Meritocracia académica

06-10-2021 08:41

 Alejandro Magno, Julio César y Napoleón observan desde el más allá un desfile militar de la antigua Unión Soviética en la Plaza Roja.

“¡Si hubiera tenido los tanques soviéticos, habría sido invencible!”, dice Alejandro.

“¡Si hubiera tenido los aviones soviéticos, habría conquistado el mundo!”, dice César.

“Si yo yo hubiera tenido Pravda [el principal periódico soviético], el mundo nunca se habría enterado de lo que ocurrió en Waterloo”, dice Napoleón.

En este chiste de la era de Stalin el más optimista de los tres estrategas militares es el general Bonaparte. A la larga, ninguna narrativa es capaz de ir contra los hechos.

El asunto viene a cuento por las acusaciones de delincuencia organizada que intentó poner en marcha la Fiscalía General de la República contra un grupo de funcionarios-académicos del Foro Consultivo Científico y Tecnológico del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, y que han sucitado una discusión con historias extremas, que van de la santificación de los científicos hasta su crucifixión por ladrones.

Más allá de la persecusión política y la debida rendición de cuentas, un asunto que debe abordarse más allá de los cuentos miopes es hasta qué punto las instituciones de educación superior, y por extensión la actividad especializada en la generación de conocimiento, se sustenta en una meritocracia basada en el talento y el esfuerzo que contribuye al bien común, o hasta qué punto estamos en presencia de un grupo que excluye a otros de sus filas para preservar privilegios que, aunque puedan ser legales, en poco contribuyen al bienestar general.

A nivel internacional y local, hay una vasta literatura que habla de las bondades de la universidad a partir de su deber ser, el cual, si se materializa, no sólo produce una considerable movilidad social individual sino toda suerte de efectos benéficos para la sociedad, desde su progreso económico hasta su convivencia armónica.

Menos frecuentes son los análisis factuales del tipo realizado para la sociedad estadounidense por Michael Sandel en su libro “La tiranía del mérito”, que desmantelan la pretensión de que los individuos logran con esfuerzo propio lo que las instituciones de educación superior venden como “éxito académico”. 

Si Sandel tuviera que responder a la pregunta de si las universidades mexicanas promueven el bien común y la justicia su respuesta, acorde a lo que encontró para los Estados Unidos, sería que no, pues simplemente sirven de filtro académico a favor de los aventajados, consolidan sus privilegios, reproducen desigualdades sociales, justifican méritos que no son tales, credencializan más que preparar, tienden redes sociales para los poderosos, estigmatizan a los no preparados, premian y honran el talento inmerecido, y fomentan el resentimiento de los excluídos de sus filas.

Cómo parte de su evidencia podría mostrar que más de la mitad de los lugares en las instituciones de educación superior en México, ya sea públicas o privadas, son acaparados por los hijos de menos del 20% de las familias, las de mayor nivel educativo de los padres, según la Encuesta de Ingresos y Gastos de los Hogares. También podría mostrar que, según el Centro de Estudios Espinosa Yglesias, la mayor parte de la considerable desigualdad de oportunidades socioeconómicas que alimenta y proviene del sistema educativo está asociada a las diferencias de riqueza.

Ciertamente, una narrativa fácil de los hallazgos de Sandel caería en generalizaciones injustas, de manera que lo que se requiere es reunir evidencia puntual de la contribución de cada universidad, o cada comunidad generadora de conocimiento, a la movilidad social individual y al bienestar social.

Este tipo de hechos nos permitirían ver los innegables problemas tras lo que hoy se nos presenta como la meritocracia académica.