Elecciones intermedias y decisiones divididas

02-06-2021 07:31

El peso del fracaso acumulado de los gobiernos anteriores aún es un factor determinante del ánimo con que los electores se acercarán a las urnas para evaluar el fiasco en que se ha convertido la actual administración. Comparar la violencia, la carencia de bienestar y la corrupción de los últimos lustros con las que hoy persisten es un ejercicio complicado para el ciudadano que no quiere un regreso al pasado y no ve un futuro medianamente inteligible.

Esta tarea es sencilla para quien convierte su voto en simple expresión de fidelidad al líder político en turno o de mero desdén a las condiciones que hicieron posible tal liderazgo, pero será el ciudadano que medite su voto el que decida el balance final de la próxima elección.

El nombre de Andrés Manuel López Obrador no estará en las boletas electorales el 6 de junio, pero será difícil separarlo mentalmente de ellas cuando el partido oficial no se ha cansado de presentar a sus candidatos como correa de transmisión de los deseos presidenciales. Tampoco estará en la boleta el nombre de algún expresidente, pero habrá que asociar a una buena parte de los candidatos opositores con la historia de promesas incumplidas de los gobiernos pasados, que derivaron en inseguridad, carencias sociales e impunidad crecientes. Este ejercicio evitará un voto ingenuo.

La dimensión del bienestar social y económico ilustra la difícil evaluación del votante indeciso. Desde la primera vez que López  Obrador apareció en la boleta electoral como candidato a la presidencia hasta que obtuvo el triunfo, la esperanza de vida de los mexicanos se redujo más de tres meses y medio, el año adicional de escolaridad promedio que se obtuvo no mejoró el desempeño educativo y se agregaron a la pobreza de ingreso cerca de seis millones y medio de personas.

En ese periodo se deterioraron las condiciones económicas de la gran mayoría de los mexicanos, excepto del 1% de la población más rica. Condiciones así explican el deseo de favorecer electoralmente un cambio profundo, o al menos a aquellos que lo prometen.

Por otra parte, tras el año más reciente de la actual administración, es posible que la esperanza de vida disminuya un año, la escolaridad prevista para las actuales generaciones se desplome más de medio año y se sumen a la pobreza cerca de cinco millones de personas. Adicionalmente, la enorme desigualdad, al menos la de los ingresos laborales, ha permanecido inalterada.

Ciertamente la pandemia representa un factor inesperado en estos resultados, pero también contribuyen a ellos las deficientes políticas sanitaria, social y económica en manos de las autoridades. Esto sin duda, es un elemento para meter freno a una transformación de grandes pretensiones, pero igualmente de enormes fallas.

Rara vez el voto reflexionado se decide por un solo elemento. No es sólo una cuestión de hacer contrapeso al poder de un partido o coalición mediante el voto útil, de dar viabilidad a un proyecto político aún fraguándose, de castigar a gobernantes del presente o del pasado, o de simplemente encontrar al mejor candidato o al menos malo.

En este sentido, la peor recomendación es votar en bloque por un partido o coalición. Bajo estas consideraciones, lo más sensato es que cada ciudadano, que no es parte del voto duro a favor o en contra de algún grupo político, divida las decisiones electorales a su alcance, con plena consciencia de a quién esta eligiendo y del mensaje que está mandando a quienes pretenden gobernarlo.