Pandemia económica: la crisis sin plan

08-04-2020 08:26

Al expresidente Carlos Salinas de Gortari se le atribuye la fragilidad de la economía que en 1994 precipitó una crisis y empobreció a 14 millones de personas.

El presidente Andrés Manuel López Obrador tiene hoy la posibilidad de superar esa cifra agregando 21 millones a la pobreza de ingresos. Ahora, la debilidad económica autoinflingida durante el último año, la pandemia del COVID-19 y la inacción gubernamental se combinarían para romper tan triste récord.

Esto no tendría por que ocurrir si se apoyara con un plan integral a quienes más se verán afectados por la emergencia dada su desventaja histórica, los pobres que viven al día en la informalidad.

Otros países latinoamericanos han mostrado el camino dedicando apoyos a personas y pequeñas empresas por un monto promedio equivalente a 5% de su PIB. En cambio, el presidente ha anunciado una serie de medidas dispersas e insuficientes que difícilmente califican como un plan.

Lo ofrecido por el presidente en su informe trimestral del 5 de abril está a medio camino entre el manifiesto político que fue el Plan Nacional de Desarrollo y el sólido plan que debe ofrecerse para la deliberación pública.

Sin duda, debió agradar a sus simpatizantes, aunque seguramente no a todos ellos, pero por sus tibiezas e indefiniciones quedó muy lejos de lo necesario para atender las inquietudes de la totalidad de los ciudadanos para los que gobierna.

Lo primero que sorprende es el gradualismo frente a la emergencia. Casi hay parálisis ante el asador volcado que incendia la casa, cuando se sabe que ante el fuego hay que reaccionar con orden, pero con prisa. Líderes mundiales han mostrado que actuar pronto y con resolución es lo mejor para administrar las crisis. Sin embargo, el 'plan' no muestra signos vitales, y por ello sus defensores le dan primeros auxilios, cuando lo que requiere es terapia intensiva.

Analizado con cuidado, está muy lejos de ser un "New Deal" que cambie la historia, y sería mera anécdota si no apostara el bienestar de millones de mexicanos por preservar un extraño legado político, los megaproyectos de Dos Bocas, Santa Lucía y el Tren Maya, que hoy no se aprietan el cinturón a favor de la salud. En esencia, es más de lo mismo que se ha planteado desde el primer día de gobierno, cuando las condiciones económicas eran muy diferentes.

El 'plan' carece de espina dorsal. No hay programas para los más pobres que pierden su empleo. No hay inversión pública que compense la caída de la privada. No hay créditos fiscales o del IMSS a las empresas de abajo. Se cierra los ojos al sector privado que más sufrirá, la micro y pequeña empresa informal sin contratos gubernamentales. Se trata de actores que serán arrastrados con la profundización de la crisis y a los que no los salva la gasolina barata.

El billón de pesos que el presidente se propone movilizar para mantener sus políticas se neutralizará con la caída de los ingresos públicos y será inevitable endeudarse. Ya entre noviembre de 2018 y febrero de 2020 el saldo bruto de la deuda pública había aumentado cerca de 60 mil millones de dólares, rompiendo el simbolismo de no incrementarla. Ahora, la pregunta delicada es cuánta deuda hay que contratar para enfrentar la crisis y generar una recuperación vigorosa.

Cualquiera que sea la respuesta a la pregunta anterior, hay que gastar lo necesario hoy y pensar en la indispensable reforma fiscal para algún momento en el futuro. El escenario para tal reforma se aleja ante la recesión, pero hay que comenzar a discutirla. Es tiempo de usar, y no de atesorar, el restante capital político presidencial para sortear la tempestad.

Sin embargo el presidente esta cerrado a reconsideraciones. Su ortodoxia macroeconómica sigue incólume ante la emergencia. Ante ello, cabe recordar que el héroe que acapara las citas del momento, Roosevelt, fue orillado por la guerra a no recaer en la austeridad. ¿Será necesaria hoy una catástrofe análoga a una conflagración mundial para hacer cambiar de opinión al inquilino de Palacio?

Inclinado a la moralidad económica, tal vez sea momento para que el presidente escuche a Adam Smith diciendo: "Sentir mucho por los demás y poco por nosotros mismos, contener nuestro egoísmo y ejercitar nuestros afectos benévolos, constituye la perfección de la naturaleza humana".