La felicidad en tiempos del Mundial
En cada Copa del Mundo conviene no confundir la emoción con el bienestar. Un evento así eleva los ánimos de quienes se involucran en él, pero su efecto sobre el bienestar es poco significativo y pasajero. Al final, las fuentes duraderas de la felicidad o el malestar quedan intactas. En el caso de México, un Mundial no mejora elementos clave como la sensación de libertad para decidir sobre la vida propia ni la percepción de inseguridad de los ciudadanos, aunque sí distrae de la marcha de la economía, los deficientes servicios públicos y el crecimiento de la corrupción.
La Copa del Mundo es, ante todo, una máquina de alegrías y decepciones intensas y perecederas. En la investigación "National Well-Being and International Sports Events", publicada en el Journal of Economic Psychology, los autores muestran que ser sede de un evento como el Mundial eleva la satisfacción con la vida de las personas, pero este efecto es pequeño, desaparece en un par de meses y se concentra en los verdaderos aficionados, no en el entusiasta ocasional. Lo mismo ocurre con los triunfos y fracasos de la selección propia, aunque de forma más reducida y fugaz.
El bienestar subjetivo de los mexicanos se sostiene principalmente —en orden de importancia y según datos del INEGI— en la percepción de la libertad para decidir sobre la propia vida, en qué tan adecuada consideran que es su vivienda, en la calidad percibida de las relaciones familiares y en qué tan a gusto se sienten con su actividad principal. En cambio, lo que los mantiene insatisfechos es la esfera pública nacional y local: en primer lugar, la inseguridad, y luego la falta de servicios, la marcha de la economía y la situación política.
Algunos estudios muestran que la Copa del Mundo mejora temporalmente las relaciones familiares al reunir a las personas frente al partido, así como la percepción del país al enorgullecerse de ser sede y de los triunfos del equipo anfitrión. Sin embargo, también se han documentado efectos adversos sobre la seguridad ciudadana, pues suele aumentar la violencia doméstica y pública ante las derrotas de la selección nacional. Otros elementos clave, como la autonomía personal o los logros percibidos en la vida, no se ven afectados.
Mientras dura el Mundial, sus efectos positivos y negativos sobre el bienestar subjetivo se desarrollan, pero sobre todo distrae de una economía con perspectivas de estancamiento, de una actividad cada vez más extensa del crimen organizado y de una clase política corrupta que lo protege. Una vez eliminada la selección mexicana, migrado el evento a los Estados Unidos y coronado el campeón del mundo, estos problemas retornarán con más fuerza a la agenda nacional y se traducirán en costos políticos inevitables.
Quizás el único legado duradero del torneo no será lo que ocurrió, sino la memoria que tendremos de él. Como escribió Gabriel García Márquez, "la vida no es como la vivimos, sino como la recordamos". El Mundial pasará; la memoria de una selección nacional casi invicta, de la calle vestida de verde y la ilusión compartida del ¿Y si sí? permanecerá. Y en esa memoria —selectiva, feliz, inevitablemente tramposa— los problemas que no se resolvieron habrán desaparecido de escena, al menos por el tiempo que impida la nostalgia pagar la factura.