Más allá del T-MEC, la negociación que no hace titulares

El verdadero poder de negociación de Washington no reside en el Artículo 34.7 del TMEC, sino en tres instrumentos de la ley comercial estadounidense que funcionan con independencia del tratado, con sus propias bases legales y plazos.
1 Junio, 2026
Las exportaciones automotrices son cruciales para México.
Las exportaciones automotrices son cruciales para México.

Esta semana arrancaron formalmente las negociaciones bilaterales entre México y Estados Unidos sobre la revisión del T-MEC. Bilaterales, no trilaterales: Canadá, el tercer socio del acuerdo, sigue al margen de esta primera etapa.

Los titulares se concentran en el T-MEC. Es comprensible: es el acuerdo más visible, el que tiene nombre y fechas y reuniones confirmadas. Lo que casi no aparece en la conversación pública es que, desde la llegada de Trump, Washington ha construido un arsenal de instrumentos comerciales que operan al margen del tratado y que hoy son, en la práctica, su principal palanca de negociación. No es que alguien confunda las dos conversaciones; es que la segunda apenas se conoce y es, sin embargo, donde reside buena parte del poder de presión real.

La integración productiva de Norteamérica sigue siendo un activo genuino. Un vehículo ensamblado en México puede incorporar acero de Ohio y componentes electrónicos de Ontario antes de cruzar la frontera. Esa cadena le conviene a los tres países y ninguna de las tres economías tiene interés en desmantelarla por completo. Pero eso no significa que el TMEC sea el instrumento de presión dominante en esta negociación. 

Lo que sí está claro es que no habrá extensión de 16 años en el corto plazo — el propio secretario Ebrard y el representante Greer lo han reconocido. El mecanismo es sencillo: el 1o de julio arranca formalmente la revisión conjunta y la pregunta que los tres países deben responder es si quieren continuar con el acuerdo otros 16 años. Si la respuesta es sí, el reloj se reinicia. Si no hay consenso, el tratado no muere — las partes entran en revisiones anuales con el acuerdo vigente hasta 2036. Eso no es una catástrofe: es un escenario manejable, siempre que ambas partes mantengan el andamiaje institucional que da certidumbre a las inversiones. La declaración más realista que puede salir de este proceso no es la renovación perfecta, sino algo más modesto: no extendemos hoy, pero tenemos una agenda y seguimos trabajando. En política comercial, esa señal puede ser suficiente.

El problema es que ese resultado, si se maneja bien, no resuelve de todo el problema. El verdadero poder de negociación de Washington hoy no reside en el Artículo 34.7 del TMEC, sino que reside en tres instrumentos de la ley comercial estadounidense que funcionan con independencia del tratado, con sus propias bases legales y sus propios plazos. 

El primero es la Sección 232, que usa el argumento de seguridad nacional para gravar el acero y el aluminio mexicano al 50%, sin importar si los productos cumplen las reglas de origen del TMEC. El caso del acero lo ilustra bien: México importa más acero del que exporta a Estados Unidos — el déficit supera los cuatro mil millones de dólares anuales — y aun así paga ese arancel. Washington ofreció en abril reducirlo a la mitad para empresas que inviertan en capacidad productiva dentro de su territorio. Eso no es una concesión. Es una reubicación de capacidad disfrazada de descuento.

El segundo es la Sección 122, un arancel temporal del 10% que reemplazó a los aranceles IEEPA después de que la Suprema Corte los anuló en febrero y que vence el 24 de julio. Aquí el TMEC sí protege: los bienes que califican bajo sus reglas de origen están exentos. Pero eso mismo convierte cada ajuste en las reglas de origen en una decisión con consecuencias arancelarias inmediatas.

El tercero, y quizá el más silencioso, es la Sección 301. Desde marzo, la Oficina del Representante Comercial tiene abierta una investigación contra México por presunto exceso de capacidad manufacturera en sectores como el automotriz y el siderúrgico, con determinación prevista también para el 24 de julio. No es el escenario base que México termine tratado como China, pero el simple hecho de que Washington haya abierto la investigación revela hasta dónde está dispuesto a llegar. La 301 no es un instrumento pasajero: lleva vigente contra China desde 2018 y sobrevivió cambios de administración, fallos judiciales y renegociaciones. Cuando se instala, tiende a quedarse y, a diferencia de los otros dos, puede aplicarse sobre bienes que cumplen perfectamente las reglas de origen del T-MEC. El tratado no los protegería.

Lo relevante de estos tres instrumentos no es solo lo que cuestan hoy, sino lo que representan como arquitectura de presión. México puede negociar con cuidado cada cláusula del TMEC y seguir pagando 50% en acero. Puede lograr una extensión impecable del tratado y quedar expuesto a aranceles permanentes bajo la Sección 301. Las dos conversaciones no son independientes — Washington las usa como vasos comunicantes para extraer concesiones — pero tampoco son la misma. Entender cuál es cuál importa.

El TMEC sigue siendo esencial. Sin él, cada negociación arancelaria empezaría desde cero, sin reglas de origen acordadas, sin mecanismos de controversia. El tratado no neutraliza los instrumentos unilaterales de Washington, pero sin tratado esos instrumentos serían el único lenguaje disponible. Mantenerlo vivo sigue siendo indispensable. 

Lo que está sobre la mesa en julio no es solo un acuerdo comercial. La revisión del T-MEC ocurre en medio de una negociación más amplia con Washington que incluye migración, seguridad y el flujo de fentanilo hacia Estados Unidos.

En ese contexto, los aranceles son también moneda de cambio — una palanca que Washington puede apretar o aflojar según cómo avance la conversación en esos otros frentes. Para México, eso significa que el margen de negociación en lo comercial no depende solo de sus exportaciones o sus reglas de origen, sino de cuánto terreno ceda o gane en temas que van mucho más allá del comercio. La negociación de julio será, en ese sentido, una sola conversación con muchos idiomas. Conviene llegar sabiendo hablar todos.

Delia Paredes Mier Delia Paredes Mier Delia Paredes apoya la toma de decisiones a inversionistas internacionales, líderes empresariales y gestores de activos a través del análisis económico desde hace casi 20 años. Es consultora independiente y docente en la Universidad Anáhuac y en el Tec de Monterrey. Miembro del Comité de Estudios Económicos en el Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas (IMEF) y del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI). Delia Paredes es Maestra en Economía por la London School of Economics (LSE).