Banxico se equivocó: ¿qué sigue?
El 26 de marzo, la Junta de Gobierno del Banco de México (Banxico) recortó 25 puntos base su tasa de referencia —el objetivo operacional de la tasa interbancaria a un día— y la llevó a 6.75%. El recorte debilitó el ancla nominal.
Algunos analistas celebran haber anticipado el movimiento, pero el mérito es relativo: desde 2022 el banco central ha venido ofreciendo una guía prospectiva (guía futura) sobre la dirección de sus siguientes pasos. Banxico la introdujo en el anuncio del 12 de mayo de 2022 y la reiteró en comunicados e informes posteriores. Aun así, ya hubo al menos dos episodios recientes en los que sorprendió al mercado al apartarse de su propia guía —o del consenso—: el 8 de agosto de 2024 y el 5 de febrero de este año.
La guía prospectiva ha servido para ordenar apuestas de corto plazo. Punto. Cuando se trata de anclar expectativas de inflación, no alcanza. Y cuando el propio banco central se aparta de su guía —o la usa como muleta—, el mensaje que deja es que la comunicación va por un lado y la realidad por otro.
La Encuesta de Expectativas de Citi (20 de marzo) lo mostró con claridad: la guía ya no coordinó al mercado. 14 de 37 analistas esperaban el recorte; 23 no. De estos últimos, 17 apostaban por una pausa en marzo y un recorte hasta mayo, y 6 por una pausa en marzo y mayo, con un recorte hasta junio. Banxico habló, pero no convenció.
Las principales razones por las que el consenso esperaba una pausa en marzo —pese a la guía prospectiva— fueron varias:
- Aunque Banxico anticipó que la inflación repuntaría al inicio del año —por choques como el aumento al salario mínimo, la entrada en vigor de los “impuestos saludables” y aranceles a importaciones de países asiáticos—, en febrero revisó al alza de forma significativa sus pronósticos. En ellos pospuso la convergencia a 3% del tercer trimestre de 2026 al segundo trimestre de 2027. El propio banco central reconoció en más de una ocasión que los analistas no creían sus proyecciones y que el ajuste buscaba hacerlas más realistas y cercanas a lo que reflejan las encuestas;
- El dato de inflación de la primera quincena de febrero mostró un repunte fuerte de la inflación general y de la subyacente, por encima de 4%. Eso llevó a muchos analistas a considerar con una alta probabilidad una pausa, especialmente ante la evidencia de que Banxico tendría que volver a revisar sus pronósticos del primer trimestre;
- La pausa de febrero tampoco había sido anticipada del todo, incluso considerando la guía prospectiva; y
- Las reiteradas declaraciones de algunos integrantes de la Junta de Gobierno en el sentido de que existe margen para seguir recortando sin comprometer la meta de inflación.
Con ese contexto, el recorte sorprendió a la mayoría. Y a partir de ahí, Banxico se metió en un problema que él mismo construyó: mantiene —desde el repunte inflacionario de 2020— un balance de riesgos sesgado al alza y, aun así, recorta. Para rematar, crece la lectura de que los recortes buscan abaratar el costo financiero de la deuda pública; es decir, dominancia fiscal. Esa percepción es veneno para la credibilidad de un banco central autónomo con un mandato único de proteger el poder adquisitivo, entendido como una inflación que converja y se consolide en torno a 3%.
Todo lo anterior echó por la borda los argumentos que el propio Banco de México expuso en su decisión del 5 de febrero y en su último Informe Trimestral, presentado el 26 de ese mismo mes.
El primer argumento del banco central es la supuesta transitoriedad de los choques inflacionarios asociados al aumento del salario mínimo, los “impuestos saludables” y los aranceles a importaciones de países asiáticos: un efecto de una sola vez en el nivel de precios, sin efectos indirectos (o de “segundo orden”) sobre la inflación. Sin embargo, los datos del primer trimestre sugieren que esa transitoriedad ha sido más prolongada de lo previsto. Además, la elevada inflación en mercancías alimenticias dentro del subíndice subyacente, algunos indicadores de remuneraciones en manufacturas y los resultados de negociaciones salariales, junto con la persistencia de la inflación subyacente en 2025 y el deterioro de expectativas en encuestas, apuntan a efectos de segundo orden que, en teoría, no deberían aparecer. Pero sí están ocurriendo.
El segundo argumento sostiene que la postura restrictiva previa seguiría ayudando a reducir presiones inflacionarias y que, además, la debilidad de la economía y la apreciación del peso moderarían el ritmo de aumento de precios. El problema es que, durante el segundo semestre de 2024 y, especialmente a lo largo de 2025, esos factores —presumiblemente desinflacionarios— estuvieron presentes y, aun así, la inflación general mostró rigidez en niveles cercanos a 4%. El caso más claro ha sido el del subíndice subyacente.
