El Tratado de Menos Comercio

El T-MEC no será un acuerdo que necesariamente eleve la competitividad regional, porque Trump no la busca; su visión comercial es de suma cero.
5 Agosto, 2026
Donald Trump.
Donald Trump.

El Tratado entre Estados Unidos, México y Canadá (T-MEC) no colapsará ni conducirá a uno más conveniente para la región. El T-MEC prevalecerá, pero la pregunta pertinente es a qué costo y con qué características. La respuesta parece conducir a un acuerdo debilitado, ya sea por un mal cálculo de Trump, por su insuficiencia para moderar medidas proteccionistas o por la incertidumbre que introduzca a la planeación de la actividad económica. Los pesimismos u optimismos extremos en materia comercial están fuera de lugar.

No colapsará, y no por falta de inclinaciones proteccionistas del vecino del norte, sino por el peso de la realidad. México es el principal proveedor de Estados Unidos (17% de sus importaciones, más que Canadá y China) y gran parte de ese intercambio es intraindustrial: por ejemplo, un automóvil cruza la frontera varias veces antes de ser producto final. Romper eso no cancela un comercio; destruye una fábrica común. Por eso Trump no abandonó el tratado, sino que activó sus revisiones que aún le dan viabilidad. Sobrevivir, sin embargo, no es prosperar.

Tampoco será un acuerdo que necesariamente eleve la competitividad regional, porque Trump no la busca. Su visión comercial es de suma cero: no quiere un pastel más grande, sino una rebanada mayor que la que tiene, aunque el pastel entero se encoja. Su estilo, además, premia el triunfo deslumbrante en el corto plazo sobre el acuerdo estable de largo. El nuevo esquema lo confirma: sustituir la revisión sexenal del T-MEC por una anual no impulsa la competitividad, la subordina al lucimiento de un gran poder negociador.

Quien dude que la administración Trump pueda ponerse la soga al cuello sólo tiene que ver la guerra que eligió desatar con Irán. Ésta estranguló el estrecho de Ormuz elevando a más de cien dólares el precio mundial del petróleo, lo que deterioró la economía estadounidense y con ello la popularidad presidencial. México es un embudo análogo, industrial en vez de energético. Un error en las exigencias del vecino del norte sobre el T-MEC puede congestionar el camino a la competitividad y reducir el volumen potencial del comercio de la región.

Aun firmado, el tratado puede ser inútil ante el proteccionismo que nace fuera de él. A finales de julio, Estados Unidos impuso aranceles de 10 y 12.5% a unas sesenta economías por prácticas comerciales ‘injustas’, y mantiene abierta otra investigación por "exceso de capacidad" sobre acero, automóviles, semiconductores y más. Ante ello, el T-MEC ofrece poca defensa, porque fue hecho para ordenar el comercio entre socios, no para inmunizarlos contra acciones unilaterales. Habrá tratado y proteccionismo paralelo.

Un acuerdo sin exigencias onerosas aún podría generar incertidumbre para la inversión. Un proyecto productivo madura en décadas de sólida estabilidad, no en las arenas movedizas de reglas inconstantes. Los síntomas ya se avizoran: según el INEGI, la inversión fija cae desde mediados de 2024 y en la encuesta del Banco de México más de la mitad de los especialistas considera que no es buen momento para invertir. Además, el T-MEC tampoco corregirá los riesgos caseros por la reforma judicial y el desmantelamiento de los órganos autónomos.

Anticipar el futuro del tratado exige no encasillarse en espejismos: ni Trump actúa sólo por impulso, ni persigue sus fines sin equivocarse. Al equilibrar ambas perspectivas aparece el desenlace probable: un acuerdo que sobrevive disminuido y cuya factura no se cobra de golpe, sino que se descuenta por años. Y esa cuenta diferida es la más cara, porque su mayor renglón no es el proteccionismo que se ve, sino la inversión y la actividad económica que nunca ocurrirán, el saldo silencioso: un T-MeC, un Tratado de Menos Comercio.

Rodolfo de la Torre Rodolfo de la Torre Ha sido Director de Movilidad Social del CEEY, Coordinador de la Oficina de Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Director del Instituto de Investigaciones para el Desarrollo con Equidad de la Universidad Iberoamericana, y Director de El Trimestre Económico del Fondo de Cultura Económica (FCE). Fue parte del Comité Técnico para la Medición de la Pobreza en México. Es economista por el ITAM, y maestro en Filosofía de la Economía por la Universidad de Oxford.

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