Propósitos comunes

10-06-2021 08:40

El pasado 6 de junio nuestro país experimentó un ejercicio democrático que a todos nos ilusiona.

Sobre sus resultados existen diversos ángulos que especialistas en análisis político y electoral han ofrecido a lo largo de estos días. De todos ellos, me quedo con dos apuntes que hizo Alejandro Poiré, decano de la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno, en sus redes sociales. El primero de ellos es que: “Estamos ante el fin de la pesadilla autoritaria. Lo que sigue es […] empezar a discutir los problemas y cómo resolverlos.”

El segundo se refiere a la burda marejada de memes y bromas con respecto a los resultados en CDMX, los cuales según Poiré son “trampas del clasismo […] que ofenden a una ciudadanía que dio muestra de talento cívico.”

Confieso que no suelo coincidir con los análisis de Carlos Loret de Mola, pero su columna dio en el clavo en referencia a la insidia que plantea de forma consiste el presidente para polarizar a la ciudadanía, y reducir así los espacios de confianza colectiva para concentrarlos solo en su figura y la simbología que él busca proyectar. En el juego de la división, será sumamente complicado vencer a la narrativa oficial en los comicios siguientes. No en balde, el mismo Poiré ha mencionado que “[…] si el PAN cree que tendrá vocación mayoritaria con una agenda esencialmente conservadora, se llevará una gran sorpresa.”

Esa es la gran oportunidad que existe hacia 2024. Las elecciones hicieron palpable que no solo la CDMX es diversa; también lo es el resto del territorio nacional. Pero vale la pena recordar que esa misma pluralidad eleva el reto de formular políticas públicas que: a) ayuden a los 50.4 millones de mexicanos a los que no les alcanza para pagar la canasta básica; b) solidifiquen la estabilidad de los ingresos de los individuos que salen de la pobreza pero que tienden a volver a ella; y, c) que no caigan en la peligrosa tentación de “piso parejo, pero hacia abajo” que asoma la política económica actual.    

Este ambicioso objetivo no tiene cabida en un escenario de división, de inquina social que evidencia la falta de empatía y tolerancia. Una postura desde una torre de marfil que proclama la cultura de meritocracia como válida a lo largo de todo el espectro social en México no es útil para solventar los desafíos a los que nos enfrentamos como sociedad.

La movilidad social no está al alcance de la misma forma para una persona que vive en Chihuahua que para otra que vive en Oaxaca, por ejemplo. Además, esa división escapa el ámbito social y se reproduce con mayor auge en la órbita rural, de pertenencia a una etnia y de género. La receta unidimensional y de apoyos generalizados que la política social federal actual ha implementado ha sido un fracaso y exacerbado diversas brechas precisamente porque no es capaz de reconocer el balance requerido para hacer “el pastel” más grande y poder asignar “rebanadas” suficientes a todos los habitantes.

En su columna de El Heraldo de México, publicada un día antes de los comicios del domingo, Poiré adelantaba que el poder del presidente no sería igual al que ejerció desde el 2 de julio de 2018. Y al final advierte sobre lo que la oposición debió haber evitado en su momento para favorecerlo: la aprobación de la revocación del mandato.

El ejercicio del domingo pasado nos demuestra que a pesar de tres años de decisiones infundadas y con perjuicios tangibles para los mexicanos, la aspiración por ser un mejor país está más viva que nunca. El domingo una gran mayoría cumplió su deber cívico. Toca ahora quitarle otro grado de libertad a la estrategia oficial de divide et impera y reconozcamos con sensibilidad y propósitos comunes que navegamos las mismas aguas, pero en distintos barcos.