Para colmo, la tasa de interés real ex-ante de corto plazo se mantiene desde noviembre de 2025 dentro del intervalo de estimación de la tasa de interés real neutral. Ese intervalo existe porque la tasa neutral no es una variable observable y su estimación está sujeta a cierto grado de incertidumbre. Así, desde un punto de vista estadístico, no es posible rechazar la hipótesis de que la postura monetaria ya sea acomodaticia y esté facilitando que choques de oferta —supuestamente transitorios— tengan efectos de segundo orden. Bajo esa óptica, la afirmación de que “la política monetaria sigue en terreno restrictivo” sólo porque la tasa real ex-ante no ha caído al punto medio del intervalo (2.7%) es un argumento débil: estar dentro del rango ya cambia la lectura de la postura monetaria.
La combinación de recortes y el deterioro de expectativas de inflación de corto plazo es, sin rodeos, más relajamiento monetario. Y si —como el propio Banxico repite una y otra vez— la política monetaria opera con rezagos, lo cual es cierto, entonces está sembrando hoy presiones inflacionarias para mañana.
Desde noviembre de 2025, la tasa real ex-ante de corto plazo debió volver a terreno claramente restrictivo (por encima del límite superior de 3.6% del intervalo de la tasa neutral). O incluso antes: desde finales de 2024, cuando la inflación subyacente ya exhibía persistencia en promedios cercanos o por encima de 4%.
Banxico se ganó a pulso la pérdida de credibilidad y las críticas que hoy enfrenta. Recortar en marzo, después de revisar al alza sus pronósticos de inflación y de posponer la convergencia a la meta en febrero, fue una imprudencia . Hacerlo con datos de inflación y expectativas de inflación posteriores que los que justificaron la pausa de febrero, ya agravó la pérdida de credibilidad.
Quienes defienden —o tratan de justificar— el recorte son minoría frente al grupo de analistas que esperaba una pausa y que hoy cuestiona la decisión.
La urgencia de replantear la instrumentación de la política monetaria
Desde la pandemia, Banxico ha tratado la inflación como una cadena o sucesión de choques de oferta “externos” y transitorios, como si la política monetaria sólo pudiera mirar. Pero su guía prospectiva y sus pronósticos no han anclado expectativas: han normalizado la desviación y han permitido que los choques se transmitan al resto de los precios. El resultado está a la vista: más persistencia inflacionaria y menos credibilidad.
La experiencia acumulada desde marzo de 2020 sugiere que el esquema de objetivos de inflación basado en pronósticos —adoptado en 2018— ha terminado por restarle credibilidad al compromiso del Banco de México con la estabilidad de precios.
Lo he señalado antes: la guía futura de tasas, vigente desde 2022, le resta flexibilidad al banco central para reaccionar ante los nuevos datos. Las revisiones frecuentes de pronósticos elevan el riesgo de “empujar” al alza las expectativas de inflación, justo lo contrario de lo que la comunicación de Banxico debería lograr.
Un régimen de objetivos de inflación basado en pronósticos no puede operar bien si esos pronósticos se reescriben una y otra vez con la nueva información, sin una guía prospectiva actualizada y sin una respuesta de política monetaria congruente con la trayectoria observada de los precios y las expectativas de inflación.
Cuando la inflación observada —o las expectativas— se desvían de los pronósticos del banco central, éste debe responder: ajustando la tasa de referencia o, al menos, corrigiendo su guía prospectiva. Limitarse a actualizar pronósticos ha resultado insuficiente y, en algunos episodios, contraproducente. Si Banxico no puede ser más proactivo y congruente con este esquema, entonces debería replantearlo de fondo.
Ahora se dice implícitamente que habrá una última baja adicional de la tasa de referencia para concluir el ciclo de recortes. ¿Por qué? En mi opinión, lo prudente sería eliminar ya la guía prospectiva. Así, los resultados de las encuestas sobre dirección y magnitud de movimientos en la tasa de referencia reflejarían mejor lo que mercado y analistas consideran apropiado, según la dinámica de la inflación y la convergencia a 3% en un plazo razonable. En ese escenario, le tocaría al banco central explicar —con argumentos claros y convincentes— por qué sus decisiones se apartan de lo que el mercado considera adecuado. De lo contrario, las encuestas seguirán replicando la guía, independientemente de si los analistas la ven congruente con sus propias expectativas de inflación y con una postura monetaria creíble.
Con esos cambios, una desviación del banco central respecto de las expectativas del mercado —cuando éstas no estén inducidas por una guía futura— enviaría una señal poderosa sobre su lectura del panorama inflacionario. No está exento de riesgos, pero también obligaría a que las expectativas de tasas sean más coherentes con las expectativas de inflación.
La comunicación del banco central no puede reducirse a guías prospectivas y publicación de pronósticos, sobre todo cuando la economía enfrenta choques amenazan con desestabilizar expectativas de inflación. Al final, la fijación de precios y salarios depende en buena medida de lo que empresas y hogares esperan que ocurra con la inflación. Si Banxico quiere recuperar credibilidad, su comunicación debe volver a anclar expectativas en una trayectoria congruente con la meta de 3%.
Si Banxico quiere recuperar su erosionada credibilidad, no necesita más frases cuidadas: necesita coherencia. Sin una reacción más firme ante desviaciones de inflación y sin una comunicación que deje de prometer lo que no sostiene, cada recorte se volverá una apuesta contra su propia meta.
Banxico debería plantearse eliminar su guía prospectiva y los pronósticos de inflación. Mucho ruido, pocas nueces, y mucho daño.