La factura de la reindustrialización

La reindustrialización no solo necesita fábricas, subsidios y aranceles, también capital para financiarlas y energía para hacerlas funcionar. Y ambas se encarecieron este verano, señal de cuánto puede costar seguir fabricando.
25 Agosto, 2026
Industria de la información (Imagen: Pexels)
Industria de la información (Imagen: Pexels)

Tres datos de la semana pasada parecen contar historias distintas: La manufactura estadounidense muestra señales de fortaleza; pero el rendimiento del bono del Tesoro a treinta años superó 5.33%; y el margen de refinación del diésel rebasó por primera vez los cien dólares por barril. En realidad, los tres hablan de lo mismo. Estados Unidos quiere producir más en casa, pero dos insumos indispensables para hacerlo —capital y energía— se están encareciendo.

Tanto el índice Empire State Manufacturing, de la Reserva Federal de Nueva York, como el dato de producción industrial mostraron avances. En el primer caso, el índice subió en agosto a 20.6 puntos, su nivel más alto en más de cuatro años. Pero aparecen también señales menos cómodas. Los tiempos de entrega se alargaron considerablemente, los precios pagados por las empresas aceleraron su aumento y los precios recibidos moderaron el suyo. La actividad aumenta, pero también lo hacen algunas de las presiones sobre sus costos. Por su parte, la producción industrial, en este caso de julio, creció 1.1% anual, con la manufactura arriba 1.2%. Pero la capacidad utilizada se mantuvo en 76.3%, por debajo de su promedio histórico. 

Si la industria no está topada por sus límites físicos, ¿qué está limitando entonces su expansión? Los siguientes dos datos tienen la respuesta:

El rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a treinta años superó 5.33%, uno de sus niveles más altos desde antes de la crisis financiera global. A primera vista podría interpretarse como una señal de que los inversionistas esperan más inflación. Sin embargo, la inflación implícita en los rendimientos (breakevens) se mantiene relativamente estable. Este nivel más bien refleja una mayor compensación por mantener deuda de muy largo plazo en un entorno de déficits fiscales elevados, creciente oferta de bonos y mayor competencia por el capital.

El problema es, en parte, de oferta y demanda de financiamiento. Estados Unidos necesita emitir cada vez más deuda para cubrir déficits elevados, mientras algunos de sus grandes compradores extranjeros han reducido sus tenencias. Si el Tesoro tiene que colocar más bonos entre inversionistas que exigen una mayor compensación para absorberlos, el precio cae y el rendimiento sube. Las razones detrás de cada movimiento son diversas, pero la dirección general es clara: financiarse a largo plazo se ha vuelto más caro.

Aquí aparece una contradicción para la política industrial estadounidense. La estrategia de reindustrialización se apoya en aranceles, subsidios, créditos fiscales e incentivos para producir dentro del país. Buena parte de ese esfuerzo termina reflejándose, directa o indirectamente, en las cuentas fiscales. Es decir, la política que busca atraer fábricas y elevar la inversión productiva depende en parte del mismo mercado de deuda que ahora exige una mayor rentabilidad para financiar al gobierno. La política industrial, en cierto sentido, se encarece a sí misma.

El tercer dato completa el cuadro. El margen de refinación del diésel alcanzó 102.20 dólares por barril el 17 de agosto, un máximo histórico. Las razones están principalmente del lado de la oferta: capacidad de refinación rusa fuera de operación, interrupciones en el Estrecho de Ormúz y niveles reducidos de inventarios de destilados. El diésel no es simplemente otro componente de la canasta de consumo. Es un insumo central del transporte de mercancías, la agricultura, la construcción y buena parte de la actividad industrial. Cuando sube su precio, aumenta el costo de mover prácticamente todo a lo largo de una cadena de suministro.

Esto ayuda a explicar por qué las empresas encuestadas por la Reserva Federal de Nueva York reportan simultáneamente mayores precios de insumos y una menor aceleración de los precios que reciben por sus productos. El dato macroeconómico y la experiencia empresarial están describiendo el mismo fenómeno: la actividad se fortalece al mismo tiempo que aumenta el costo de sostenerla.

Nada de esto significa que la recuperación manufacturera sea un espejismo. La producción industrial lleva dos meses al alza. La manufactura, excluyendo automóviles, creció 0.4% y la producción de equipo para negocios aumentó 0.8%, impulsada en buena medida por equipos de procesamiento de información. Hay inversión real, particularmente en la infraestructura vinculada con inteligencia artificial y centros de datos. El problema no es si Estados Unidos puede producir más, sino cuánto costará sostener ese proceso.

Una reindustrialización necesita algo más que fábricas, subsidios y aranceles. Necesita capital para financiarlas y energía para hacerlas funcionar y mover lo que producen. La manufactura estadounidense puede seguir avanzando, pero este verano ambos insumos se encarecieron. El repunte industrial no contradice lo que están diciendo los mercados de bonos y de energía: ayuda a entender por qué sostenerlo será cada vez más costoso.

Un índice de producción mide lo que ya se fabricó. El rendimiento de un bono a treinta años y el precio de la energía dicen algo distinto: cuánto puede costar seguir fabricando. En una economía empeñada en reindustrializarse, conviene mirar ambos antes de celebrar el titular.

Delia Paredes Mier Delia Paredes Mier Delia Paredes apoya la toma de decisiones a inversionistas internacionales, líderes empresariales y gestores de activos a través del análisis económico desde hace casi 20 años. Es consultora independiente y docente en la Universidad Anáhuac y en el Tec de Monterrey. Miembro del Comité de Estudios Económicos en el Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas (IMEF) y del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI). Delia Paredes es Maestra en Economía por la London School of Economics (LSE).