Economía política

03-06-2020 08:13

Algunas explicaciones políticas de lo que ocurre en la economía mexicana han cobrado auge. Hay una razón sencilla para ello, evitar análisis complicados que demandan mucha atención.

El análisis de una diversidad de comportamientos de una multitud de agentes, que conducen a una enorme complejidad económica, se suele simplificar políticamente pensando en bloques de actores homogéneos que se confrontan. Esto permite contar interesantes historias de grupos que conspiran unos contra otros y cuyo choque observamos en las arenas económica y política.

Bajo ciertas explicaciones de “economía política” el desempleo, la caída de la inversión o incluso la contracción económica tienen un gran componente de perversidad empresarial ligada a la explotación de los trabajadores, la falta de patriotismo o el hacerle la vida difícil al gobierno.

De forma similar, las decisiones de política pública en materia de inversión, energía o impuestos se plantean de forma simplista como afrentas directas a “los empresarios”. Esta truculencia da para atractivas narrativas donde los personajes son “la izquierda”, “la derecha”, “el neoliberalismo” o el “populismo”, cuyos conflictos lo explican todo.

La realidad no es tan sencilla. Un ejemplo lo dan las recientes cifras sobre ocupación y empleo del INEGI, que revelan un mercado laboral disperso y heterogéneo. En él, entre marzo y abril de este año, 18.4 millones de personas han abandonado la actividad productiva por despido, cierre de su negocio o suspensión de labores, pero de ellos sólo 2.1 millones aparecen como propiamente desempleados. La razón es que 16.3 millones de individuos tomaron la difícil decisión de abandonar la búsqueda de trabajo ante las restricciones sanitarias para buscarlo o las bajas probabilidades de encontrar uno satisfactorio.

La gran variedad de decisiones descentralizadas de quienes trabajan se expresa también en la recomposición del empleo. Mientras que 10.4 millones de trabajadores han abandonado el sector informal, la reducción en el formal ha sido de 2.1 millones. Además, las renegociaciones salariales han hecho que predominen entre los trabajos que se conservan los que perciben un salario mínimo o menos. La catástrofe económica que se despliega en el mercado de trabajo no es producto de actores colectivos en conflicto, sino de fuerzas menos evidentes que escapan a explicaciones políticas.

Lo anterior no quiere decir que no haya lugar para reconocer intereses opuestos que moldean aspectos centrales de la economía, sobre todo ante una sociedad tan desigual como la mexicana. Esto es difícilmente reconocido por algunos economistas que con ingenuidad aún piensan que  la desigualdad es un resultado “natural” del mercado, una fortaleza del mismo, al brindar incentivos a la productividad, y una distracción, cuando el verdadero problema es la pobreza. Estos economistas mantienen una poco saludable obsesión con las virtudes del mercado, soñando que refleja la valoración que la sociedad asigna a la actividad que cada uno desempeña.

En el último medio siglo las ciencias sociales han mostrado que si hay algo inherente a la naturaleza humana es la aversión a la desigualdad. Además, que la desigualdad es perniciosa para el crecimiento y el combate a la pobreza, y no necesariamente su impulsor. Sin embargo, lo que quizás sea más importante es que la desigualdad se traduce en democracias inestables donde se facilita la colusión del poder económico y el poder político.

En México las personas desean tener niveles de desigualdad semejantes a los de Francia, donde el 1% más rico tiene el 6% del ingreso total, y no los actuales, donde esa porción de la población concentra más de 22% del ingreso. Además, la desigualdad ha reducido en veinte años 10% del crecimiento del país y el poder de mercado de unos cuantos ha elevado en más de 98% el precio de rubros básicos del gasto de los hogares.

Esto, y el hecho de que los seis hombres más ricos del país, incluyendo un asesor presidencial, concentren más riqueza que la mitad de la población muestra que los mercados competitivos son una muy limitada guía para entender la concentración de poder político que acompaña a la economía.

En suma, la economía política es demasiado importante para dejarla en las manos de ciertos politólogos, por más articulados que suenen, y en la obsesión de muchos economistas desactualizados.