Las definiciones en PEMEX

19-07-2022 08:03

Un observador, limitándose a circunstancias externas, pensaría que PEMEX vive un momento privilegiado, que su futuro es prometedor.

Los elementos están ahí. Por un lado, los precios internacionales del petróleo están altísimos, por mucho su mejor nivel en varios años. Segundo, el respaldo del gobierno federal durante la presente administración ha sido contundente: le rebajó derechos, le ha otorgado transferencias extraordinarias, se cubre con gasto federal vía la Secretaría de Energía inversiones del sector, y da su respaldo explícito a la empresa productiva del estado ante inversionistas.

Es importante señalar que este trato privilegiado a PEMEX de la administración del Presidente López Obrador, contrasta con la austeridad que priva en amplios sectores de la administración pública federal. Cosa de ver los presupuestos en salud o educación, o incluso las medidas que se tomaron en los peores momentos de la pandemia. Más allá de la disciplina financiera, muy bienvenida, se ha vivido una frugalidad que ha implicado costos importantes para amplios sectores de la población. PEMEX es harina de otro costal.    

Lejos de un espíritu festivo, los últimos días han traído malas noticias para la empresa productiva del estado. Primero, Moody’s bajó la calificación de su deuda financiera. Segundo, el ofrecer una tasa atractiva no fue suficiente para que la colocación de bonos atrajera muchos inversionistas. Algo no está bien. Bueno, quizá son varias cosas. En mi opinión al menos tres.

En primer lugar, PEMEX tiene enormes pasivos. La definición amplia, incluyendo los pasivos a proveedores y la reserva para cumplir los beneficios a empleados (pasivos contingentes), sobrepasan los cuatro billones de Pesos, casi el doble de sus activos reconocidos*. Se agradece la transparencia, particularmente reconocer los onerosos pasivos laborales, solo que con pasivos rondando 15% del PIB, los riesgos son grandes.

Segundo, es fecha que PEMEX no ha logrado presentar un “plan de negocio” medianamente convincente. Varias de sus actividades son rentables, pero los subsidios a otras muy deficitarias dañan profundamente al conjunto. Proyectos como Dos Bocas, donde las corridas financieras nunca han sido presentadas, afectan más la confianza y muestran alta opacidad en las decisiones. 

Tercero, la transición energética vuelve riesgosos los proyectos de hidrocarburos y los rendimientos de la industria en un mediano y largo plazo. Casi nadie cuestiona la llegada masiva de autos eléctricos y menor refinación de gasolinas y diésel en el mundo. Las preguntas relevantes son cuándo va a ocurrir y a qué velocidad desplazaría a los motores de combustión interna. Esto no implica que el petróleo ya no se usaría, solo que sí sería menos importante. Tampoco que la renta petrolera en los siguientes veinte años sea irrelevante, la cuestión es que necesita una administración mejor planeada.

Para la discusión pensemos en cuatro escenarios. Escenario “mundo rosa”, los precios de la mezcla mexicana siguen altos y PEMEX logra aumentar considerablemente su producción de petróleo. Los escenarios intermedios, los precios bajan de manera importante** y PEMEX logra aumentar considerablemente su producción de petróleo, o bien PEMEX mantiene la producción actual de petróleo y los precios de la mezcla mexicana se mantienen bastante altos. Escenario “terca realidad”, los precios bajan de manera importante y PEMEX mantiene la producción actual de petróleo.

En el primer escenario, pudiera haber una pérdida de renta petrolera importante para las arcas públicas, de cualquier forma, la empresa lograría sobrevivir con todos sus desórdenes. En los escenarios dos y tres la sobrevivencia de largo plazo está sujeta a una reestructuración y priorización de funciones de alto valor agregado. El cuarto escenario mete a PEMEX en una quiebra técnica, su permanencia quedaría condicionada a transferencias gubernamentales cada vez mayores.

Para la próxima administración el asunto se vuelve sumamente riesgoso. Un gasto público en pensiones que absorbe cada vez más espacio fiscal y un servicio de la deuda mayor al pronosticado hace unos meses, deja el próximo sexenio con muy poco margen de maniobra***. Lo último que el próximo gobierno necesita es otro boquete fiscal. El de la empresa productiva del estado puede ser enorme y transmitir riesgos.

Las definiciones de PEMEX, son varias. Una de ellas de carácter muy elemental consiste en dejar de ver a la empresa como símbolo patrio y tratarla como una empresa pública de gran envergadura, que merece una administración profesional. La empresa debe tener objetivos claros, métricas que evalúen desempeño y una regulación moderna.     

Otra, que parecía ya superada, y no lo está, insistir que la “renta petrolera” no es de la empresa, pertenece a la sociedad. PEMEX merece un trato fiscal justo y competitivo en referencia a las prácticas internacionales. Un mito alimentado durante mucho tiempo es que la petrolera era saqueada y pagaba una carga descomunal en impuestos. Dicha aseveración merece una revisión muy a fondo. El que sus pensiones sean al menos parcialmente cubiertas por gasto corriente federal y que gran parte de sus inversiones las pague el gobierno, termina dándole fuertes ventajas fiscales.

Muy relacionado al punto anterior, PEMEX necesita una contabilidad más “honesta”. Su relación actual en Ley de Ingresos de la Federación (LIF) y Presupuesto de Egresos de la Federación se ha prestado a poca claridad y a que muchos problemas de la empresa no reciban atención pública. Para hacer la historia más bizarra, en algunos periodos estos ajustes se fomentaron desde la Secretaría de Hacienda. Los endeudamientos en la empresa son poco regulados por la Ley Federal de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria (LFPRH), por ende, una alta carga fiscal por un lado y regresarle vía otros rubros, podía maquillar requerimientos financieros del gobierno. Todo eso debe cambiar.

La más polémica de las definiciones es dividir PEMEX en varias empresas públicas. Al menos exploración y producción con respecto a refinación podrían quedar separadas. Se debe analizar a fondo el diseño ideal para comercialización y logística. Exploración y producción es (muy) rentable. La empresa que se quede con ellas puede absorber gran parte de la deuda financiera y ser vista de manera benigna por los mercados. Sus objetivos de producción serían monitoreados de forma diáfana y la negociación de los derechos que pagaría estar alineados a objetivos claros. Para la sociedad resultaría más transparente el monto de la renta petrolera.    

Refinación pierde mucho dinero. Quizá, al menos por un tiempo, esto tenga algo de inevitable. De cualquier manera, una empresa pública especializada presentaría algunas ventajas potenciales. La primera de ellas sería un subsidio público más claro y con el diseño correcto, acotado. Segundo, los subsidios podrían estar sujetos a una serie de objetivos ambientales. De esta manera además de los costos financieros, los costos sociales y las externalidades que produce la refinación, se considerarían a la hora de hacer política pública.

Las definiciones en PEMEX implican lidiar con una economía política muy complicada. Permanecer en la ambigüedad es riesgoso para el sistema fiscal, la economía y el país, también nos puede resultar muy caro.