, o stablecoins: monedas digitales atadas uno a uno al dólar. Su valor conjunto ronda los 308 mil millones de dólares, y dos de ellas, Tether y USDC, concentran más de ocho de cada diez. Funcionan al revés que bitcoin. Su precio está fijo y lo que se ajusta es la cantidad: cuando alguien quiere más, el emisor las crea a cambio de dólares; cuando sobran, las retira. Es el esquema que los economistas llaman caja de conversión, como el que tuvieron Argentina en los años noventa o Hong Kong hasta hoy. Estas monedas representan alrededor de tres cuartas partes de todas las compras y ventas de criptomonedas.
Dentro de este ecosistema se cumple una ley tan antigua como la teoría de Fisher, la de Gresham: el dinero malo desplaza al bueno. La gente gasta las monedas estables y guarda los bitcoins, igual que en otras épocas se pagaba con las monedas de menor ley y se atesoraban las de oro. Las stablecoins cambian de manos muchas más veces que un dólar en una cuenta bancaria, aunque buena parte de ese movimiento es de máquinas y operaciones especulativas; un análisis de la consultora BCG estima que sólo alrededor de 7% corresponde a transacciones económicas genuinas.
El resto de las criptomonedas enfrenta un dilema parecido. Muchas se crearon para usarse dentro de una plataforma digital, pero si nadie las conserva y sólo se usan para pagar y deshacerse de ellas, pasan de mano en mano tan rápido que su valor tiende a desplomarse, aunque la plataforma tenga mucha actividad. Por eso sus diseñadores inventan mecanismos para que la gente las guarde: premios a quien las deja inmovilizadas o la destrucción de una parte de las comisiones para reducir su cantidad, como hace Ethereum. Es, en los hechos, política monetaria hecha por empresas privadas.
Para México la lección más importante es otra. El verdadero dinero del mundo cripto no es el bitcoin, sino el dólar digital. Cada vez que una empresa o una familia usa monedas estables para hacer pagos, ahorrar o recibir remesas, ocurre una dolarización silenciosa. Baja la demanda de pesos y se debilita la capacidad del Banco de México para influir en la economía con sus tasas de interés. Mientras su uso sea pequeño, el efecto es marginal; si crece, será un reto para los reguladores, que tendrán que decidir cómo supervisar un dinero que no emiten.
Fisher y Friedman siguen teniendo razón en lo fundamental: el valor del dinero depende de la relación entre cuánto existe y cuánto se desea. Las criptomonedas muestran la otra mitad de la historia. Limitar la cantidad de dinero no basta para darle estabilidad; hace falta confianza y una demanda predecible. Bitcoin puede ser un activo especulativo atractivo y quizá algún día una especie de oro digital, pero no ha demostrado ser dinero. Y el dinero que sí funciona en ese mundo resulta ser el de siempre: el dólar.