BCE: El banco que se atrevió a subir

El Banco Central Europeo elevó su tasa tras un repunte inflacionario ligado al componente energético; esta semana deciden la Fed y el Banco de Inglaterra. Banxico, que enfrenta el dilema más difícil de los cuatro, lo hará la próxima.
15 Junio, 2026
El dilema de los bancos centrales.
El dilema de los bancos centrales.

La semana pasada, el Banco Central Europeo (BCE) elevó su tasa de interés por primera vez desde 2023. Esta semana se reúnen la Reserva Federal y el Banco de Inglaterra; la próxima, el Banco de México. De ninguno de ellos se espera un movimiento similar. Todos enfrentan el mismo choque inflacionario y, sin embargo, solo uno decidió combatirlo restringiendo la política monetaria. Este dato curioso, esconde algo más profundo: en un mundo más fragmentado, la inflación llega cada vez más por el lado de la oferta, y eso cambia tanto su persistencia como la respuesta que admite.

Durante tres décadas, la inflación fue, en lo esencial, un fenómeno monetario y global. La integración comercial, la expansión de las cadenas de suministro y la incorporación de China abarataron costos en buena parte del planeta. China exportaba desinflación al mundo entero. Los bancos centrales operaban en un orden donde un choque de precios se transmitía de forma parecida entre economías, y la respuesta de política era más o menos sincronizada. La receta era conocida: subir la tasa y esperar a que la demanda, y con ella los precios, se ajustaran.

Ese mundo se está acabando. La rivalidad entre potencias, la fragmentación de las cadenas de suministro y el uso de los recursos como herramientas de presión han devuelto a los choques de oferta un protagonismo que no tenían. La inflación no dejó de ser monetaria en el largo plazo, pero los choques de oferta —antes episódicos, hoy recurrentes por la fragmentación geopolítica— pesan mucho más que hace una década, y el problema que enfrenta un banco central ya no es el de una simple economía recalentada.

Ahora bien, la política monetaria sabe enfriar la demanda. Lo que no sabe es producir petróleo, reabrir rutas marítimas ni fabricar minerales que no llegan. Frente a un choque de oferta, subir la tasa no resuelve la causa: solo contiene sus efectos de segunda ronda.

Conviene mirar de cerca el choque actual. El cierre prolongado del Estrecho de Ormuz no es únicamente un asunto de petróleo. Por ese corredor pasa buena parte del comercio mundial de azufre, base del ácido sulfúrico con que se procesan minerales críticos y tierras raras. A esa presión se suma la geopolítica de los materiales: China amplió este año sus controles de exportación sobre tierras raras, y sus precios llevan meses al alza. Ninguno de estos factores explica por sí solo la inflación global. Juntos revelan la vulnerabilidad de sectores estratégicos a decisiones geopolíticas capaces de mover costos durante años, no semanas.

Hay quien apuesta a que todo esto es pasajero. Si la guerra cede y el petróleo regresa a niveles previos, buena parte de la presión se disiparía. El argumento es razonable, pero aún si se revierte el choque puntual, la fragmentación de fondo parece más persistente. La pregunta no es si terminará este conflicto, sino si el mundo volverá a la integración de antes. Hasta ahora, la evidencia apunta en sentido contrario. Si un mismo choque encuentra a cada economía en un punto distinto del ciclo, la respuesta de política también empieza a divergir. Se rompe la sincronía.

El Banco Central Europeo elevó su tasa de depósito a 2.25% tras un repunte inflacionario ligado sobre todo al componente energético, que se disparó a 10.9% anual. El mercado ya descuenta otra alza en septiembre. Esta decisión se toma en un contexto incómodo: su propio personal recortó el crecimiento de 2026 a 0.8% mientras revisaba la inflación al alza. Es decir, el BCE también espera un escenario de estanflación. Subió tasas no desde la holgura, sino porque su economía, aunque apenas crece, todavía lo hace, y porque su inflación parece más doblegable a fuerza de tasa.

La Reserva Federal está en otra posición: se inclina a mantener, pese a que su inflación subyacente también sigue por encima del objetivo y lleva tres meses acelerando. Un comité dividido, donde los disidentes empujan a recortar y no a subir, refleja un cálculo distinto: el servicio de la deuda ronda ya el billón de dólares al año, la Casa Blanca tolera un dólar débil como herramienta industrial, y el nuevo presidente del banco, Kevin Warsh, tiene la disposición aparente a recortar que Trump esperaba. El Banco de Inglaterra mantendría su tasa pese a tener un disidente que pide subir. Tres subyacentes por encima del objetivo, y una sola respuesta al alza. La diferencia no está en cómo leen la inflación, sino en cuánto pueden hacer al respecto.

México enfrenta el dilema más difícil de los cuatro. A primera vista parecería el caso fácil: la inflación general cedió a 3.94% en mayo. Pero esa lectura engaña. El objetivo de Banxico es 3%, y la baja viene casi toda del componente no subyacente, no de una desinflación de fondo. La subyacente sigue por encima de 4%, con alimentos y otros servicios incluso arriba de 5%. Mientras tanto, la economía se contrajo 0.6% en el primer trimestre, su peor caída desde finales de 2024. No es todavía estanflación en sentido estricto, pero recuerda sus síntomas: crecimiento débil e inflación subyacente resistente.

Delia Paredes Mier Delia Paredes Mier Delia Paredes apoya la toma de decisiones a inversionistas internacionales, líderes empresariales y gestores de activos a través del análisis económico desde hace casi 20 años. Es consultora independiente y docente en la Universidad Anáhuac y en el Tec de Monterrey. Miembro del Comité de Estudios Económicos en el Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas (IMEF) y del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI). Delia Paredes es Maestra en Economía por la London School of Economics (LSE).