Elon Musk y el arzobispo ¿Es el nearshoring un dulce envenenado?

La resaca de la noticia empieza a pasar y preocupaciones que parecían inicialmente infundadas respecto a la llegada de tan importante inversión, están tomando más visibilidad.
14 Marzo, 2023

A pesar de todos nuestros problemas y contra todo pronóstico, México hoy se encuentra en el centro de los reflectores mundiales, destacando como un gran destino de inversión global. Muestra de este reconocimiento es el anuncio de una inversión millonaria por parte del Sr. Elon Musk en nuestro país. ¿Es esto un reconocimiento tardío al gran potencial de nuestro país y de la fortaleza de nuestra economía? ¿O más bien, es que por primera vez en muchas décadas las estrellas se han alineado a nuestro favor colocándonos de frente a una oportunidad histórica? ¿No es demasiado bueno para ser verdad?

Hace dos semanas Tesla, el fabricante de autos eléctricos norteamericano, anunció que había decidido instalar su séptima gigafactory en Monterrey. Sin duda, una buena noticia tanto para esta ciudad como para México, país que en los últimos meses se ha posicionado, como un destino sumamente atractivo con capacidad de sustituir, al menos parcialmente, a China como fábrica global, en medio de un entorno internacional cada vez más complejo.

En este sentido, Tesla es un poderoso efecto demostración del potencial de México para el nearshoring, un modelo que busca ubicar los centros de producción más cerca de los centros de consumo, construyendo cadenas de valor más resilientes.

La resaca de la noticia empieza a pasar y preocupaciones que parecían inicialmente infundadas respecto a la llegada de tan importante inversión, están tomando más visibilidad. Entre todas las voces que llaman a moderar el optimismo, me resulta sumamente interesante la del arzobispo de Monterrey Rogelio Cabrera. En su mensaje dominical, el prelado dio la bienvenida a la armadora, sin embargo, hizo un llamado simultáneo al Gobierno del Estado a mejorar las vialidades, el transporte público, e inversiones en salud, y educación ante el inminente arribo de empleados y sus familias, lo cual sin duda presionará la infraestructura ya de por sí saturada de la Sultana del Norte.

El llamado del arzobispo se ubica en la misma línea que la objeción respecto al estrés que podría suponer la planta sobre el abasto de agua, la cual había sido levantada por Palacio Nacional previo al anuncio. Estas preocupaciones no son aisladas, también las comparten grupos ambientalistas, colectivos sociales y en privado, incluso algunos empresarios.

¿Es esta una preocupación legítima? ¿No se supone que estos problemas los resuelve el mercado alineando espontáneamente los incentivos de empresarios y consumidores? ¿Debería estar haciendo algo el gobierno, además de celebrar este anuncio?

Vayamos por partes. Primero, no demeritemos el potencial de México, y en particular el de Monterrey como destino de inversiones. Nuestro país cuenta con una trayectoria de más de 30 años de integración a las cadenas de valor de los Estados Unidos, un tratado comercial que da sustento legal a la relación comercial con mecanismos transparentes de resolución de conflictos, así como un entorno económico relativamente estable.

Asimismo, el país cuenta, con un buen nivel de capital humano, infraestructura relativamente desarrollada, afinidad cultural con los Estados Unidos y lo más importante, una frontera terrestre compartida de 3,152 km, otorgándole un acceso privilegiado al mercado más vasto del mundo. Monterrey, hay que agregar, cuenta con un sector industrial maduro establecido desde hace más de 100 años, un clúster automotriz con proveedores sofisticados y una oferta educativa difícil de igualar, siendo sede de las mejores universidades del país.

La inversión de Tesla tampoco es que sea un fenómeno aislado. Por ejemplo, entre enero y septiembre de 2022, la inversión extranjera directa ascendió a 32,147.4 millones de dólares, 29.5% mayor respecto al mismo periodo de 2021. Las exportaciones del país también muestran un crecimiento significativo; sin embargo, el dato más revelador es que la participación de las exportaciones mexicanas en el mercado norteamericano se mantiene al alza, habiendo pasado de 18% antes de la pandemia a más de 20% para 2021.

Sin embargo, hay un punto muy relevante que no podemos dejar pasar. Estas condiciones ya las teníamos hace 10 años, siendo el clima de negocios, en muchos aspectos más favorable que el actual. Recordemos que en 2013 el presidente Peña impulsó una serie de ambiciosas reformas que prometían mover a México, ahora sí al desarrollo. ¿Por qué no se concretaron estas millonarias inversiones entonces y ahora sí?

A veces lo obvio no es tan obvio y el arribo de Tesla parece ilustrarlo a la perfección. Esta inversión es en realidad un resultado directo de tres de las grandes crisis que hemos enfrentado a nivel global en los últimos años. Primero, la pandemia del COVID-19 y la aplicación de restricciones de movilidad y confinamientos, dislocó las redes de suministro globales, rompiendo el modelo de globalización que había dominado en los últimos 30 años, orillando a las empresas a reconfigurar su cadena de valor. Por otra parte, la crisis geopolítica, marcada por la confrontación comercial entre Estados Unidos y China, así como la invasión de Rusia a Ucrania, puso en evidencia la fragilidad de nuestras redes de comercio internacional en bienes e insumos críticos. Finalmente, la crisis climática ha llevado a Europa y a los Estados Unidos a adoptar medidas radicales para transitar hacia la electromovilidad en un plazo relativamente corto.

