Creosofobia

22-04-2020 12:18

La creosofobia, del griego chréos (deuda) y Phobos (representante mitológico del temor), es el miedo irracional a endeudarse.

Como otras fobias, es un temor a situaciones que no son peligrosas y que la mayoría de las personas no las encuentran molestas.

Aunque el miedo es natural ante una amenaza, cuando éste ocurre ante situaciones tolerables nos encontramos ante un recelo sin razón de ser. Esta irracionalidad, es peligrosa si paraliza ante situaciones dañinas que podrían enfrentarse con el objeto del pánico. La insensata aversión a la deuda puede ser fatal en gobernantes que enfrentan una crisis económica inédita.

Este miedo puede manifestarse escuchando gritos que exigen que el país pida prestado, cuando las voces sólo piden se evalúe el debido endeudamiento para financiar la difícil situación que se avecina, como la posible pérdida en México de más de un millón y medio de empleos formales y la caída en una situación de pobreza por ingresos de 11 millones de personas, tan sólo en 2020.

 

La insensata aversión a la deuda puede ser fatal en gobernantes que enfrentan una crisis económica inédita.

 

Otro síntoma de la aprensión absurda a endeudarse es no aceptar que uno ya se encuentra en una situación de mayor deuda, como si negando el hecho se evitara una conducta convencionalmente reprobable, un tabú.

Tan sólo por la devaluación de la moneda, el valor de la deuda mexicana denominada en dólares ha aumentado, con lo que la relación deuda PIB pasó de 45.5% a 52.5%. Guardar las apariencias de que no se ha incurrido en mayor endeudamiento es ya imposible.

Justificar que es perjudicial endeudarse puede conducir a hablar de la baja en la calificación crediticia del país, atribuyéndola a la caída de los ingresos petroleros y la pandemia, aunque olvidando el papel que juegan los megaproyectos públicos de dudosa rentabilidad.

Esto, se dice, eleva el costo del crédito por el riesgo que el país implica, olvidando que tan sólo en los Estados Unidos, la tasa de interés es prácticamente de cero, por lo que el costo de pedir prestado sería bajísimo. 

En el fondo, el mayor pavor de quienes adolecen del espanto absurdo a salvar una situación insostenible contrayendo deuda es no poder pagarla. En el caso de México los ingresos por petróleo y la recaudación de impuestos pueden caer el equivalente a 4 puntos del PIB, y usarlos para paliar la crisis económica actual puede comprometer los escasos recursos del futuro. Es la tragedia de quien no quiere apagar el incendio de su casa porque mañana va a tener menos agua y desde hoy quiere ahorrarla.

El susto a pedir prestado en la emergencia se traduce en excusas poco creíbles: que no van a prestar lo suficiente, que va a ser a costos de usura o que hay que pedirle a los antipáticos organismos financieros internacionales, que siempre se aprovechan de la situación.

Lo cierto es que el Fondo Monetario Internacional está movilizando un billón de dólares para uso inmediato de sus miembros y el Banco Mundial presta a tasas inferiores al 3.5% anual. Ambas instituciones, más que condicionar severamente sus préstamos, están animando a los países más desarrollados a dar facilidades a sus deudores en el mundo en desarrollo.

En conclusión, incrementar razonablemente la deuda nunca ha sido una decisión más sencilla: es necesaria, no debe ser una camisa de fuerza para las siguientes generaciones y se tiene un gobierno que, en principio, está para apoyar a los sectores más afectados sin desviaciones.

Por supuesto, tal deuda habrá que pagarla, y si no se quiere hacer lo necesario para ello no hablamos de creosofobia, sino de pura y simple cobardía.