Moralidad económica

04-12-2019 12:15

¿Cómo deberíamos vivir? ¿Qué hace que la vida sea buena para una persona? ¿Cuándo estamos en presencia de un avance social?

Estas son las preguntas básicas de la ética en relación con la economía que han absorbido gran parte de la vida de profundos pensadores desde hace 25 siglos, y a los que el presidente López Obrador quiere sumar su contribución en 190 páginas arrancadas del tiempo dedicado a sus tareas políticas y de gobierno.

Lo primero que habrá que decir de su libro Hacia una Economía Moral es que, independientemente de su contenido, siempre es bienvenido el ánimo de un gobernante de hacer explícitos los valores que pretenden guiar sus tareas, así no sea más que para identificar a lo que desea ceñirse. Una contribución adicional de este ejercicio será establecer hasta que punto su actuar se acerca o distancia de sus principios.

A López Obrador no le faltan recomendaciones sobre cómo deberían vivir los mexicanos (con rectitud y honestidad), ni lo que más les conviene (una sociedad con movilidad social y bienestar), siendo extremadamente crítico de lo que entiende por un sistema que privilegia la libertad individual como autonomía para decidir (el “neoliberalismo”). Sin embargo, resulta más revelador lo que concibe como un avance económico y social: su noción de bienestar.

Para el presidente, el objetivo social más importante es el bienestar. El combate a la corrupción, la austeridad, las políticas públicas, e incluso la paz y la seguridad, son medios para alcanzar tal fin y no fines en sí mismos. Un primer componente del bienestar es el ingreso de las personas, por lo que el crecimiento económico generador de empleos cobra importancia. Sin embargo, el factor clave del bienestar es la justicia, identificada como la presencia de menores desigualdades sociales, en particular del ingreso.

El desarrollo es la expansión del bienestar, es decir, contar con más recursos (ingreso o satisfactores básicos) distribuidos con mayor igualdad. Para este objetivo, la libertad de elegir de los individuos en los mercados puede entrar en conflicto con el bienestar, particularmente por la desigualdad que generaría, por lo que la libertad económica debería ser limitada.

López Obrador adopta así una concepción fetichista del bienestar, donde lo que importa es la igualdad de resultados en términos materiales, lo que explica el gran papel que le asigna a la transferencia de dinero y la provisión pública de bienes y servicios. En esta concepción, la autonomía de las personas, en particular su responsabilidad para hacer realidad ciertos resultados, juega un papel secundario.

La posible conciliación de la igualdad y libertad individuales queda fuera de la perspectiva del presidente en el momento en que descarta la igualdad de oportunidades como objetivo. En esta última concepción, el imperativo moral es la nivelación de las diferentes posibilidades de realización humana, o la compensación directa por esta desigualdad, dándole un lugar destacado, pero no el más importante, al esfuerzo individual.

Paradójicamente, la generación e igualación de oportunidades entre las cuales pueden elegir las personas, y que podría definir derechos sociales, es descartada explícitamente, denominándola “gestión de oportunidades”, en favor de derechos de la tradición liberal más básica (derechos a la vida, a la integridad física y a la propiedad). Una verdadera oportunidad de solidez moral perdida.

Por supuesto, el texto de AMLO es primordialmente político, un manifiesto ideológico, con severos sesgos partidistas, sobresimplificaciones históricas, escaso contenido económico y abundantes equivocaciones factuales. Sin embargo, incluso una generosa interpretación filosófica de su libro deja la impresión de una moralidad económica sumamente defectuosa.