No es que el Sr. Musk un buen día se haya despertado y se haya dado cuenta del gran potencial desperdiciado de México. Más bien el mundo cambió y resulta que México ofrece en este nuevo entorno mejores condiciones para la inversión, en comparación de otros destinos que antes nos superaban. De esta manera, la llegada de Tesla a nuestro país, así como la de muchas otras inversiones, en realidad no es el resultado natural de un proceso de crecimiento, del fortalecimiento institucional del país o de inversiones estratégicas en infraestructura o capital humano. Más bien es consecuencia de choques externos y decisiones puntuales de política pública en los Estados Unidos. Entonces, como todo choque externo, es muy probable que el nearshoring ponga bajo estrés a nuestra economía.

El fenómeno del nearshoring, guardadas todas las proporciones, se asemeja en esencia a otro choque que vivimos muy recientemente: la pandemia del COVID-19. Recordemos, qué le pasó a la economía hace tres años cuando tuvimos que enfrentar el choque de la pandemia, así como el enorme costo social que esta representó.

La causa, fueron vulnerabilidades estructurales de nuestros sistemas económicos entre las cuales podemos nombrar una infraestructura rebasada y capacidades de gestión pública limitadas, recursos financieros insuficientes, una gobernanza de la innovación que no permitió que los beneficios de vacunas y tratamientos fueran extensivos a todas las personas y en última instancia la incapacidad para medir el verdadero valor de la salud, que se tradujera en mejores decisiones de inversión. Bien, pues todas esas vulnerabilidades aún existen por lo que algo parecido nos puede suceder ante la llegada inesperada de las inversiones del nearshoring.

Podemos imaginar escenarios, en que ante nuestra falta de inversión en infraestructura tengamos que “aplanar la curva” de la inversión nearshoring al no ser capaces de atender la demanda que esta implica. O que, debido a nuestra deficiente gobernanza de la innovación, resulte imposible una verdadera integración de las cadenas de valor entre las nuevas transnacionales que se ubiquen en nuestro país y la mediana o pequeña empresa local. Peor aún, ¿qué tal si no estamos midiendo adecuadamente el valor de estos proyectos? ¿Qué tal si estamos sobreestimando el valor que generan sobre la economía y subestimando, por ejemplo, su costo ambiental? Todos estos escenarios son de una u otra manera, reediciones de lo que acabamos de vivir durante la pandemia.

Ante este escenario la preocupación del arzobispo está lejos de ser infundada: el nearshoring podria resultar ser un dulce envenenado que venga a estresar de manera sin precedentes a nuestros sistemas económicos sin demasiados beneficios.

De ninguna manera sugiero que la alternativa sea cerrarnos a las oportunidades que representa el nearshoring. México es uno de los pocos países en el mundo que puede beneficiarse en este nuevo y complejo entorno global y sería un error histórico no hacer todo lo que está en nuestro alcance para aprovecharlo. Sin embargo, pensar que este fenómeno es un reconocimiento tardío, pero merecido a lo bien que hacemos las cosas en México, es un error.

Una manera adecuada de entender el nearshoring, es como un nuevo choque a nuestra economía, consecuencia de intervenciones de política pública y una incipiente política industrial impulsadas por nuestro vecino del norte, para responder a las múltiples crisis que hemos experimentado en los últimos años.

Suponer, que las acciones de nuestro gobierno deben limitarse al fomento de inversión y esperar que todos los retos que traerá este fenómeno se resuelvan por si solos es bastante arriesgado. Despúes de la resaca del festejo, sigue una difícil tarea que apenas empieza, la cual demandará algo más que adoptar el laissez faire y la austeridad fiscal a rajatabla como política de estado.

Para conocer más sobre el nearshoring puede leer el artículo “Nearshoring: 10 preguntas y respuestas sobre el tema del que todos hablan”. https://egade.tec.mx/es/egade-ideas/investigacion/nearshoring-10-preguntas-y-respuestas-sobre-el-tema-del-que-todos-hablan

 

Roberto Durán-Fernández Roberto Durán-Fernández Roberto Durán Fernández es profesor en la Escuela de Gobierno y Transformación Pública del Tecnológico de Monterrey. Es economista por el ITAM, cuenta con una maestría en economía por la London School of Economics y se doctoró por la Universidad de Oxford, especializándose en desarrollo regional. Ha sido consultor para el Regulador de Pensiones del Reino Unido, el Banco Interamericano de Desarrollo, la Corporación Andina de Fomento y la Organización Mundial de la Salud. En la iniciativa privada colaboró en la práctica del sector público de McKinsey & Co y la dirección de finanzas públicas e infraestructura de Evercore. En el sector público fue funcionario en la SHCP y en el Banco de México.