Danzas húngaras y folclor mexicano
Gran parte de Hungría baila en las calles al haber depuesto, por la vía de las urnas, a uno de los máximos exponentes del autoritarismo mundial: su primer ministro, Viktor Orbán. Hay notables similitudes entre la concentración del poder ocurrida en ese país y lo que ha sucedido en México desde la administración pasada, por lo que este caso ofrece lecciones importantes para el futuro. Entre ellas destaca que el estancamiento de la economía, aun con importantes logros distributivos, puede convertirse en el talón de Aquiles de los regímenes hegemónicos.
En los años noventa del siglo pasado, ante el debilitamiento y posterior extinción del bloque comunista en Europa, Hungría tuvo una acelerada transición a la democracia, construyendo instituciones que permitieron elecciones confiables y una división de poderes efectiva. En cierta forma, la experiencia húngara es similar a la mexicana, que en la misma década creó un Instituto Federal Electoral ciudadano, eliminó la mayoría absoluta del PRI en la Cámara de Diputados y vio profundizar reformas democráticas y gobiernos de alternancia a nivel local.
Entre 2010 y 2026, el «orbanismo» húngaro, con mayoría parlamentaria, capturó políticamente la Corte Constitucional y los órganos electorales, debilitó a los organismos económicos y de protección de datos, e intimidó hasta controlar a los medios de comunicación bajo un discurso de defensa del pueblo frente a las élites. Más tardíamente, pero en un periodo más corto, el «obradorismo» mexicano también capturó el Poder Judicial, desarticuló órganos autónomos y desacreditó a los medios con un discurso populista polarizante.
De acuerdo con la institución sueca Varieties of Democracy, Hungría y México tienen actualmente niveles semejantes de democracia y son considerados autocracias electorales; es decir, aunque existen elecciones, los regímenes muestran un deterioro en los contrapesos democráticos, concentración de poder en el Ejecutivo y restricciones a las libertades civiles. En ambos casos, sus figuras emblemáticas han conducido a sus respectivas democracias a retrocesos de treinta años o más, aunque proporcionando resultados clave para sostener sus movimientos.
Dos políticas que han sido electoralmente efectivas tanto en Hungría como en México son el aumento de los ingresos de los asalariados y los subsidios a las familias. En ambos países, el incremento a los salarios mínimos y las transferencias de efectivo han sido fundamentales. En Hungría, la redistribución del ingreso por esta vía no fue tan profunda como en México, pero estuvo acompañada de un crecimiento económico significativo. En México, el mediocre crecimiento económico fue compensado por una redistribución del ingreso más acentuada.
Dos aspectos decisivos en la derrota de Orbán han sido la corrupción y la falta de crecimiento económico. Según Transparencia Internacional, Hungría ocupa hoy el lugar 84 de 182 países en percepción de corrupción, tras haber estado en el lugar 46 antes de Orbán (donde el primer lugar corresponde al país menos corrupto). Por otra parte, después de que la economía húngara alcanzó un crecimiento de hasta el 5 % con la denominada «Orbanomics», tras la pandemia la economía permaneció prácticamente estancada.
En el caso de México, la corrupción y la falta de crecimiento económico pueden pasarle factura al régimen. En los últimos siete años, México ha caído 11 lugares en el indicador de corrupción, situándose en el puesto 141. Por otra parte, en ese mismo lapso, la tasa media de crecimiento del país ha sido menor al 1 % desde la implementación de las medidas de la «Pejenomics», menos de la mitad de la registrada en un periodo similar antes de 2018.
La economía mexicana parece más tolerante a la corrupción y al bajo crecimiento, en buena medida por la profunda redistribución del ingreso a favor de los asalariados y por las transferencias de efectivo de los últimos años. Sin embargo, en la medida en que la percepción de corrupción gubernamental se profundice —particularmente por sospechas de contubernio con el crimen organizado— y se agoten las posibilidades de seguir redistribuyendo el ingreso sin crecimiento económico, el desgaste electoral del régimen se hará presente y crecerá.
Si algo enseña el caso húngaro es que el autoritarismo no tiene por qué ser parte del folclor mexicano.