El 'mal humor' social

21-06-2016 10:08

 

El ambiente de inconformidad ciudadana se puede cortar con cuchillo.

Casi en cualquier lugar, en el taxi, en la calle, en las reuniones familiares, o en las oficinas; la inconformidad ha proliferado.

Pero en Los Pinos este clima social no parece percibirse.

Hace dos meses en el Tianguis Turístico de Guadalajara el presidente Enrique Peña Nieto le llamó eufemísticamente “el mal humor social” atribuyéndola a la libertad de expresión y a los grupos que activamente difunden este sentir por las redes sociales.

Pero para el Presidente no hay motivos para la inconformidad social, según le dijo a La Jornada en aquel momento. Si hay empleo, si su propuesta para crear un sistema nacional anticorrupción camina, si las reformas educativa y energética están dando resultados, si hay un  marco legal que reconoce la diversidad sexual; pues entonces, ¿cuál inconformidad?

El hecho es que México fue el país de la región que obtuvo menor satisfacción ciudadana con la democracia en el Latinobarómetro de 2015. Solo 19% de los mexicanos cree en el funcionamiento de la democracia, la mitad del 37% del promedio regional. Un dato corroborado con la bajísima participación electoral (28.6%) en la capital para conformar la histórica asamblea constituyente; mas allá de las razones que se discutan sobre una participación tan pobre que cuestiona la legitimidad de ese proceso.

Si hay mil razones para explicar los resultados electorales en los 12 estados en los que se eligió a un nuevo gobierno, los politólogos tendrán que discutirlo; pero el hecho innegable es que –por cualquiera de estas mil razones- la gente mostró su inconformidad.

Consulta Mitofsky midió el año pasado la confianza ciudadana en 17 instituciones, públicas y privadas, desde la policía hasta los bancos. Lo relevante es que para los ciudadanos consultados todas las instituciones disminuyeron su nivel de confianza.

Un estudio publicado en la revista Salud Pública de México de enero-febrero de 2016, para “examinar la influencia que ejercen la victimización, la percepción de inseguridad y los cambios en las rutinas en la satisfacción con la vida” en el Estado de Morelos, realizado por investigadores de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, España, y la Universidad Autónoma del Estado de Morelos y en la que se entrevistó a 7,535 personas; concluyó que “un bajo nivel de satisfacción con la vida se asoció con haber sido víctima, con la percepción de inseguridad en los espacios públicos y con la adopción de medidas de protección física y control de la información”.

Así que el ‘mal humor’ de la gente como le llamó el Presidente a la inconformidad social, tiene raíces más hondas en una desconfianza ciudadana generalizada; que desde el Palacio Nacional, desde las oficinas de los secretarios de Estado e, incluso, desde los interiores de los poderes autónomos, no se quiere percibir por una arrogancia que deshecha cualquier crítica.

La cerrazón a la inconformidad se ha convertido en regla. Verdaderos tapones en los oídos de los ‘servidores públicos’ para no escuchar.

Desde los despachos de prestigiados abogados ya se señala a los ministros de la Suprema Corte por, lo que llaman, sus abusos e incongruencias que –dicen- responden a su subordinación hacia el Ejecutivo. Muy grave.

Desde los reportes de análisis de grandes bancos de inversión se cuestiona la credibilidad de las cifras y los dichos de la Secretaría de Hacienda sobre la situación de las finanzas públicas y su capacidad para enfrentar una tormenta que no se quiere reconocer. Muy grave.

Desde las organizaciones civiles y empresariales se denuncia el engaño de los legisladores del partido en el gobierno aprobando un sistema anticorrupción a modo, que no promueve la transparencia, ni castiga la falta de ella ni la rendición de cuentas en los sótanos del poder político. La respuesta ha sido la amenaza, en un abierto enfrentamiento entre la sociedad civil organizada y la clase política en el poder. Muy grave.

Pero lo más grave es que el deterioro del mal humor –de la inconformidad- y de la confianza ciudadana no se detendrá en el corto plazo, porque en los círculos del poder político y sus alianzas con los grandes capitales nacionales, el asunto del ‘mal humor’ –como lo etiquetó el Presidente- es temporal y producto de los intereses de unos cuantos rijosos en las redes sociales, en la prensa y en uno que otro organismo civil financiado por fundaciones de la izquierda internacional.

Esa es la lectura grotesca del rey, aunque afuera de Palacio la inconformidad –no el mal humor- vaya creciendo desde una aguda desconfianza, hacia una crisis social agravada por la económica, y a una violencia que encuentra cada vez mayor eco ciudadano.