La cambiante incertidumbre

04-11-2020 07:09

Los Estados Unidos de América no pudo conocer quién sería su presidente por los próximos cuatro años al término del día de su votación, como fue posible hacerlo en otras elecciones.

Esta gran incertidumbre es mayor para el resto del mundo, y en particular para México, ante la perspectiva de que se mantenga un presidente frecuentemente impredecible o arribe un nuevo mandatario con un trato aún por conocer y al que habría que adaptarse.

De continuar en la presidencia Donald Trump, nada permite asegurar que sus acciones y políticas se mantendrán dentro de los laxos límites en los que se ha manejado. Un caprichoso presidente americano, ya liberado de la presión de reelegirse, podría actuar de formas más difíciles de anticipar que en el pasado, aún con un menor apoyo en el congreso. Ante ello, de poco o nada habrán valido los gestos complacientes del presidente López Obrador ante Trump para moderar su voluble parecer ante nuestro país.

Un triunfo de Biden canjea una volatilidad por otra. Mientras que ya se conocen algunas de las mutables predisposiciones de Trump, aún estarían por conocerse los estilos de Biden y su talante hacia México, en el cual habría que incorporar el escaso contacto con la diplomacia mexicana y la negativa del presidente López Obrador a tener un encuentro con él o representantes de alto nivel del partido demócrata. Biden podrá hacerse predecible con el tiempo, pero ello no necesariamente da seguridades a nuestro país.

En el largo plazo, ya sea con Trump o con Biden, los intereses de nuestro vecino impondrán condiciones a la debilitada sociedad mexicana, ya sea con ásperas demandas o con una férrea diplomacia. Nuevas exigencias comerciales, migratorias y de seguridad caerán sobre el gobierno mexicano. Estos reclamos se sumarían a los efectos del descontrol de la pandemia, a la crisis económica y la ineficacia para contener el crimen violento. Esto, sin embargo, no iguala las eventuales presidencias de Trump o de Biden.

 

En el largo plazo, ya sea con Trump o con Biden, los intereses de nuestro vecino impondrán condiciones a la debilitada sociedad mexicana, ya sea con ásperas demandas o con una férrea diplomacia

 

Mientras hay mucho que temer con la creciente frivolidad del actual mandatario estadounidense, el eventual ajuste a una presidencia demócrata convergería a limites más estrechos para la sorpresa. La variabilidad de la incertidumbre y su trayectoria no serían iguales con Trump o Biden, como tampoco serían lo mismo un estilo abrasivo e hiriente respecto a una respetuosa, aunque contundente, presión.

Tampoco los efectos indirectos sobre México serían los mismos. Una economía estadounidense bajo Trump, que acelera su paso junto con el de los efectos de la pandemia, puede conducir a un súbito y oneroso freno. Un ritmo más pausado de apertura de la actividad productiva, con Biden, puede significar sacrificios hoy para afianzar el crecimiento económico mañana. En ambos casos hay costos que pagar, aunque en plazos y momentos distintos.

La miopía puede conducir a preferir al malo conocido que al bueno por conocer, pero saber adaptarse al maltrato de Trump no lo hace menos destructivo ni limita su potencial explosión. Por otra parte, favorecer a Biden puede no cambiar mas que las formas de una difícil relación, aunque estas pueden ser las únicas ganancias disponible. Más que inclinarse por algún candidato, la diplomacia mexicana debió anticipar términos para un diálogo respetuoso con cualquier opción. No lo hizo.

No cabe en este momento consolarse con un trumpismo obradorista ni con la esperanza de un gobierno demócrata que contenga a AMLO. Aunque con distintas intensidades y recorridos, sea cual sea el resultado final de la elección norteamericana, a México le espera un difícil reto, para el que su gobierno parece haber preparado mal el camino y estar mal equipado.