A la mitad del… desmantelamiento

31-08-2021 08:17

Hinchado de orgullo y con la sensación de dominio que le caracteriza desde el púlpito de su homilía diaria, el titular del Ejecutivo presentó este lunes el que será su libro en el que relata la primera mitad de su administración.

Confieso que no leo aún dicho libro, pero no debe ser difícil imaginar su contenido, el cual estará repleto de ideales incumplidos, “otros datos”, ataques y calumnias en referencia a todos sus adversarios y, con alta probabilidad, lecciones sobre la superioridad moral con la que cuenta el presidente para tomar decisiones sin evidencia alguna como sustento.

Son demasiados los frentes en los que la presente administración ha quedado a deber con creces, sobre todo si se considera el apoyo sinigual con el que ha contado durante su gestión. Para esta columna, solo hagamos una aproximación al sector energético.

Durante años, el eslogan oficial preferido ha sido que el país fue desmantelado de forma deliberada por un grupo (neoliberal) que facilitó la entrega de los recursos de la Nación a los intereses extranjeros privados. Supuestamente, eso condujo al debilitamiento de los dos pilares de la industria energética nacional, Pemex y CFE, una creciente dependencia energética (y lo que es peor aún) con respecto a Estados Unidos, así como al incremento en precios para los consumidores. Por esa razón, el Programa del Petróleo de esta administración abandera la soberanía energética como un destino y símbolo de éxito.

El concepto, sin lugar a duda, está plagado de un sinfín de ideas y anhelos lábiles en un contexto de transición hacia economías de emisiones netas cero. No obstante, bien planteado, bajo la figura de la seguridad energética, podría representar un paraguas bajo el cual los mexicanos, por un lado, cuenten con sistemas energéticos que reaccionen con prontitud ante cambios abruptos en el balance entre oferta y demanda por energía; y, por otro lado, que nuestro país cuente con un ecosistema que facilite las inversiones requeridas para suministrar energía conforme a un desarrollo sostenible e incluyente.

Cherp y Jewell realizaron, en la revista Energy Policy, un interesante metaanálisis para trazar la evolución y pertinencia del concepto de seguridad energética, el cual apareció por primera vez durante el famoso peak oil de la década de 1970. Destacan que cualquier concepto robusto, sea el que cada Nación quiera implementar, debe al menos poder responder a tres preguntas: ¿seguridad para quién? ¿Seguridad según qué valores? ¿Seguridad ante qué amenazas?

La visión del sector energético de esta administración no tiene respuesta a tales preguntas. Es equivalente a su aspiración: el poder por el poder; a cualquier costo y a costa de quien sea. Por tal motivo, la política energética de esta administración no está encaminada a contar con sistemas energéticos fortalecidos; no para sus consumidores y productores. No ha disminuido la dependencia de energéticos. Tampoco está orientada a la reducción de precios e incremento de la calidad de los energéticos para la población. Menos está destinada a reducir la vulnerabilidad energética que millones de mexicanos todavía experimentan en sus hogares.

Cuando la administración se refiere a que una de sus misiones es fortalecer a Pemex y CFE no significa mejores condiciones para usted, estimado lector, o para mí. O para el emprendedor que consume energía sucia y cara. El concepto de la soberanía energética de la administración, más allá de anacrónico y megalómano, es egoísta desde la perspectiva social. Se trata, como la estrategia que sigue el gobierno federal en otros espacios públicos, de un fortalecimiento ficticio basada en la restricción de opciones y la coartación de libertades.

A la mitad del camino queda claro que no hay mayor producción de hidrocarburos. Que Pemex seguirá incrementando sus pérdidas. Que CFE acaparará (de nuevo) el mercado sin ofrecer mejores y más limpias condiciones de servicio. Que los reguladores o han sido cooptados o tienen poco margen de maniobra. Que nuestra economía resentirá los efectos de contar con una columna vertebral débil y obsoleta. Y, peor aún, que los que pagarán todas estas consecuencias serán nuestros jóvenes. Estamos a la mitad del desmantelamiento.