Crecer ¿lo es todo?

02-08-2016 08:02

El país no es solo una cifra de crecimiento económico que requiere ser engordada.

Es mucho más que eso. La indignación –no que el mal humor- de la ciudadanía va más allá de las cifras de la economía y de la política social.

Los gerentes de Hacienda –con una influencia decisiva en Los Pinos- siguen moviéndose en su zona de confort buscando cuadrar los números de la macroeconomía, mientras que los ciudadanos están enfurecidos por la violencia en las calles, por la corrupción y por una desigualdad palpable que apabulla el paisaje social.

¿Porqué el ánimo de la gente no mejora sustancialmente con cifras como la formalización de dos millones de trabajadores en el sexenio, o con acciones de pizarrón tan significativas como la apertura del mercado petrolero que beneficiará a millones de consumidores y empresarios, o incluso con una mayor competencia en los mercados de telecomunicaciones, en un país caracterizado por empresas dominantes en sectores estratégicos?

Ya los tecnócratas de Los Pinos están preparando en esos términos el mensaje que Peña Nieto presentará a la Nación en un mes, muy lejos de ofrecer respuestas a la ira contenida de los ciudadanos.

Y es que la amargura social de los mexicanos va más allá. Su furia rompe los esquemas de los obsesivos mensajes sobre la productividad, el control inflacionario, la estabilidad macroeconómica, o los programas sociales de los Videgaray, Meade, Nuño, Chong o Peña Nieto. La encrucijada mexicana es mas profunda de lo que hasta ahora hemos leído o escuchado desde el gobierno.

La extendida corrupción -abierta o encubierta que ha ampliado la desigualdad en el mundo- ha llevado a la pérdida de la confianza ciudadana en sus instituciones y en los éxitos macroeconómicos que se traducen en más desigualdad. Ya está muy desgastado el mensaje de que un mayor crecimiento económico traerá beneficios al bolsillo de los ciudadanos.

En un muy interesante artículo publicado el 27 de julio en el New York Times, el politólogo Alberto Vergara analiza el dilema por el que atraviesa Perú, a propósito de la toma de posesión de Pedro Pablo Kuczynski.

Perú ha sido un ejemplo latinoamericano no solo de un elevado crecimiento económico, sino de un compromiso sostenido con el logro de metas macroeconómicas en lo que va del siglo, más allá de los colores e ideologías de sus gobiernos.

Pero a pesar de la cifras económicas envidiables para cualquier país de la región, como México, la sociedad peruana ha mostrado su furia en contra de su clase política y de sus últimos presidentes.

Vergara resume bien el éxito económico peruano: “Entre 2001 y 2013, su economía creció a un promedio anual de 6.1%, la pobreza cayó de 55 a 24%, y la extrema pobreza debajo del 5%. Según el FMI, durante este año la economía latinoamericana se contraerá en 0.4%, mientras la peruana crecerá 3.7%. La proyección para el 2017 es 4.1%. La economía peruana se mantendrá como la más dinámica de Sudamérica”.

Claro que México aún está lejos de esa trayectoria y perspectivas.

Pero el PIB no es todo. ¿Porqué los peruanos son tan malagradecidos con sus gobiernos que bajaron la pobreza a la mitad en una década e hicieron crecer la economía como nadie en América Latina? se pregunta Vergara.

“La debilidad del Estado de derecho se hace patente en el ascenso del crimen: el Perú es uno de los países de América Latina donde más personas declaran haber sido víctimas de un crimen en los últimos años. Asimismo, aunque todavía lejos de las tasas centroamericanas, los homicidios aumentan peligrosamente. Actividades ilícitas como el narcotráfico…, la minería ilegal que depreda la Amazonía y esclaviza niños y mujeres, y la extorsión a negocios y ciudadanos, entre otras, se expanden sin resistencia. A pesar de esta deriva, ninguno de los tres últimos gobiernos que presidieron el súper ciclo económico intentó una reforma de la policía o el poder judicial”.

Es cierto que los peruanos tienen más dinero en sus bolsillos, pero también deben llevar una vida que puede ser más “áspera, brutal y corta”, concluye el politólogo.

Ahora el presidente Kuzcynski tiene que fortalecer la democracia y el estado de derecho que el crecimiento económico no produce en automático.

El PIB no es todo. ¿Centrar los éxitos del gobierno en el crecimiento sin combatir las discriminaciones? ¿Crecer sin comprometerse con la construcción de un país de leyes y no de privilegios y corruptelas? ¿Para qué crecer?

Ese es el dilema que enfrenta ahora Perú con todo y su gran dinamismo económico. Pero Peña Nieto no solo enfrenta el desencuentro social y la resaca política, sino también una resaca económica acumulada por años que se ha intensificado en este 2016.

El sexenio se fue.