Trump quiere autos estadounidenses ¿qué hará México?
El presidente Donald Trump quiere recuperar para Estados Unidos buena parte de la industria automotriz que durante tres décadas llegó a México.
Ante el Comité de Finanzas del Senado estadounidense, Jamieson Greer fue claro: en 2027 se debatirá el asunto central: las reglas de origen. Y cuando el representante comercial habla de ellas, se refiere a que Trump quiere que más vehículos y autopartes se fabriquen en Estados Unidos, no en México.
La propuesta de elevar a 50% el contenido estadounidense de los vehículos confirma que la revisión del T-MEC es una estrategia de política industrial. México debe decidir si defenderá lo construido en tres décadas o diseñará una nueva política industrial.
La advertencia confirma que el sector automotriz será el principal campo de batalla del tratado. Los porcentajes de contenido regional son el instrumento; el objetivo de Trump es recuperar plantas, empleos, inversión y tecnología.
Para México, el riesgo es enorme. Cuando entró en vigor el TLCAN, en 1994, el país producía 1.1 millones de vehículos y exportaba poco más de 500 mil. Tres décadas después ensambla cerca de 4 millones y vende al exterior más de 3.4 millones. Casi nueve de cada diez unidades fabricadas aquí se exportan a Estados Unidos.
Esa expansión convirtió al automóvil en el corazón del México manufacturero. El sector aporta 4.5% del PIB nacional y más de una quinta parte del PIB manufacturero. Genera cerca de un millón de empleos directos y 3.5 millones indirectos. Exporta vehículos y autopartes por 210 mil millones de dólares al año.
La cadena integra más de 2,100 empresas, 700 proveedores Tier 1 y 37 plantas de vehículos, motores y transmisiones de 13 armadoras globales. Sólo la fabricación de automóviles y camiones ha recibido más de 50 mil millones de dólares de inversión extranjera directa desde finales de los noventa, sin contar autopartes, logística, acero, aluminio y electrónica.
Por eso no se trata sólo del destino de las armadoras. Coahuila, Guanajuato, Puebla, Aguascalientes, San Luis Potosí, Nuevo León, Sonora, Chihuahua, Querétaro y Tamaulipas construyeron su crecimiento alrededor de este ecosistema. Debilitarlo afectaría empleos, exportaciones, recaudación y desarrollo regional.
Pero el problema va más allá de Trump. El automóvil dejó de ser sólo una máquina y se convirtió en una plataforma tecnológica. Software, inteligencia artificial, baterías, chips y electrónica concentran una proporción creciente del valor. China tomó ventaja en varias de esas cadenas, mientras Estados Unidos responde con subsidios, aranceles y exigencias de contenido nacional.
México quedó entre ambas potencias. Cerca de 80% de sus exportaciones automotrices depende del mercado estadounidense, pero las tecnologías e insumos provienen de Asia. Al mismo tiempo, arrastra limitaciones en energía, logística, seguridad, certidumbre regulatoria y Estado de derecho. Ninguna regla del T-MEC corregirá esas debilidades.
El Plan México reconoce parte del desafío al promover contenido nacional, proveeduría e inversiones estratégicas. Pero no se gana sólo ensamblando más autos. Exige desarrollar software, baterías, semiconductores, ingeniería, talento y propiedad intelectual; participar en los eslabones donde se concentrará el valor.
Durante treinta años México aprendió a fabricar para Norteamérica. Ahora, tendrá que innovar para no perder su lugar. Trump ya definió su objetivo: producir más autos estadounidenses. México debe responder qué industria quiere conservar, cuál quiere construir y cuánto está dispuesto a invertir para lograrlo. Si no lo hace pronto, la revisión del T-MEC será el inicio del desmantelamiento gradual de la principal industria del país.