Haciendo historia

12-08-2020 08:36

El tercer lugar mundial de México en el total de muertes por COVID-19 se combina con uno de los últimos lugares en términos de apoyos al ingreso y de alivio a las obligaciones fiscales y de pago de servicios públicos a la población más vulnerable para generar consecuencias de largo alcance.

Los efectos en la salud, la educación y los recursos económicos futuros de esta combinación no se limitarán a los próximos meses, ni siquiera a los siguientes años, sino que dejarán marcadas a las siguientes generaciones.

En materia de salud, el descuido del sistema público, con una baja inversión, un gasto corriente disminuido y una reorganización desordenada, está acentuando las diferencias en años de vida saludables entre las regiones del país. Esta desigualdad está profundizándose por las mayores presiones sobre el sistema de salud derivadas de la atención de la pandemia, las cuales no sólo se traducen en un trato diferenciado a las víctimas de COVID-19, sino también a quienes sufren otros padecimientos.

Acentuadas las desigualdades en salud, éstas se transmitirán de una generación a otra. En México, la población que es parte del 20% con peores condiciones de salud ve que el 55% de sus hijos repite esta situación de desventaja. Así como hubo una generación con salud impulsada por las instituciones creadas y ampliadas a mediados del siglo XX, habrá una generación con salud deteriorada por la pandemia y el descuido en que cayó el mismo sistema.

El efecto sobre la educación va por el mismo camino. La interrupción del pasado ciclo escolar puso de manifiesto las diferencias entre quienes tienen la posibilidad de participar de la educación interactiva a distancia y quienes no. Estas diferencias no se cerrarán en el siguiente ciclo con la instrucción pública televisada. Si acaso, nuevas brechas aparecerán entre escuelas y hogares poco preparados para generar nuevos ambientes de aprendizaje y aquellos que por su condición económica puedan hacerlo.

En el caso de la educación, la transmisión intergeneracional de las desventajas no parece tan fuerte como en la salud. El 36% de los hijos del 20% de los padres con los peores logros educativos, generalmente menos de primaria completa, repiten esta condición. Sin embargo, esta cifra oculta que quienes logren grados escolares notablemente mayores a los de sus padres arrastrarán problemas cualitativos que oculta la mera recepción de los certificados de secundaria o preparatoria.

El mayor deterioro en salud y educación, sin embargo, provendrá de la penuria económica derivada de la pandemia. Padecimientos mal sobrellevados por la falta de dinero para atención médica, o el retiro de los niños y jóvenes de la escuela para ponerlos a trabajar reducirán las posibilidades de las nuevas generaciones para alcanzar un mínimo de ingreso. La pobreza que se cierne o agudiza hoy sobre más de la mitad de la población será la de mayores consecuencias futuras.

Uno de cada dos mexicanos que nace dentro del 20% de la población más pobre permanece en tal grupo, de manera que un aumento duradero en la pobreza dejará una persistente desventaja en la siguiente generación. En este sentido, los programas de apoyo al ingreso y al empleo, más que evitar o atenuar la caída en la actividad económica, tienen la función de aliviar los efectos sobre el bienestar presente e intergeneracional.

Años adelante, al mirar en retrospectiva el descalabro de 2020, algunos podrán mirarlo como una pesadilla de la que fue difícil despertar. En cambio, otros tendrán siempre la constancia de que fue el momento en donde se torció, para siempre, su historia.