La olla de presión de inicio de año

13-01-2021 08:21

Si 2020 fue un año que rápidamente elevó la temperatura económica y política de la vida pública con el avance implacable de la pandemia de COVID-19 y sus secuelas, el 2021 comienza como una olla de presión que pone al límite de su resistencia la institucionalidad democrática.

En los Estados Unidos, el sobrecalentamiento de los ánimos políticos ya ha conducido a una ruptura de la civilidad política. En México, en contraste, esa presión puede llegar a disiparse, aunque no sin algunos costos institucionales.

En nuestro vecino del norte, el súbito debilitamiento de la economía atribuible a la pandemia dejó sin uno de los soportes más sólidos la campaña del presidente Trump para ser reelegido. Su cuestionable manejo de la emergencia sanitaria,  y el tardío anuncio de una vacuna terminó por derribar sus posibilidades de triunfo.

Privado de sus principales logros y de conservar su poder, Trump, un presidente refractario a reconocer errores y a ceder el centro de la atención política, ha instigado a sus seguidores a inconformarse con la “fraudulenta” derrota electoral y a mostrar su fuerza. El resultado ha sido el asalto al Capitolio, un desafío violento a la institucionalidad democrática estadounidense.

México enfrenta algunos desafíos económicos y políticos similares a los de los Estados Unidos, pero su realidad particular los procesa de forma diferente conduciendo a distintos resultados. Sin embargo, en lo fundamental, las dificultades de un menor crecimiento económico y la incapacidad gubernamental para mostrar resultados en la adversidad ejercerán una fuerte presión política.

Para empezar, la contracción económica del país está arrojando a la pobreza a un gran número de personas antes pertenecientes a la clase media. Estas están siendo inadecuadamente atendidas por la conservadora política económica del régimen, que ha colocado a la austeridad al servicio de los proyectos presidenciales.

Por otra parte, el fracaso en la contención de la pandemia, con un repunte de contagios y muertes cada vez más alarmante, está acercando a un número creciente de personas el dramatismo de una capacidad hospitalaria rebasada y la falta de respuestas oportunas de la autoridad.

La economía y el COVID-19, además de los retos que ya enfrentaba el país en otros ámbitos, y que no han sido superados, se han traducido en la reprobación de las políticas públicas y la capacidad de gobernar de la presente administración aunque, hay que decirlo, no de la popularidad misma del presidente López Obrador.

Llegar a las elecciones intermedias con una economía maltrecha y una gran carga de enfermedad y muertes representa una fuerte presión política para el partido gobernante, pero ante ella tiene tres válvulas de escape: las transferencias de efectivo, la vacuna para el SARS-CoV-2 y la debilidad de la oposición.

El gobierno puede regular directamente el alivio que representan las primeras dos, y ya lo está haciendo. Por ejemplo, se han incrementado 15% las becas del programa Jóvenes Construyendo el Futuro y se está previendo elevar la vacunación a casi medio millón de personas por semana, probablemente recurriendo a vacunas rusas y chinas.

En cuanto a la tercera, AMLO continua su lucha contra los órganos autónomos, particularmente el INE y el IFAI, con lo que amenza limitar severamente distintos instrumentos al servicio de los ciudadanos que también pueden ser  utilizados en la lucha política, como la restricción de la propaganda gubernamental y el acceso a la información pública.

En México debe tranquilizar que la confrontación partidista difícilmente derivará en violencia como la vista en los Estados Unidos. Sin embargo, es preocupante que ésta no parezca alimentar un mejor ejercicio de gobierno.